UNA MUJER OTRA VEZ


Al centro Vilma Nuñez en una demostración frente a la Asamblea Nacional

Al centro Vilma Nuñez en una demostración frente a la Asamblea Nacional

Nicaragua necesita una madre otra vez, una mujer que la salve y la acune; que la esconda de las manos que quieren desnudarla, lastimarla y dejarla como un harapo en medio del viento y la oscuridad.

Es interesante observar el movimiento de los astros de nuestra política; están hechos de anti-materia, no son estrellas sino meteoritos sin rumbo vagando por el espacio, amenazando cuanta vida y rectitud hay en el universo. De lado a lado del horizonte, no se avista luz sino sombras. No hay quien enarbole el grito, ni la bandera de manera convincente; no hay quien merezca la aprobación, el cuerpo de la gente. Por eso, aunque cunda la insatisfacción, la desesperanza y el miedo ante los últimos acontecimientos, nadie se atreve. ¿Quién, tras todo lo que hemos visto, va a salir a arriesgarse por un Alemán, por un Montealegre? La oposición debe unirse, no hay duda, y en esa unión habrá gente turbia porque ni modo, porque sólo con gente digna y buena no se hace la unidad en un país cuya clase política está por todos lados llena de pústulas y de secretos grises y amarres sospechosos. Pero recuerdo una vez alguien que me dijo una cosa sabia, cuando en tiempos de la lucha contra Somoza protesté, ingenuamente quizás, contra las alianzas y los reclutas de dudosa calaña: ¿cómo podíamos, dije, dejar que gente así ingresara a las filas del sandinismo? Y aquel compañero me dijo, en palabras un poco más crudas que éstas, algo así como sí compañera, son gente dudosa, pero aún con esos dudosos, vamos a hacer la revolución.

Y yo pienso que esa unidad que vemos necesaria para cambiar el rumbo de la historia no se hará necesariamente sólo con gente impecable. Participarán quienes apuesten por un rumbo más abierto que éste que nos han señalado y el camino será abrupto y difícil, pero sí pienso que debe haber, al frente y como líder de ese heterogéneo grupo, alguien que signifique honradez, coherencia, seriedad; alguien que dé la cara y que logre darle al pueblo un punto de apoyo, una referencia transparente y limpia, y esa persona, propongo yo desde este espacio, debe ser capaz de equilibrio y firmeza, y tener los años que la soporten y la sabiduría de esos años. Y entonces pienso en una persona, en una mujer que ha sido indoblegable, honesta, luchadora de años y esa mujer se llama Vilma Núñez, una mujer que se ha destacado desde su juventud en las luchas estudiantiles, en los ochenta como magistrada de la Corte Suprema y como defensora de los derechos humanos más recientemente. Una mujer respetuosa del derecho ajeno y una mujer que sabe y conoce el sufrimiento del pueblo.

¿Por qué no hacer la unidad alrededor de una persona como ella? ¿Por qué la oposición no deja ya de pujar dentro de sí para que hombres como Alemán, Montealegre y otros en los que el pueblo no confía plenamente, se opongan a Ortega? ¿Por qué no cohesionarse alrededor de esta mujer que está fuera de todas esas intrigas y maniobras y luchas intestinas?

Ya vimos cómo una mujer logró, en términos políticos, más que muchos hombres en la historia reciente de nuestro país. El pueblo sabio confía en la rectitud de mujeres con fuerza y corazón. Es cuestión de poner a un lado las ambiciones personales y poner delante el bien de Nicaragua.

Una idea nada más, para que la piensen los que andan perdidos en el espacio, creyendo que a punta de comunicados y repudios se desmantelará la telaraña en la que quieren atraparnos.

Octubre 27, 2009

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ME DUELE UNA MUJER EN TODO EL CUERPO

BITÁCORA DE GIOCONDA BELLI en El Nuevo Diario, Nicaragua
13:34 – 01/10/2009

¡De tantas cosas podría escribir! Los temas me persiguen: Albanisa, Afganistán, la bondad, la corrupción, la desfachatez, el empleo, la falsedad….pero “me duele una mujer en todo el cuerpo” como dijo Jorge Luis Borge en su poema El Amenazado, y no me duele porque yo haya optado como pareja sexual por ese sexo, ya que soy hasta ahora heterosexual redomada, sino porque siendo mujer me pertenecen los dolores e injusticias contra mi género, y cuando veo la ligereza con que foros y notables ciudadanos discuten sobre los cuerpos y funciones de nosotras, las féminas, me duele el cuerpo.

La discusión sobre el aborto es tan antigua como la historia misma. Aparece en La Biblia, aparece en los primeros libros de crónicas sobre el camino recorrido hasta ahora por la humanidad. Sucede tan a menudo que setenta mil mujeres –ocho por hora- mueren anualmente en el mundo como consecuencia de abortos fallidos. Por descuido o accidente, un acto de amor, de deseo o pasión, resulta en un embarazo inesperado; el cuerpo de la mujer comienza su proceso reproductivo, ajeno a la siquis o situación de la madre. Es un proceso biológico, una suma de coincidencias, de óvulos y espermatozoides chocando en ese universo inmenso e incierto que es el cuerpo humano. Una vez que la conciencia registra el acontecimiento, el ser humano, la mujer en este caso, ya en pleno uso de sus facultades racionales, se topa con este misterio de la vida y con las consecuencias inevitables: la aparición de otro ser humano que, al contrario de otros animales, no podrá alzarse a los pocos días y echar a andar, sino que necesitará del cuido y presencia de un adulto para poder llegar a la edad donde podrá sobrevivir y valerse por sí mismo.
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