La magia de los íconos

Leí en El País que una novelista llamada Mónica Alí originaria de Bangladesh y tan prestigiosa y respetable que quedó finalista del Premio Booker, uno de los más reconocidos de la literatura inglesa, acaba de publicar una novela cuya trama se basa en la idea de que la Princesa Diana no murió. Tras el accidente, esta Diana ficticia, reconstruye su vida lejos de la mirada del público en un pequeño pueblo de Estados Unidos, llamado casualmente Kengsinton.

Es curioso, pensé, y un riesgo nada menospreciable, que una novelista contemporánea seria aborde este tema. Me trajo a la memoria el desborde del público cuando murió Diana, la fascinación que ella llegó a ejercer sobre tanta gente. Viendo su funeral, me sorprendí a mí misma, llorándola como si la hubiese conocido. ¿Por qué? ¿Por qué existen personas que encarnan intangibles y poderosos mitos? ¿Al llorar a Diana, llorábamos tantos la muerte de los cuentos de hadas de la infancia, el mito de la princesa hecho trizas? ¿O llorábamos acaso por la mujer bella, rebelde, pero triste, que puso a la Corona inglesa en jaque?

En Junio del año pasado, por una de esas confluencias mágicas de la vida, fui invitada al matrimonio del hermano de la princesa Diana, el Conde Charles Spencer, con Karen Gordon. Conocí a Karen en Nicaragua pues su ONG, Wholechild, trabaja con los orfelinatos aquí en el país. De toparnos entre los pasillos del Rolando Carazo, nació una amistad que me llevó a Londres y luego por tres días a Althorp, la residencia de campo de la familia de Diana, el sitio donde ella está enterrada. El hermano de Diana, Charles, fue quien pronunció el discurso fúnebre en la Abadía de Westminster, un discurso memorable por su sutil, pero a la vez clara censura a la actitud de la corona inglesa con respecto a Diana. Charles tiene los mismos ojos azules de su hermana. Es un dedicado historiador y fue fascinante pasar tres días en aquella residencia, una suerte de castillo, (tipo Downton Abbey de la famosa serie) en medio de prados y bosques, escuchando la historia de la familia y de esa casa cuya construcción original data de 1508. La presencia de Diana es palpable en el lugar. La primera tarde que estuve allí, después de cena, salí a caminar sola por los jardines. Siguiendo un sendero asfaltado, desemboqué en el lago oval en medio del cual hay una isla. En el centro de la isla un sencillo monumento con un ánfora, indica el lugar donde la princesa está enterrada. En un extremo, en el mausoleo que otro ancestro de los Spencer hizo poner allí, hay una placa con la silueta de Diana, y una banca de madera que fue regalo del personal de la casa. Cada verano, por sesenta días, estas históricas y señoriales residencias inglesas están obligadas a abrir sus puertas al público. En Althorp, hay un pabellón dedicado a la Princesa Diana, que contiene sus cosas. No lo vi, ni falta que me hizo. Caminando por ese parque, vi un árbol que Nelson Mandela plantó allí en memoria de Diana, y la avenida de 36 robles que su hermano hizo en su honor, uno por cada cumpleaños de ella. Imaginé a Diana paseándose por allí. Me seguí preguntando por qué esas vidas encantadas –a pesar de lo triste que acaban tan a menudo- ejercen esa fascinación irreal sobre nosotros. No se trata, me parece, del boato únicamente -aunque claro que eso da color a la película-  porque hay otros íconos modernos, el Ché Guevara, por ejemplo, que igual trasciende clases y generaciones, como otra de esas imágenes que contienen por un extraño designio, la esencia de algo que nos conmueve profundamente. ¿Sería que cada uno de ellos, en mundos distintos, fue rebelde? ¿O será que, a pesar de su alcurnia en un caso, o de su heroísmo en el otro, ambos fueron también profundamente falibles y humanos?  ¿O tal vez fue la muerte la que los salvó del destino común del deterioro y la vejez y los dejó jóvenes y bellos en la memoria colectiva?

En cualquier caso, hay sin duda una proyección de nosotros mismos en esas figuras que de tanto en tanto capturan nuestra fantasía, como luces que atrapan las mariposas nocturnas. Lógicamente, mientras más nos las demos de intelectuales racionales y fríos, más negaremos sentir estos sentimientos propios del “vulgo”, pero como dijo Carlos Martínez Rivas, hay figuras (en su caso fue la mujer de Lot)  cuya huella en los tiempos bien vale una disquisición, una reflexión introspectiva o, como mencioné al principio, una novela.

Marzo 21, 2012

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