¿Cómo empecé a escribir?

¿Cómo empecé a escribir? ¿Qué me llevó a hacerlo? ¿Cómo fue pasar de la poesía a la novela? Muchas de esas preguntas que mis lectores me hacen, las contesto aquí, en esta charla que di en Managua en el ciclo de El Autor y su Obra que patrocina el Festival Internacional de Poesía de Granada.

Muchísimas gracias a Blanca Castellón por esa bellísima introducción hecha con tanto cariño. Gracias a todos por estar aquí. Conozco muchos rostros en el público; rostros que me han seguido y a quienes he seguido por muchos años; personas queridas que, a través de los tantos vericuetos de la vida, me han ayudado a ser quien soy.
Entre las muchas leyendas urbanas que se cuentan en un país pequeño como el nuestro, hay varias que me tienen a mí de protagonista, porque a falta de artistas de cine, aquí los personajes públicos son los políticos, los borrachos y los poetas.
De las historias que cuentan de mí, una de las más simpáticas es la que asegura que este pelo abundante que tengo es en realidad una peluca, porque yo soy pelona. Y es que en realidad lo que pasa es que yo tengo una prima bellísima que es pintora que se llama Patricia Belli, que por una enfermedad que se llama alopecia no tiene ningún pelo en la cabeza, entonces han mezclado a Patricia conmigo y han creado esa síntesis.
Otra de esas leyendas, que me conto Helena Ramos, es de un señor que le dijo que había trabajado de chofer en mi casa, y que yo escribía desnuda, y que cuando yo quería tomar agua o algo así, pedía con gran naturalidad, desnuda, que me trajeran el agua o que me trajeran la leche, o que me trajeran el almuerzo. Seguramente ese señor oyó que yo escribía poesía erótica y pensó que el erotismo era andar desnudo. Esa historia que me pareció genial por cierto.
Pero la leyenda urbana que más me gusta y que más a menudo se repite y me repiten es la que me atribuye una gran valentía., Me dicen: “Usted es una mujer valientísima.” “Que valiente que sos, que atrevida, que lanzada…” y cosas por el estilo. Que me concedan esa cualidad siempre hace surgir en mi cara más íntima, ésa que solo yo veo en mi espejo interior, una sonrisa mezcla de pasmo y de satisfacción. Y es que eso de que soy valiente refleja una realidad distinta a la que yo me he enfrentado en la vida, a la que me enfrento constantemente. Porque yo no soy una persona sin miedos. Al contrario, he sido tímida, introvertida y con tendencia a la reclusión. Mi deporte favorito es leer tendida cuan larga soy ya sea en un sofá o, mejor aún, en la cama. Le tengo miedo a los aviones, me da nervios hablar en público, me afligen las conferencias. Desde que tengo conciencia, mi vida ha sido un enfrentamiento a muerte con ese miedo. No me gusta tener miedo. La vida con miedo solo puede vivirse a medias. Con miedo uno no puede realizar todo lo que es, ni vivir su pleno potencial. El miedo paraliza y esconde, de ahí que uno de los objetivos más importantes que me planteé desde joven, fue perder ese miedo, hacer todo lo que me daba miedo y no dejar que el miedo me venciera.
Recuerdo por ejemplo que a mi papá todos en mi casa le teníamos terror, porque mi papá era un ser bien dulce pero bien bravo, y entonces cuando yo tenía como 12 años me pregunté “¿porque le tengo tanto miedo a mi papá?” Cuando me tocaba ir de la casa al trabajo de mi papá en el carro con él yo quería hablarle, me preguntaba a mí misma ¿por qué es que voy a ir tan calladita? Quería hablarle pero no sabía de qué hablarle, entonces un día de tantos decidí perderle el miedo a mi papá, dispuse empezar a contarle chistes, a ganármelo. Esa fue la primera vez que me di cuenta de que podía perder el miedo. Mi papá reaccionó de una manera linda, y no sólo se rió conmigo, sino que, desde entonces, nuestra relación cambió. Se volvió mi mejor amigo, se le quitó toda esa coraza que él aparentaba frente a nosotros.
Esa fue la primera vez que me di cuenta que perder el miedo era importante y que era algo que yo podía hacer.
