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Un poema del “Club del Abanico”:)

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FOGONAZOS

(Lectura con sonido de sirenas de bomberos)

Se me incendia el pecho

Se me incendiiiiiia

el estómago sigue

el esternón en llamas

toda la piel del torso

está que arde

y yo aquí me abanico, me seco, me remuevo

incapaz de extinguir

la furia de este fuego.

Fogonazos de luz.

La juventud se despide con juegos pirotécnicos,

mis entrañas consumen en su hoguera

las fotos de pasados amantes.

Hormonas vengativas

arman su rebelión contra el sosiego

e inventan trópicos o desiertos quemantes

en la tibia, desprevenida carne.

Una angustia innombrable y absurda

se acumula en mi pecho

hurga mi corazón como un barreno.

No sé por qué siento este deseo de

esconderme

de no dejarme ver

de refugiarme en sábanas templadas.

¿Qué pasará conmigo cuando termine la hoguera

de calcinar carbones rojos,

fuegos fatuos

en mis pezones encendidos?

Aquí estaré sin duda

Le sacaré la lengua a la vejez

Inventaré hormonas con la viva memoria

de tantas revolcadas.

¿Para qué la imaginación

si no para desafiar

las ínfulas del Tiempo

 machista

y engreído?

Gioconda Belli

Antofagasta y las espirales del tiempo

Palabras al recibir el premio al Mérito Literario Andrés Sabella

Antofagasta2014La poesía mueve mi vida de muchas maneras. Venir a Antofagasta ha sido una de esas maneras. No sé en qué remoto lugar de mi conciencia existe un eco del nombre de esta ciudad. Lo habré leído en algún cuento cuando era niña. Creo que hay uno que se llama Inés de Antofagasta… En todo caso debo admitir que jamás pensé conocer Antofagasta en la realidad. Era uno de esos lugares que me sonaban mágicos, como me suena Odessa por Cortázar o Bassora por las Mil y Una Noches. Ustedes que viven aquí y que ven la ciudad desde la perspectiva de lo cotidiano no tendrán esa visión, pero mi percepción poética no me defraudó cuando recién recibida la invitación, cuando aún decidía si aceptarla o no, leí en Wikipedia o en un lugar de esos sobre la cercanía de Antofagasta al desierto de Atacama y el hecho de que éste tenía el cielo más límpido del mundo y por lo mismo una gran cantidad de importantes observatorios celestes. Una maravilla me pareció este lugar acuñado entre el mar, el desierto y los Andes, así que a pesar de las múltiples horas de vuelo y del mucho miedo y respeto que le profeso a los aviones, decidí venir. Me pareció por supuesto importante asistir a la Feria en su cuarta edición porque para los escritores estas ferias son una manera maravillosa de encontrar a los lectores y tener esa calidez que hace que este trabajo de la literatura que es, en su mayoría, un trabajo solitario, se convierta en un hacer colectivo. Y es que los libros sólo nacen cuando son leídos, cuando esas palabras pasan a vivir en otros ojos y a encontrar eco en otras mentes y otras vidas. Y uno se alegra cuando ve salir a las Ferias de las grandes metrópolis, cuando las ve hacer nido en las ciudades que no son necesariamente capitales, pero donde la gente ama la palabra, se regocija con ésta y, como es el caso en Antofagasta celebra con un premio a un hijo suyo, un hombre como Andrés Sabella que puso el Norte, sus vivencias y sus dolores en el largo mapa de Chile.

