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Poder y anarquía

Está comprobado que todo sistema autoritario carga en sí las semillas de su propia destrucción. Lo sé porque yo misma viví la construcción e imposición de una revolución que, a pesar de sus logros y buenas intenciones, se arrogó para sí la única verdad política aceptable y en nombre de ésta manipuló leyes, instituciones y decretos a su antojo, aplastó a la oposición y actuó con la arrogancia de un poder absoluto que la llevó a creer en la continuidad indefinida de su mandato. Tan seguro estaba el FSLN de su invencibilidad en 1989, como lo está su nueva encarnación Orteguista en 2014.

Ya el cuidado por la apariencias del primer mandato post-revolucionario de Daniel Ortega en el que se crearon alianzas y se respetó medianamente la autonomía de las instituciones, sobre todo del Ejército y la Policía, pasó a la historia. En este segundo período ha culminado el proceso de fusión estado-partido de los ochenta, tanto en las instituciones como en el aparato militar. Las reformas constitucionales han develado el tipo de poder vitalicio que se piensa implantar sin importar los costos. El país entero ha pasado a ser un feudo político del FSLN y la única área “protegida” de la dominación partidaria es la economía privada y el libre mercado puesto que bajo el slogan socialista, lo que opera es el capitalismo con obvias ventajas individuales para la nueva nomenclatura.

Como suele suceder cuando se instala este tipo de poder absoluto, la mayoría de la población acude al “cristianismo y la solidaridad” ajena, para subsistir en el centro de un laberinto de favores, burocracias, precios personales y políticos, chantajes y amenazas veladas si no se afilia al bonachón y dadivoso partido. El temor a convertirse en paria o sufrir represalias conduce ya sea a la calculada actitud “apolítica”, ya sea al abyecto servilismo dispuesto a aprovechar la “generosidad” de un régimen que requiere del aplauso y los vítores de la multitud para convencerse de que el pueblo los ama y los seguiría por tierra y por mar.

No es entonces la dictadura de Somoza la que Daniel Ortega está repitiendo. Lo que está repitiendo es la fórmula que ya fracasó en los ochenta, sólo que esta vez con una economía liberal y una libertad de prensa ilusoria restringida a pocos medios y bajo la premisa de que cualquier mensaje puede ser mediatizado rápidamente a través de un emporio de comunicación que incluye numerosos canales de TV, radios o en su defecto huestes de jóvenes empoderados que están dispuestos a imponer a golpes, propinados no sólo con gusto sino también con impunidad, las verdades absolutas de su partido.

Suele decirse que fue la guerra de la Contra lo que derrotó al sandinismo en 1990. Pero hay que decir que el cansancio de la gente era también el reflejo de otro cansancio, el que se percibía en las bases; el hartazgo ante el verticalismo, las jerarquías y las arbitrariedades partidarias justificadas por la disciplina y la necesidad de una “unidad sandinista” frente al enemigo, que fomentaba la auto-censura e impedía la crítica interna. La consigna “Dirección Nacional Ordene” era una demanda de sumisión a la militancia que –por esa sicología extraña de las masas- se sentía más revolucionaria en la medida en que más se disponía a obedecer cualquier mandato sin rechistar. No hacerlo, se nos decía, era una “amenaza” para el proyecto revolucionario.

Esa mentalidad de masa anónima, obediente y sin rostro, es patente en el comportamiento de los individuos dentro del FSLN post-revolucionario, inhibidos de tener opinión propia pública y forzados a repetir el discurso oficial si es que llegan a hablar del todo. Hasta el Presidente es víctima de una política de comunicación que le impide escuchar las preguntas de los periodistas de su propio país y lo obliga a largas peroratas desde las tarimas, diatribas para las que no es muy dotado. En este aspecto los ochenta fueron un oasis donde al menos se percibía el quehacer colectivo y la diversidad de criterios de la cúpula dirigente.

A falta de una oposición consolidada, pues la actual no ha logrado aún ni la endeble unidad de los 80, y por lo mismo ha sido diezmada, inutilizada o sufre compras o infiltraciones, la oposición que podría surgir de continuar la voracidad del poder monopolizando el país y cerrando alternativas cívicas, es la de grupos anárquicos. Lo más preocupante de la masacre del 19 de Julio, a mi juicio, es precisamente esta posibilidad; que se trate de ataques políticos hechos por pandillas sin programa, movidos por el rencor y la impotencia; ataques terroristas contra civiles inocentes, una violencia peligrosa y malsana con el agravante de que puede conducir, como parece estar sucediendo, a una cacería de figuras menores de la oposición convertidos en chivos expiatorios en aras de cubrir la falta de pistas reales de la policía.

La actuación extraña y sicológicamente aterrorizante que han escogido las autoridades para llevar a cabo estas redadas, está obviamente diseñada para producir miedo y espanto, pero así como puede ser efectiva en algunos casos, puede tener el efecto exactamente contrario en otros. “Violencia crea violencia” se usó en algún momento de los sesenta como justificación de las acciones guerrilleras.

Como mujer ciudadana voy sintiendo la angustia subir de tono en el país. Se repite la terquedad y arrogancia de los ochenta, los errores que culminaron en muertes innumerables, ceguera y por último derrota. Quisiera creer que todavía hay tiempo de reflexionar. El asunto del canal, por ejemplo, si no se maneja con el consenso ciudadano y la transparencia y profesionalismo que merece el futuro del país y de las nuevas generaciones, nos traerá innumerables desgracias. Los afectados nicaragüenses maltratados reaccionarán. Este es un país que puede tardar, pero cuyas reacciones explosivas han sido tan constantes como su geografía volcánica.

Ortega y compañía deben comprender que tanto poder es un arma de doble filo. Requiere de un alto grado de responsabilidad, visión y humildad. No es garantía, ni carta blanca para hacer cualquier cosa.

Publicado en Confidencial