Yo terminé mi bachillerato en España. Mis padres me mandaron a España cuando tenía catorce años, a un colegio de monjas que quedaba en la calle Atocha y que era una especie de mole gris con unas enormes puertas. Había sido un palacio que la Reina María Mercedes, esposa de Alfonso XII le dio a las monjas. Cuando uno llegaba los domingos de regreso -porque yo estaba interna- las puertas se cerraban con un eco de encierro. Al lado del colegio había un convento de monjas Carmelitas de clausura que solo se asomaban para la hora de la comunión a través de una puertecita, por donde sacaban la cara para recibir la hostia. Era un colegio bastante lúgubre. Esa calle ahora es una calle linda sobre la que está el museo Reina Sofía, pero en esos tiempos había también un hospital y una morgue junto al colegio. Era un lugar triste, y nada placentero para una chavala como yo, que estaba acostumbrada al trópico, que ni siquiera conocía el frío….
Después de estar ahí me mandaron mis papás a Filadelfia a estudiar publicidad y periodismo. Y apareció un día un señor solicitando alguien que quisiera trabajar medio tiempo. Fui la primera en ofrecerme. En un tris, levanté la mano en el grupo. Y me fui a trabajar de recepcionista en esa agencia de publicidad. Cuando llegué, me pusieron en un escritorio con una máquina de escribir eléctrica. Yo tenía dieciséis años. Jamás en mi vida había visto una máquina de escribir eléctrica. Estaba acostumbrada a las máquinas de escribir normales, pero bueno, yo me hice la que sabía manejarla. Me dieron a hacer unas facturas. Empecé a hacer las facturas y recuerdo que me equivoqué tantas veces que me dio vergüenza dejar en el cesto de basura todos los papeles que había desechado usando la papelería tan bonita de la agencia, así que me los llevé en la cartera. Ese día cayó la primera nevada del año, y yo no había visto nevar -porque en Madrid neva muy poquito- y me tocó salir del trabajo como a las cinco de la tarde en medio de aquella blancura de la nieve, y yo andaba unas botas blancas bien bonitas pero nada apropiadas y cuando me vi estaba con las botas llenas de nieve, helada, bueno una cosa tremenda. Pero esa experiencia me sirvió. Fue uno de esos momentos en que me dije “yo puedo hacer esto” “yo puedo perder este miedo” y aprendí a usar la máquina de escribir, y a caminar en la nieve y claro el miedo se me fue quitando, y se me quito casi totalmente cuando descubrí la poesía.
Y este señor que tengo a la orilla mía que se llama Francisco de Asís Fernández, más conocido como Chichi, fue una de las personas que tuvo un impacto profundo en mi vida porque trabajamos juntos en una agencia de publicidad, y él me introdujo en la lectura de la literatura que me formó. Yo había leído mucho de pequeña, porque fui un ratón de biblioteca. Tuve hepatitis cuando tenía como nueve o diez años y pasé dos meses en cama. Todo ese tiempo mi papá me llevó libros, enciclopedias. Leí muchísimo. Mi mamá, además, tenía libros escondidos que yo no podía leer, y esos eran los que más me llamaban la atención, entonces yo aprendí a abrir las cerraduras y logre leer El mundo feliz de Aldous Huxley, un manual de sexualidad que no me dejaban leer y muchos otros libros. Aprendí un montón de cosas leyendo esos libros “prohibidos” de mi mamá, pero también leí mucho teatro, porque mi mamá fue una de las fundadoras del Teatro Experimental de Managua, y entonces tenía obras de Lope de Vega, García Lorca, el gran teatro español, y también Shakespeare, y yo me leía todo lo que me caía en la mano.