Me preguntaba mientras viajaba hacia acá sobre esa manera de ser misteriosa del tiempo, esas espirales que nos llevan y nos traen de un lugar a otro, de un principio a otro, de una novedad a la otra. Y pensé que es verdad que siempre estamos volviendo a empezar. Cuando T.S. Eliot dijo: “Nunca cesaremos de explorar y el final de todas nuestras exploraciones será llegar al lugar de donde partimos y conocerlo por primera vez” tenía razón. Uno vive la propia vida pensando que está llena de novedades, pensando que cada experiencia abre puertas que nunca abrió antes. Se vive hasta cierto momento con la sensación inequívoca de reinventar el tiempo de una manera absolutamente distinta de la generación precedente. Se vive con esa idea de novedad hasta que uno alcanza la madurez y un día de tantos, se detiene mientras lee un libro o come una fruta o ve un paisaje, y se da cuenta de que ha vuelto al principio, no de la propia vida, sino de LA VIDA con mayúsculas; se da cuenta que uno está navegando en un agua que ha fluido por el mismo cauce a través de cientos y miles de años. Mientras uno navegaba de joven por esas aguas, los remolinos, los raudales, le daban la sensación de estar avanzando hacia un destino desconocido, pero llega un momento en que uno reconoce las aguas como si se tratara de un “deja vu”y se da cuenta de que o ya ha estado en ese mismo lugar antes o ese lugar existe como una isla, un cabo, o una curvatura en el paisaje, porque de ese punto hay referencias, historias, hay una cartografía, una vaga memoria que describe ese incidente, ese accidente, ese giro. Entonces uno se percata de que ha venido haciendo un recorrido similar al que han hecho otras generaciones. Darío por ejemplo, el gran poeta nicaragüense, publicó su gran libro, AZUL, en Chile en 1888. Hay otro recorrido que nos contaron, que uno oyó de los abuelos. De manera que lo que se percibe como nuevo lo es solamente en tanto es nueva la experiencia personal. Heráclito decía que nadie se baña dos veces en el mismo río. Uno puede convencerse de que no importa cuán igual parezca el río, el recorrido que uno ha hecho es absolutamente original. Se puede decir: “nadie ha vivido mi vida como la he vivido yo” o de pronto tener la revelación de que lo que Heráclito debió haber dicho es que nadie se baña dos veces en el mismo río porque no somos hoy lo que fuimos ayer, que no es el río el que no es el mismo, sino aquel que se mete en sus aguas una segunda vez. El problema, sin embargo, al referirse a los ríos del vivir, es que si el vivir de todos es lo que les ha ido dando forma, el hecho de que uno reconozca los contornos y recodos como algo ya visto antes, significa que uno existe, desde que nace, dentro de un trayecto o un universo más o menos inmutable. De manera que podría deducirse que el tiempo, igual que la Tierra, también tiene una rotación constante, de allí que, generación tras generación, nos topemos con esa sensación molesta e inquietante de que hemos vuelto, a pesar de habernos esforzado y hasta muerto por evitarlo, al mismo punto del que salimos cuando nuestra juventud nos permitió imaginar que iniciábamos un ciclo histórico totalmente nuevo.

¿Cuál es el antídoto contra esta alegórica rueda del tiempo? ¿           Qué buscamos en las historias, en las novelas, la poesía, el cine, sino la particularidad que nos permita romper esta noción de un tiempo infinitamente repetido? Celebrar la literatura, la imaginación como lo hacemos hoy aquí en FILZIC en Antofagasta, bajo el árbol fecundo que es la memoria de Andrés Sabella y su palabra mar, desierto y añoranza, es repetir un ritual humano que nos permite, sin dejar de ser parte de ese fluir de la vida, reinventarnos. Cada historia, cada poema que se escribe es una manera de afirmar el derecho de darle al tiempo que uno habita, un nombre propio. La fascinación que nos congrega alrededor de una feria de libros es precisamente la idea de que el arte de contar es un desafío al tiempo; que cada libro es un artefacto que nos permite viajar hacia el pasado, el presente o el futuro, para reinventarlo o reencontrarlo, para descifrar sus claves o descubrir sus secretos otra vez.

Yo soy una viajera del tiempo. Y mi misión como escritora ha sido hasta ahora muy clara: me he propuesto romper los velos que ocultaban a las mujeres y contar desde mi propia voz de mujer esas historias negadas o narradas –por proxy- por los hombres.

