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Gioconda Belli: “García Márquez revolucionó no sólo la lengua, sino la noción de América Latina”

Gioconda Belli

Por Steven Navarrete Cardona/ El Espectador

La poeta nicaragüense Gioconda Belli acaba de ser galardonada con el Premio Andrés Sabella de Chile, por su distinguida trayectoria en el mundo de las letras, que le será entregado el 4 de mayo durante la Feria Internacional del Libro Filzic de Antofagasta (Chile).

A propósito del deceso del Nobel de Literatura colombiano, Gabriel García Márquez, escribió en su cuenta de Facebook: “García Márquez revolucionó no sólo la lengua, sino la noción de América Latina que tenía el mundo entero y nos dio a nosotros un sentido de consuelo y dignidad ante nuestra propia historia y sus entuertos”(….) “Me siento muy triste; como que se me murió un pedacito de mi corazón, una esquina del parque de la alegría que tengo adentro se quedó sin su columpio preferido”.

Gioconda Belli es una de las poetas más reconocidas en Centroamérica y Latinoamérica. En 2010, por ejemplo, su novela El país de las mujeres recibió el Premio Hispanoamericano La Otra Orilla, mientras que en 2008 la novela El infinito en la palma de la mano ganó en España el Premio Biblioteca Breve y en México el Premio Sor Juana Inés de la Cruz. En diálogo con El Espectador, la nicaragüense habló del primer poema que leyó, de la relación entre política y literatura y de su disidencia con el gobierno de Daniel Ortega.

¿Por qué a pesar de hacer parte del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) durante su ascenso para llegar al poder, no apoya el gobierno de Daniel Ortega?

Porque hay un antes y un después de la derrota electoral del FSLN en 1990. El después careció de los ideales y motivaciones nobles del proceso revolucionario. El después fue una lucha sin escrúpulos de Daniel Ortega por recuperar el poder a cualquier precio. Como pagó cualquier precio y es un hombre sagaz, recuperó el poder, pero para mí es un poder personalista, dañino para el futuro del país. Por conservar ese poder para sí, él ha desmantelado todo el aparato institucional que le habría permitido a la gente quitarlo si su gestión era fallida; destruyó lo que se logró con enormes sacrificios. Ahora él tiene un poder absoluto: controla magistrados, el sistema judicial, el electoral, a la Policía, al Ejército y a la Asamblea.

¿Y cuál fue la estrategia de Ortega?

Desmanteló la oposición negando la personería jurídica a contrincantes serios y usando el dinero para comprar la casta política corrupta que pulula en todo el sistema. Se intenta justificar todo lo anterior con el argumento populista de que los pobres están más contentos, pero la justicia social no requería el sometimiento del país a su voluntad y la destrucción de todos los mecanismos democráticos de rendición de cuentas y control del Ejecutivo. Este nuevo populismo hegemónico, autoritario, que ha reelaborado el discurso de izquierda para imponer una versión tropicalizada de la “dictadura del proletariado” a punta de manipulación y propaganda, va a hace fracasar la esperanza que teníamos en América Latina de engendrar una democracia que nos apartara de la violencia. Se siembran vientos y se cosecharán tempestades.

Para usted, ¿cuál es la relación entre política, literatura y poesía?

Depende de quién haga la relación. Personalmente, creo que cada autor es testigo de su tiempo y que mientras lo que escriba se nutra de la realidad, ésta va a permear y marcar su obra y a representar su opinión, velada o no, sobre lo que vive como ente social. Es inevitable, por mucho que se quiera últimamente aislar lo creativo de lo social.

Teniendo en cuenta que el patriarcado también está presente en el mundo intelectual, ¿ha sentido alguna discriminación por ser mujer?

Definitivamente. Pero la discriminación no es de parte de los y las lectoras —después de todo, la mayoría son mujeres—, sino de parte del establishment literario, que aún no comprende, pienso, ni la temática ni la necesidad de abordar ciertos temas femeninos o darle a la mujer el protagonismo que le damos las escritoras en nuestras novelas. Yo diría que el machismo no sólo abarca a las mujeres reales, sino también a las imaginarias, es decir, a las protagonistas de nuestras novelas.

¿Identifica alguna tendencia?

Existe la tendencia a calificar de “romántico” o de “literatura light” lo que escribimos las mujeres latinoamericanas, y aunque esto no se diga en voz alta, se dice en voz baja y se percibe en las valoraciones críticas e incluso en los reportajes periodísticos que se hacen sobre festivales, sobre el rumbo de la novela, etc. Los nombres de las escritoras, de grandes escritoras latinoamericanas como Laura Restrepo, Rosario Ferré, Ángeles Mastretta, Marcela Serrano, Nélida Piñón, Luisa Valenzuela, Elsa Osorio, Mayra Santos etc., etc., apenas son referentes cuando se pondera la literatura latinoamericana en su conjunto. Eso me parece una forma sofisticada de discriminación.