Pero no había leído literatura latinoamericana. Solamente clásicos, y cuando llegue a trabajar en la agencia de publicidad con diecinueve años, (ya me había casado, y tenía una hija), empecé a conocer estos autores a los que me introdujo Francisco de Asís, y se me fue abriendo un mundo diferente y la poesía empezó a aletear muy cerca de mí. Esa era la época de la autenticidad, de los hippies. Todos queríamos ser auténticos y rebeldes. Yo no quería escribir, no quería faltarle a la autenticidad de lo que estaba sintiendo, pero le dije a Francisco de Asís “fíjate que se me ocurren cosas” y él me dijo “escribí que tenés responsabilidad histórica”, y entonces yo me fui esa noche a mi casa y escribí seis poemas, El diario español El País me pidió este año que escribiera sobre alguna primera vez. Les voy a leer lo que escribí sobre el atardecer de esa noche

Sentada en una mecedora contemplaba la hierba en el jardín de mi casa en uno de esos estados semi-hipnóticos con que se asocia el calor del verano a mediodía o esa cierta inquietud del espíritu que no encuentra donde posarse, cuando de pronto la frase aquella apareció en el recto horizonte de mi sopor moviéndose sinuosa como una serpiente que imitara al conejo de Alicia pidiéndome que la siguiera a un árbol imaginario en el que iba enroscándose a medida que nuevas palabras se sumaban apareciendo todas ellas perfectamente articuladas en los anillos del cuerpo reptil que me tentaba como habrá tentado a Eva el tristemente célebre ofidio del Paraíso Terrenal. Recuerdo que yo tenía las piernas cruzadas encima del brazo de la mecedora y que me miré los pies, no sé por qué, ligeramente deslumbrada de que mi mente con el solo estímulo del sol derramándose sobre las hojas de hierba del jardín hubiese empezado a producir la cinta-serpiente de palabras cuya rara levedad y sonoro contoneo claramente contenía una idea, un mundo misterioso que tomaba forma frente a mis ojos reverberando en la luz perpendicular como un animal de espejismo que imperioso me pedía le concediera la vida y no lo dejara marchar. ¡Atrápalo!, me pedía un instinto que ignoraba hasta entonces poseer tironeándome el cuerpo fuera de la modorra y así fue que, cual si llevara en los brazos la sinuosa frase movediza, corrí con ella al estudio, encendí la ruidosa máquina de escribir eléctrica que sin prever ningún destino literario había comprado con el salario inaugural de mi vida de adulta y descargué aquel ruido de palabras, aquel reptil de anillos amarillos y hermosos sobre el blanco papel que mis manos introdujeron a toda prisa en el tambor del aparato y dejándome llevar por la angustia iniciática de la creación escribí de una vez casi sin respirar las frases entrecortadas que se desenroscaban dentro de mí con un aliento que me dictaba -corte aquí, pausa allá- palabras apresuradas que salían ansiosas como si hubiesen estado encerradas sin oxígeno y estuvieran ahogándose a punto de sucumbir y cuya vida dependiera de la rapidez de mis dedos tecleando furiosos con la urgencia de un inminente naufragio alfabético que yo debía evitar, llevando cada una sobre mis hombros, nadando sin tregua hacia la playa del papel en blanco que poco a poco se iba cubriendo de símbolos mientras dentro de mí el espacio desalojado de lenguaje se llenaba de una alegría extraña, de un aire limpio y soleado como el que sueña quien tiende una línea de ropa mojada rogando que la lluvia no llegue a estropearle la amorosa labor de fregar los pantalones sucios de los hijos. Tres o cuatro páginas después, extenuada y feliz, hojeé los papeles, contemplé lo hecho y supe que por primera vez había mordido la serpiente y escrito poesía.
La poesía me dio no sólo una razón de ser, sino que me descifró la manera de hablar en el mundo como una mujer dispuesta a pregonar una noción gozosa de serlo. Me liberé de muchas maneras y perdí el miedo de hacer un sinnúmero de cosas que quería hacer. Fue la época en la que me uní a la lucha política contra la dictadura Somocista, a ese FSLN que era tan distinto a éste que ahora está en el poder.
Empecé a escribir poesía y se empezó a publicar la poesía. Recuerdo que cuando le lleve los poemas a Francisco de Asís al día siguiente de haber hecho ese descubrimiento de mi propia capacidad de hilvanar versos, él estaba con Carlos Alemán Ocampo y los dos bromearon conmigo diciéndome: “Cuando seas como nosotros todo lo que escribás va a ser perfecto, pero ahora tenés que trabajar, tenés que leer cada poema y pensar qué le falta, qué le sobra, porque el poema tiene que ser como un nacatamalito, tiene que estar bien apretadito, no puede faltarle, ni sobrarle nada.”