Mis novelas han recorrido desde la época de las luchas contra la colonia española, hasta el futuro apocalíptico de nuestra región del mundo o la utopía de un mundo regido por una ética femenina. En mi poesía, por el contrario, el presente es el tiempo rey porque la concibo como un termómetro fiel de experiencias y vivencias cuyo contenido emotivo no podría describir más que en verso.

En ambos casos, sin embargo, soy ciudadana del tiempo, de este tiempo y como tal, hermana de todos ustedes, celebrante y cantora de esta experiencia humana que significa vivir en estos siglos XX y XXI en que hemos pasado de un mundo de alguna manera predecible, a un mundo ignoto y extraño, en el que se nos demanda rehacer las ideas que hemos celebrado casi como dogmas para desafiar lo imaginado y construir otras realidades. El mundo de hoy demanda que leamos, que conozcamos mejor que nunca el pasado y que nos conozcamos a nosotros mismos para inventar un futuro que no traicione a nuestros hijos y que no nos aísle de todo lo bueno y noble que hasta ahora hemos salvado con el arte, la palabra y la música.

Esta Feria en el Norte de Chile junto al mar y el desierto, la permanencia de la memoria de Andrés Sabella, de Gabriela Mistral, de Neruda; la historia dura y dulce de las minas de cobre, de Allende, del NO, de la democracia chilena, de Michelle Bachelet, significan para mí un compromiso tanto con el recuerdo del pasado como con la posibilidad del futuro. Ustedes chilenos y este país que hoy me ha recibido y me ha otorgado un premio hermoso por escribir lo que escribo, son parte de mí y en esa espiral del tiempo que es mi tiempo, quedarán conmigo haciendo círculos como las piedras que se tiran al estanque y dejan anchos y redondos círculos concéntricos en el corazón y la imaginación.

Muchísimas gracias.

Gioconda Belli: “García Márquez revolucionó no sólo la lengua, sino la noción de América Latina”

Gioconda Belli

Por Steven Navarrete Cardona/ El Espectador

La poeta nicaragüense Gioconda Belli acaba de ser galardonada con el Premio Andrés Sabella de Chile, por su distinguida trayectoria en el mundo de las letras, que le será entregado el 4 de mayo durante la Feria Internacional del Libro Filzic de Antofagasta (Chile).

A propósito del deceso del Nobel de Literatura colombiano, Gabriel García Márquez, escribió en su cuenta de Facebook: “García Márquez revolucionó no sólo la lengua, sino la noción de América Latina que tenía el mundo entero y nos dio a nosotros un sentido de consuelo y dignidad ante nuestra propia historia y sus entuertos”(….) “Me siento muy triste; como que se me murió un pedacito de mi corazón, una esquina del parque de la alegría que tengo adentro se quedó sin su columpio preferido”.

Gioconda Belli es una de las poetas más reconocidas en Centroamérica y Latinoamérica. En 2010, por ejemplo, su novela El país de las mujeres recibió el Premio Hispanoamericano La Otra Orilla, mientras que en 2008 la novela El infinito en la palma de la mano ganó en España el Premio Biblioteca Breve y en México el Premio Sor Juana Inés de la Cruz. En diálogo con El Espectador, la nicaragüense habló del primer poema que leyó, de la relación entre política y literatura y de su disidencia con el gobierno de Daniel Ortega.

¿Por qué a pesar de hacer parte del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) durante su ascenso para llegar al poder, no apoya el gobierno de Daniel Ortega?

Porque hay un antes y un después de la derrota electoral del FSLN en 1990. El después careció de los ideales y motivaciones nobles del proceso revolucionario. El después fue una lucha sin escrúpulos de Daniel Ortega por recuperar el poder a cualquier precio. Como pagó cualquier precio y es un hombre sagaz, recuperó el poder, pero para mí es un poder personalista, dañino para el futuro del país. Por conservar ese poder para sí, él ha desmantelado todo el aparato institucional que le habría permitido a la gente quitarlo si su gestión era fallida; destruyó lo que se logró con enormes sacrificios. Ahora él tiene un poder absoluto: controla magistrados, el sistema judicial, el electoral, a la Policía, al Ejército y a la Asamblea.

