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Hervidero de Letras

Texto publicado en el diario EL PAIS de España, Agosto 15, 2011

Sentada en una mecedora contemplaba la hierba en el jardín de mi casa en uno de esos estados semihipnóticos con que se asocia el calor del verano a mediodía o esa cierta inquietud del espíritu que no encuentra donde posarse, cuando de pronto la frase aquella apareció en el recto horizonte de mi sopor moviéndose sinuosa como una serpiente que imitara al conejo de Alicia pidiéndome que la siguiera a un árbol imaginario en el que iba enroscándose a medida que nuevas palabras se sumaban apareciendo todas ellas perfectamente articuladas en los anillos del cuerpo reptil que me tentaba como habrá tentado a Eva el tristemente célebre ofidio del Paraíso Terrenal. Recuerdo que yo tenía las piernas cruzadas encima del brazo de la mecedora y que me miré los pies, no sé por qué, ligeramente deslumbrada de que mi mente con el solo estímulo del sol derramándose sobre las hojas de hierba del jardín hubiese empezado a producir la cinta-serpiente de palabras cuya rara levedad y sonoro contoneo claramente contenía una idea, un mundo misterioso que tomaba forma frente a mis ojos reverberando en la luz perpendicular como un animal de espejismo que imperioso me pedía le concediera la vida y no lo dejara marchar. ¡Atrápalo!, me pedía un instinto que ignoraba hasta entonces poseer tironeándome el cuerpo fuera de la modorra y así fue que, cual si llevara en los brazos la sinuosa frase movediza, corrí con ella al estudio, encendí la ruidosa máquina de escribir eléctrica que sin prever ningún destino literario había comprado con el salario inaugural de mi vida de adulta y descargué aquel ruido de palabras, aquel reptil de anillos amarillos y hermosos sobre el blanco papel que mis manos introdujeron a toda prisa en el tambor del aparato y dejándome llevar por la angustia iniciática de la creación escribí de una vez casi sin respirar las frases entrecortadas que se desenroscaban dentro de mí con un aliento que me dictaba -corte aquí, pausa allá- palabras apresuradas que salían ansiosas como si hubiesen estado encerradas sin oxígeno y estuvieran ahogándose a punto de sucumbir y cuya vida dependiera de la rapidez de mis dedos tecleando furiosos con la urgencia de un inminente naufragio alfabético que yo debía evitar, llevando cada una sobre mis hombros, nadando sin tregua hacia la playa del papel en blanco que poco a poco se iba cubriendo de símbolos mientras dentro de mí el espacio desalojado de lenguaje se llenaba de una alegría extraña, de un aire limpio y soleado como el que sueña quien tiende una línea de ropa mojada rogando que la lluvia no llegue a estropearle la amorosa labor de fregar los pantalones sucios de los hijos. Tres o cuatro páginas después, extenuada y feliz, hojeé los papeles, contemplé lo hecho y supe que por primera vez había mordido la serpiente y escrito poesía.