Carlos y Chichi me llevaron a La Prensa a ver a Pablo Antonio Cuadra y mostrarle mis poemas. A Pablo Antonio le gustaron mucho mis poemas, y me mandó a Roger Pérez de la Rocha a mi casa a hacerme un retrato. Y bueno yo estaba fascinada pero no sabía cómo entender cuanto me sucedía. Los poemas salieron publicados a los quince días que los escribí en La Prensa Literaria, con un titular que decía “Una nueva voz en la poesía nicaragüense”. Yo, por supuesto, me sentía orgullosísima. Ese domingo fui a la casa de mi abuelo donde se reunía toda mi familia a almorzar, y cuando llegue muy oronda por haber salido en el periódico, me quedan viendo todas mis tías con los ojos horrorizados y me reclaman que cómo era posible que hubiese publicado esos poemas. “Un poema sobre la menstruación, que cosa más espantosa, de eso no se escribe, eso es algo horrible, pobre tu marido…” Bueno fue una cosa tremenda, realmente se creó un escándalo terrible en mi familia. Entonces mi marido me prohibió que publicara nada más, me dijo que él tenía que leer mis poemas antes de que yo los pudiera publicar. Yo me rebelé. Le dije: “Nunca te voy a enseñar un poema para pedirte permiso, prefiero guardarlos” hasta tengo un poema que dice que prefiero que se vuelvan lechuga, repollo, vegetal… Afortunadamente recibí la bendición de los monstruos sagrados de la literatura nicaragüense: José Coronel, Carlos Martínez Rivas, que decían que mis poemas eran muy buenos. Coronel, sobre todo, conocía a un montón de señoras de mi familia, entonces ellas me empezaron a respetar, y yo seguí publicando. No me dejé. Al que dejé fue a ese marido.
Por esa época mande mis poemas al concurso de la Universidad Nacional Autónoma, de la que era rector Carlos Tünnermann Bernheim, y me gané el premio Mariano Fiallos Gil. Esa fue una experiencia increíble para mí, porque llegue al paraninfo, a la ceremonia de entrega del premio y, como parte del evento muy solemne, yo tenía que leer mi poesía. Nunca antes había leído mi poesía en alta voz y recuerdo que cuando empecé a leer mi poesía tuve una sensación de poder extraordinario. Cuando la palabra salió de mí y empezó a relacionarse con la gente que la escuchaba, yo la vi cambiar, la vi pasar por todos esos rostros y me di cuenta de que me estaba comunicando, que con mi palabra yo ganaba acceso al corazón de quienes me estaba oyendo.
Y me acuerdo que hubo alguien a quien se le salieron las lágrimas cuando yo estaba leyendo. A mí la poesía me había hecho llorar muchas veces, pero darme cuenta de que yo podía tocar, hacer vibrar las cuerdas de otra sensiblidad, me dio una sensación de maravilla. Me sentí muy bendecida, muy feliz de que la vida me hubiese dado ese enorme regalo de poder escribir, de poder decir.
Y claro, al tomar conciencia de que poseía ese talento me di cuenta de que esto implicaba una responsabilidad; no era sólo algo gratuito, sino algo que yo debía trabajar, cultivar y desarrollar. Tuve la enorme suerte de que grandes escritores nicaragüenses me tomaron bajo su tutela. Carlos Martínez Rivas fue jurado de ese premio y un día me llamó y me citó a la oficina de Samuel Barreto. Allí me fue leyendo poema por poema, todos los poemas del libro “Sobre la grama” que fue el libro que yo mande a concursar. Iba leyendo y me preguntaba: ¿dónde termina este poema? ¿Qué le falta a este otro? Fue una cosa increíble tener el enorme privilegio de que un poeta de esa calidad y de esa altura tuviera conmigo esa deferencia de maestro, se tomara el tiempo para transmitirme su propia experiencia y para leer mi poesía con esa capacidad de criticar sin criticarme, porque realmente él dejó que yo fuera quien descubriera dentro de mi propia poesía dónde estaba lo que sobraba o lo que aún no estaba terminado.