¿Y cuál fue la estrategia de Ortega?

Desmanteló la oposición negando la personería jurídica a contrincantes serios y usando el dinero para comprar la casta política corrupta que pulula en todo el sistema. Se intenta justificar todo lo anterior con el argumento populista de que los pobres están más contentos, pero la justicia social no requería el sometimiento del país a su voluntad y la destrucción de todos los mecanismos democráticos de rendición de cuentas y control del Ejecutivo. Este nuevo populismo hegemónico, autoritario, que ha reelaborado el discurso de izquierda para imponer una versión tropicalizada de la “dictadura del proletariado” a punta de manipulación y propaganda, va a hace fracasar la esperanza que teníamos en América Latina de engendrar una democracia que nos apartara de la violencia. Se siembran vientos y se cosecharán tempestades.

Para usted, ¿cuál es la relación entre política, literatura y poesía?

Depende de quién haga la relación. Personalmente, creo que cada autor es testigo de su tiempo y que mientras lo que escriba se nutra de la realidad, ésta va a permear y marcar su obra y a representar su opinión, velada o no, sobre lo que vive como ente social. Es inevitable, por mucho que se quiera últimamente aislar lo creativo de lo social.

Teniendo en cuenta que el patriarcado también está presente en el mundo intelectual, ¿ha sentido alguna discriminación por ser mujer?

Definitivamente. Pero la discriminación no es de parte de los y las lectoras —después de todo, la mayoría son mujeres—, sino de parte del establishment literario, que aún no comprende, pienso, ni la temática ni la necesidad de abordar ciertos temas femeninos o darle a la mujer el protagonismo que le damos las escritoras en nuestras novelas. Yo diría que el machismo no sólo abarca a las mujeres reales, sino también a las imaginarias, es decir, a las protagonistas de nuestras novelas.

¿Identifica alguna tendencia?

Existe la tendencia a calificar de “romántico” o de “literatura light” lo que escribimos las mujeres latinoamericanas, y aunque esto no se diga en voz alta, se dice en voz baja y se percibe en las valoraciones críticas e incluso en los reportajes periodísticos que se hacen sobre festivales, sobre el rumbo de la novela, etc. Los nombres de las escritoras, de grandes escritoras latinoamericanas como Laura Restrepo, Rosario Ferré, Ángeles Mastretta, Marcela Serrano, Nélida Piñón, Luisa Valenzuela, Elsa Osorio, Mayra Santos etc., etc., apenas son referentes cuando se pondera la literatura latinoamericana en su conjunto. Eso me parece una forma sofisticada de discriminación.

¿Y en qué forma se expresa esa discriminación?

Hay un clan de autores “famosos” que se elogian o valoran entre sí e intentan sentar las bases y el canon de lo que es bueno o no en la literatura latinoamericana. El caso de Isabel Allende me parece interesante. Puede no gustarnos absolutamente todo lo que escribe, puede uno tener una opinión crítica sobre sus novelas, pero Isabel tiene una literatura imaginativa, bien escrita. Sus memorias, Paula y La suma de los días, son muy buenos libros. Es una mujer que ha escrito de todo, hasta una serie para adolescentes. En fin, es una mujer que millones han leído, no sólo en Latinoamérica, sino en el mundo entero, pero cuando se habla de la novela latinoamericana “seria”, jamás se la menciona.

¿Y la crítica?

Ella no figura para nada en el imaginario de los hombres escritores latinoamericanos cuando hablan de literatura. Es impresionante el silencio crítico que hay sobre ella. Es un ejemplo flagrante de esa dureza con que se juzga la escritura de las mujeres en el patriarcado que vos mencionás: simplemente se la condena al silencio, a no existir. Hay un prurito contra lo que le gusta a la gente, a las mujeres sobre todo. Hay quienes equiparan la popularidad con la mala calidad, lo cual es absurdo porque Gabo, Vargas Llosa, y tantos del boom fueron best-sellers. ¿Y qué? ¿De pronto se le atrofió el gusto a la gente?

