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Las conferencias

Por Gioconda Belli

Pocas personas me creen cuando les digo que la idea de dar conferencias me pone nerviosa. Confieso que yo tampoco comprendo muy bien por qué experimento tamaña angustia, cuando en las presentaciones donde me toca leer fragmentos de mis novelas o dar un recital de poesìa disfruto tanto. Ciertamente que hay diferencias entre una y otra cosa. En primer lugar, dictar conferencias es primordialmente una actividad académica. La etimologìa de la palabra nos dice que viene del latín “conferentia” que significa also así como una persona que confiere, o sea que imparte o comparte conocimiento. Muchos escritores tienen experiencia como profesores y supongo que eso les ayuda a conferenciar. Éste no es mi caso.
Incluso, pienso que escribir ficción es una actividad diametralmente opuesta a la de conferenciar, puesto que la ficción trata de iluminar la realidad trastocándola o reinventándola, mientras que el conferencista, sobre todo en un ambiente académico, se supone que imparta a sus oyentes conocimientos y no inventos sobre el tema del que trate su exposición.

Creo que no está mal esta explicación. Simple y llanamente no me siento cómoda como persona que confiere conocimientos desde un podium, por mucho que, cuando escribo, estoy clara de que confiero un tipo de conocimiento -el mìo o de mis personajes- a mis lectores. Pero hay algo más: cuando recibo la invitación a dar una conferencia, charla o lección, usualmente me piden que les de con anticipación el TEMA sobre el que ésta versará. No me cuesta demasiado pensar en temas o en nombres para las charlas; lo que me cuesta y se me vuelve una tortura, usualmente, es escribir una charla que se parezca al tìtulo que meses antes inventé. Empiezo a escribir y no he avanzado un cien de palabras cuando una voz en mi cabeza empieza a murmurarme: “te estás saliendo del tema”. Vuelvo a empezar y me sucede lo mismo no sé cuántas veces y cada vez me voy sintiendo más aprisionada por mi propia invención, igual que el cuento de Cortázar donde el protagonista se queda enredado en su propio sueter, incapaz de ponérselo o sacárselo.

Por otro lado, me persigue la exigencia de sonar como que sé algo especial, o sea que tengo algo que “conferir” a los demás, y esta demanda de mi intelecto propiciada por la misma definición de la actividad en cuestión, me genera un estado de monumental insatisfacción pues no me considero sabia en ninguna materia, ni me he pasado años estudiando, sacando másteres o doctorados. Mi gracia es contar historias, escribir poesía; nada más lejos de mi alcance que el frío o cerebral análisis de la realidad o de la literatura que es el pan nuestro de cada dìa del mundo académico. De manera que esta pretensión de sonar académica se me hace un traversti de mí misma que me incomoda. Pero, como a esas alturas, ya estoy comprometida con la conferencia; ya hay fecha fija, boletos de avión etc, etc, no puedo huir de la obligación y debo sacar fuerzas de la flaqueza y sentarme a escribir devanándome los sesos por encontrar ese tono de autoridad con el que suelen sonar los conferencistas.

Pero lo hago, lo he hecho muchas veces. Al final me sobrepongo a las inseguridades y cuando estoy en el podium me digo que no estoy sola, que lo que digo lo piensan muchas mujeres. Y eso me da fuerza y ánimo.