Y me encontré el otro día una carta de Carlos Martínez, donde me dice “si te dejas llevar al azar por los aciertos de la inspiración, escribirás poesía, pero no escribirás un poema” Me pareció muy sabio eso, muy a propósito de lo que nos pasa a todos en la juventud: uno descubre el don poético y empieza a escribir, a armar frases bellas, metáforas, y a enamorarse de las partes sin preocuparse por el todo que debe ser el poema. Se queda uno en algo que suena a poesía pero que no tiene la integridad, la capacidad de transmitir el sentimiento puro del poema; no es ese nacatamalito del que hablaba Chichi.
Mi primera presentación oficial de ese libro premiado “Sobre la Grama” fue en la galería Tagüe, de Mercedes Gordillo, vinculada con el Grupo Praxis al que pertenecían Arostegui, Vanegas, los mejores pintores de la época y también Francisco de Asís y Michelle Najlis. Praxis tenía una posición política importante. “Sobre la grama” salió publicada gracias a INDESA que era la compañía financiera de la que era gerente Jaime Morales Carazo, Jaime Morales Carazo era un mecenas de las artes. Yo le llevaba la cuenta de publicidad. El me dijo que si quería publicar mi libro, él me lo patrocinaría y lo daría a sus clientes como regalo de navidad, además de darme ejemplares a mí, por supuesto. Entonces mi primer libro de poemas “Sobre la grama” salió patrocinado por INDESA. José Coronel Urtecho escribió el prólogo bellísimo de ese libro.
En ese tiempo descubrí a Julio Cortázar y su libro Rayuela, que fue uno de los libros que me impactó profundamente. Yo quería ser La Maga, tener los libros en el bidé porque allí los tenía la Maga quien siempre hablaba de que le faltaban libros que leer. Su amante Horacio Oliveira siempre que leía un libro, decía que era un libro más, mientras que cuando ella leía decía que era un libro menos de los muchos que aún le faltaba por leer. La Maga es un personaje extraordinario. Me leí ese libro de Cortázar de atrás para adelante, de adelante para atrás. Lo tenía como libro de cabecera. Fue una de las influencias más importantes en esa época de mi vida. Otros libros importantes para mí fueron la antología de poesía norteamericana que tradujeron Ernesto Cardenal y José Coronel Urtecho, los poemas de Ernesto Mejía Sánchez, de Carlos Martínez Rivas, de Joaquín Pasos.
Bueno después pasaron muchísimas cosas, yo seguí publicando, pero en el 75 ya involucrada con el Frente Sandinista me tuve que ir al exilio, y en el exilio tuve la gran suerte de conocer a Efraín Huerta, el gran poeta mexicano. Trabaje con él, pasándole a máquina los poemas de su libro “Circuito Interior”. Él me ayudó con ese trabajo porque creo que le di pesar pues fueron tiempos duros para mí. Vivía en un cuartito, no tenía dinero. Cuando llegaba a la casa de Efraín, él me tenía listos confites, un vasito de agua a la orilla de la máquina, cigarritos, y me llevaba a pasear en las tarde a tomar café en Polanco, y él era el esposo de Telma Nava también una gran poeta mexicana, que era el alma del Comité de Solidaridad con Nicaragua. En esa época, allí en México, nos juntamos un montón de gente que trabajamos en montar todas las estructuras de apoyo a la lucha Sandinista que se estaba empezando a mover dentro de Nicaragua.
Después el FSLN me mandó a Costa Rica. Allí yo trabajaba en una agencia de publicidad de día y de noche me la pasaba escribiendo comunicados y trabajando en propaganda y en las redes de solidaridad. Cuando nació mi hijo Camilo, Sergio de Castro, que era mi compañero y papá de Camilo, tomo mi lugar en la agencia de publicidad y yo me dediqué profesionalmente al trabajo con el Frente. En 1978 Claribel Alegría y yo nos ganamos el premio Casa de las Américas. Yo me lo gané con un poemario que se llama “Línea de Fuego”. Después que triunfó la Revolución, en el año 1980, me invitaron a Cuba como jurado del premio Casa de las Américas. Cuál no sería mi sorpresa cuando llego y allí está Julio Cortázar. De manera que ese mes como jurado en Cuba, durante los almuerzos y las cenas –porque pasábamos mucho tiempo a solas en los cuartos cada quien leyendo los libros del concurso- yo me juntaba con Julio. A mí me parecía mentira estarlo viendo. Julio Cortázar era tan especial, un ser bello, poesía pura, Era como un angelote. Sólo las alas le faltaban porque era altísimo con unos ojos azules llenos de dulzura, y tenía una enfermedad que lo hacía crecer, entonces siempre estaba creciendo, se iba poniendo más alto y más alto y más alto.
