¡Que viva Eduardo!

 

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Galeano tomaba unas duchas larguísimas. Lo sé porque Carlos, mi esposo, y yo compartimos con él un apartamento en Frankfurt durante la Feria del Libro hace ya años. Un apartamento que los dueños dejaron a disposición de Hermann Schulz, nuestro común editor, y donde él nos hospedó mientras duraba nuestra estancia en la Feria. Galeano era ya un entrañable porque mientras duró la Revolución y sus amigos fueron revolucionarios, él se afilió a esta noción de utopía marca Nicaragua, como suelen afiliarse los soñadores a sus sueños. Pasó largas temporadas entre nosotros y por eso su risa, su cabeza perfilada sin el engaño del pelo (sufría por su calvicie), sus gestos, su voz con tono de tenor, la picardía constante de su mirada, la libretita infaltable en su bolsillo donde anotaba cuanto le llamaba la atención, los cerditos que dibujaba en sus dedicatorias, esa “entidad” maravillosa que era todo él, la vitalidad de su empeño por imaginar un mundo justo y no sólo imaginarlo, sino que demandarlo, se quedará para siempre con nosotros. Difícil imaginarlo enfermo. El mismo se encargó de que pocos lo vieran sufrir. La última vez que estuve en Montevideo -un viaje de 12 horas- pregunté por él. Me dijeron que no veía a nadie. Estaba con su Elena, su esposa guapa, dulce y alegre como él. Ella que soñaba de noche y le contaba sueños que él decía le servían para escribir. Difícil imaginar que ya no está. Su voz era de las imprescindibles. Jamás después de 1990 quiso volver a este país que amó tanto. No quiso ver la metamorfosis que destruyó la ilusión en la que él creyó con fe de apasionado. Pero aquí queda el amor que le tuvimos y el amor que él nos dio a quienes lo conocimos y también a quienes sin conocerlo fueron tocados, mecidos, estremecidos por sus palabras. Que viva Eduardo. Que viva siempre. Y que se vaya tranquilo porque su huella no se borrará jamás.

Managua, 13 de Abril 2015

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