¿Y en qué forma se expresa esa discriminación?

Hay un clan de autores “famosos” que se elogian o valoran entre sí e intentan sentar las bases y el canon de lo que es bueno o no en la literatura latinoamericana. El caso de Isabel Allende me parece interesante. Puede no gustarnos absolutamente todo lo que escribe, puede uno tener una opinión crítica sobre sus novelas, pero Isabel tiene una literatura imaginativa, bien escrita. Sus memorias, Paula y La suma de los días, son muy buenos libros. Es una mujer que ha escrito de todo, hasta una serie para adolescentes. En fin, es una mujer que millones han leído, no sólo en Latinoamérica, sino en el mundo entero, pero cuando se habla de la novela latinoamericana “seria”, jamás se la menciona.

¿Y la crítica?

Ella no figura para nada en el imaginario de los hombres escritores latinoamericanos cuando hablan de literatura. Es impresionante el silencio crítico que hay sobre ella. Es un ejemplo flagrante de esa dureza con que se juzga la escritura de las mujeres en el patriarcado que vos mencionás: simplemente se la condena al silencio, a no existir. Hay un prurito contra lo que le gusta a la gente, a las mujeres sobre todo. Hay quienes equiparan la popularidad con la mala calidad, lo cual es absurdo porque Gabo, Vargas Llosa, y tantos del boom fueron best-sellers. ¿Y qué? ¿De pronto se le atrofió el gusto a la gente?

¿Cuáles fueron sus influencias y el primer poeta que leyó?

¿El primer poeta? Rubén Darío, por supuesto. Dejaría de ser nicaragüense. Después leí a Neruda, Octavio Paz, Vallejo, Ibarburu, Sor Juana, Rosario Castellanos, Claribel Alegría, Cardenal. Muchos poetas nicaragüenses. Tenemos tantos. Y ellos fueron mi influencia más importante, en realidad. Pero amo la literatura inglesa: Austen, Virginia Woolf, Eliot, y luego a Rulfo y a Cortázar, que es mi ángel de la guarda. En fin, tengo tantos padres y madres que no acabaría.

Gabo en una palabra.

¡Y qué palabra! Creo que si en algo estamos todos de acuerdo en América Latina es que Gabo es el escritor más grande que hemos producido en los últimos siglos. Forjó él solito una identidad cultural que nos retrata colectivamente y además lo hizo con belleza, con humor. ¡Para mí es un héroe tan grande como el más grande de los guerreros! Necesitamos más héroes de esos.

Texto original en El Espectador

Con Gabo bajo el aguacero

Con Gabo bajo el aguacero

En Managua, Gabo me firmó la primera edición de Cien Años de Soledad: Dice: “Para Gioconda desde todo yo”. Y así era Gabo. Vivía y escribía desde todo él. foto Charles Castaldi

La tarde que encontré al Gabo, nadie me había llevado a conocer el hielo. Era 1979, yo estaba en Cuba y hacía un calor endemoniado en la Plaza de la Revolución donde tenía lugar el desfile militar para conmemorar los veinte años de la entrada de los guerrilleros en La Habana. Yo era parte de la delegación del FSLN invitada a las celebraciones. Como tal, estaba subida a la tarima de los huéspedes. Podía ver a Fidel, a Raúl, a todos esos personajes míticos para una joven soñadora y metida en conspiraciones guerrilleras como era yo en ese entonces. Por esos días, los Estados Unidos hacían alharaca alrededor de que Cuba adquiriera aviones MIG 23 soviéticos. Que si los cubanos los tenían o no los tenían, que si tenerlos era provocar otra crisis como la de los misiles en Octubre de 1962, noticias iban y venían.

Fidel habló mucho rato. Recuerdo que su discurso fue fogoso y elocuente y que al final del mismo dijo “y aquí están los MIG”, alzó los brazos y señaló al cielo sobre el que, en ese instante, volaron nueve aviones MIG 23  en formación de troika, haciendo un ruido atronador y dejando tras de sí una estela de vapor con los colores de la bandera de Cuba. Muy Fidel, muy teatral y magistral ese acto de desafío que nos dejó a todos boquiabiertos y sonriendo alelados.

Lo más extraordinario en mi opinión no fueron los MIGS, sino el aguacero torrencial que, como si el mismísimo Fidel se lo hubiese ordenado, aguardó a que terminara el discurso y pasaran los aviones para caer sin recato ni miramientos. Nos parecía increíble a los invitados la paciencia del aguacero de esperar al final y de agarrarnos al menos en movimiento, mientras bajábamos de la tarima y corríamos, sálvese quien pueda, hacia los buses que nos transportarían a los hoteles donde nos alojábamos. Era largo el trecho hasta el estacionamiento.