¿Cuáles fueron sus influencias y el primer poeta que leyó?

¿El primer poeta? Rubén Darío, por supuesto. Dejaría de ser nicaragüense. Después leí a Neruda, Octavio Paz, Vallejo, Ibarburu, Sor Juana, Rosario Castellanos, Claribel Alegría, Cardenal. Muchos poetas nicaragüenses. Tenemos tantos. Y ellos fueron mi influencia más importante, en realidad. Pero amo la literatura inglesa: Austen, Virginia Woolf, Eliot, y luego a Rulfo y a Cortázar, que es mi ángel de la guarda. En fin, tengo tantos padres y madres que no acabaría.

Gabo en una palabra.

¡Y qué palabra! Creo que si en algo estamos todos de acuerdo en América Latina es que Gabo es el escritor más grande que hemos producido en los últimos siglos. Forjó él solito una identidad cultural que nos retrata colectivamente y además lo hizo con belleza, con humor. ¡Para mí es un héroe tan grande como el más grande de los guerreros! Necesitamos más héroes de esos.

Texto original en El Espectador

Haciendo un libro de poemas

Ú

Últimamente siento que dejo pasar la poesía. Es como una mujer de blanco que cruza la sala, la oficina, la calle y me mira. Antes, yo habría corrido tras ella a atraparla, pero ahora simplemente dejo que se aleje, me quedo con la intuición de su música, gozo la sensación de intimidad que me inspira saber que ha me ha pasado por el frente, que aún soy capaz de ver el borde de su falda sin sentir el posesivo deseo de llevarla conmigo y mostrarla, de que los demás vean que somos amigas y que sé hablar con ella. No sé si esta displicencia es virtud o defecto. A veces lamento no salir a su encuentro, extraño quizás la voz que me diga que tengo una “responsabilidad histórica” para con ella, como me dijo una vez el Poeta que me convenció de escribir. Creo que lo cierto es que la he traicionado con la novela, con la prosa. Mientras escribo una novela, encierro la poesía en el cuarto de atrás y mi percepción es que apenas la visito.

He comprobado, sin embargo, que mi percepción es falsa. Lo que hago, mientras escribo una novela, es no pensar sobre la poesía. La escribo de vez en cuando y la mando de regreso a su exilio. Pero, cuando la novela está hecha, publicada, y yo entro en ese interregno de lo desconocido, de los días en que quiero morirme porque tengo la sensación de que nada más brotará de mí que haga meritoria mi existencia, algo me empuja a visitar la habitación de atrás. Esta vez, tras concluir la novela “El País de las Mujeres”, mi visita a la poesía me encontró más timorata y tímida que de costumbre. No recordaba haber escrito casi ningún poema. ¡Cual no sería mi sorpresa cuando empecé a abrir los folders que hago en mi archivo para cada año! Me explico: tengo en mi computadora una clasificación general: “Poemas”. Dentro de esa clasificación, hago carpetas para cada año y allí van quedando los poemas que escribo. Mi último libro publicado de poesía: “Fuego soy apartado y espada puesta lejos” data de 2007. Así que empecé por 2007 hasta llegar a la carpeta de 2011. Casi no podía creerlo porque fui imprimiendo los poemas y de pronto me vi con un grueso manojo de páginas en las manos. El asunto ahora es revisar cuales de esos poemas valen la pena, cuáles puedo trabajar para que valgan la pena, y cuales debo descartar porque no me provocan siquiera la inspiración de reescribirlos. En eso he estado. Y me alegra saber que tengo un libro entre manos. Me alegra saber que, a pesar de todo, le he sido fiel a la poesía, que ha sido casi como un amante clandestino y que mis visitas a esa denegada habitación de atrás no han sido tan pocas, ni tan sosas, como creía.

Junio 1, 2010