Terminar ensopado era inevitable y en cierto momento yo decidí no correr, sino caminar bajo la lluvia. Fue entonces cuando vi a mi lado a otro que había decidido hacer lo mismo: un tipo de mediana estatura, bigotudo, risueño, con ese andar tranquilino que sólo en Colombia se fabrica. Nos reímos los dos, comentamos que mejor disfrutar del agua y refrescarnos tras semejante asoleada y él se me presentó o yo al fin lo reconocí como quien dice bajo la ducha. Cuando al fin llegamos al bus, nos sentamos juntos. Para mí esos días eran llenos de milagros y de conocer gente que jamás pensé conocería, así que me dispuse a platicar con el Gabo sin que se me trabara la lengua.

Recuerdo que pasaron lista desde el frente del vehículo pues los compañeros de protocolo querían asegurarse de que ningún invitado quedara abandonado en el diluvio aquel. Cada uno de los nombrados debía alzar la mano. Cuando nombraron al Gabo, las cabezas de los presentes giraron veloces en nuestra dirección. Hay quienes piensan que quien escribe tiene también el don de la verbalidad, pero por algo escribimos los escritores. La palabra nos es dada en la soledad. Así que Gabo como hombre de su tiempo y periodista, no hablaba con exageraciones ni las imágenes de su abuela y de Macondo, sino que estaba ávido de noticias sobre las interioridades del conflicto entre tendencias del FSLN y lo que sucedía en Nicaragua y de eso hablamos.

Me contó de su proyecto de escribir un guion cinematográfico basado en la acción del 27 de Diciembre en Managua y yo le hablé de Eduardo Contreras que ya para entonces se había marchado de la vida en un aguacero de balas de la Guardia Nacional de Somoza. Sería pienso por ese tiempo cuando García Márquez se hizo amigo cercano de Fidel Castro  porque en las fechas en que lo conocí, aunque era silenciosamente admirado por los muchos revolucionarios que pululaban en esos días por La Habana, aún andaba, como he contado, en los buses en que nos movían a los invitados de arriba abajo de la ciudad. La fama aún no le arruinaba la vida. Hablamos de política, de Nicaragua sobre todo, y nos caímos bien. En el hotel  pasaron toallas en el lobby a quienes íbamos llegando y tomamos chocolate caliente o café, todo el tiempo riendo y comentando el pulso del agua cuya puntería y tino bien cabía en una de las historias de Macondo. Anduve con Gabo en ese bus varias veces más mientras íbamos de una recepción a otra.

Me lo volví a encontrar en Managua en 1980 en la casa de Sergio Ramírez y entonces conocí a Mercedes, su esposa. Fue allí, en una hamaca donde nos sentamos porque ni él ni yo aguantábamos más los zapatos, que le conté de un amor que había perdido y del que, a pesar de lo mucho que me hizo sufrir, sólo recordaba lo bueno. “Son las trampas de la nostalgia” me dijo. En Argelia, recién el triunfo sandinista compartimos un rato con Raúl Castro y el General Giap, héroe de la guerra del Viet Nam en una celebración multitudinaria de la Revolución Argelina donde  hubo también desfile militar, MIGS y un despliegue de fuegos artificiales de dos horas que iluminó la fantasmagórica y blanca bahía de Argel y dentro de mí la memoria de Frantz Fanon, cuyo libro “Los Condenados de la Tierra” puedo decir que marcó un antes y después en mi vida.

No volví a ver a García Márquez sino tras largo tiempo, en el homenaje en Cartagena con motivo de sus 80 años. Los mejores discursos que jamás he oído se dijeron ese día. Hablaron Carlos Fuentes, Antonio Muñoz Molina, Tomás Eloy Martínez, Víctor de la Concha y luego el Gabo mismo contó anécdotas sobre las penurias que pasó para encerrarse a escribir el libro que le aseguró primero la sobrevivencia y luego la inmortalidad. Recuerdo que en algún momento entró Bill Clinton al salón y al final bajaron desde lo alto del teatro varios conjuntos de vallenato tocando la famosa canción de Mauricio Babilonia, mientras del techo del teatro caían como confeti, cientos y miles de mariposas amarillas sobre los asistentes al acto. Creo que ese episodio lo recordaré siempre como una de las vivencias más hermosas y conmovedoras de mi vida.

En Managua, Gabo me firmó la primera edición de Cien Años de Soledad: Dice: “Para Gioconda desde todo yo”.  Y así era Gabo. Vivía y escribía desde todo él. Conocerlo fue un regalo. Ahora, una esquina del parque de la alegría que ando dentro se ha quedado sin su columpio preferido.

Publicado en Confidencial