Seguí escribiendo y publicando poesía, pero más o menos en 1984, empecé a sentir que ya la poesía no lograba satisfacerme totalmente, que me estaba repitiendo, empecé a sentir la necesidad de escribir otra cosa, de poder darle voz a la experiencia mía y la de tanta gente que yo conocía. Ya en 1973, en una especie de duermevela yo había visto un árbol y una mujer dentro de un árbol y había tenido la idea de una novela donde una mujer entraba a vivir dentro de un árbol y se posesionaba del árbol y se convertía en el espíritu mítico que de alguna manera influenciaba a otra mujer. Inicialmente la mujer en el árbol era alguien que había muerto durante la revolución y la mujer a la que influenciaba y con la que desarrollaba una relación misteriosa, era una mujer que vivía después de la Revolución.
Intenté escribir esa idea a lo largo de los años, sin lograrlo. Fue alrededor de 1985, mientras escribía, como ejercicio, la descripción del camino que recorría a diario para ir de mi casa caminando al trabajo, cuando,de repente, empecé a escribir sobre una muchacha caminando. Tras cinco o seis páginas, me di cuenta que estaba escribiendo la novela. Entonces escribí y escribí intentando darle una historia a mi vieja idea. Llevaba escritas doscientos cincuenta páginas cuando me estanqué. La relación de las dos mujeres en la novela no funcionaba. Y me detuve. Por esos días me toco ir a México y me quede en la casa de Mundo Jarquín y Claudia Chamorro que eran embajadores, él de México y ella de Costa Rica, en esa época. Recuerdo que estaba durmiendo la siesta cuando me despertó la voz de la mujer en el árbol y era una voz indígena, era la voz de Itzá. Comprendí que la estructura de la novela no era la de dos personas cercanas en el tiempo, sino de dos personas muy lejanas en el tiempo. Fue mágico porque prácticamente en un instante vi la novela de principio a fin. Como estaba en México, me fui a buscar todos los libros que pude encontrar sobre la cultura Náhuatl, sobre la mitología de Mesoamérica y, al regresar a Nicaragua, empecé de nuevo a escribir la novela. Boté las 250 páginas que tenía y empecé otra vez y ese fue el nacimiento de “La mujer habitada”.
Yo había conocido en México al editor de editorial Diana, entonces cuando terminé “La mujer habitada” metí mi novela en una bolsa y se la mande. No sé cuánto tiempo después recibí una carta que decía que le interesaba publicar mi novela. También la leyó Herman Schultz, que era el editor alemán de Ernesto Cardenal. Ya Herman me había publicado unos libros de poesía en Alemania, entonces Herman me ofreció publicar también la novela. Así fue como salió “La Mujer Habitada” en 1988, en México y Alemania. Salió publicada primero en Alemania porque la editorial Diana tuvo unos problemas de producción y entonces los alemanes fueron mucho más eficientes y la publicaron para la feria de libro en Frankfurt y salió en español como dos meses después, Siempre hay quienes me critican porque dicen que la di a publicar antes en alemán que en español, pero no fue así. Se debió a esa situación particular con la que yo personalmente nada tuve que ver.
La novela tuvo un éxito totalmente inesperado. Y entonces entré en un mundo totalmente distinto, el mundo de los agentes, de los contratos, de toda esa difícil relación que se establece entre algo que vos has hecho en la soledad más absoluta y que de repente engendra una vida propia que se apodera de la tuya. Me invitaron a la feria del libro en Frankfurt. Yo había oído hablar de Carmen Balcells una agente muy famosa, la de García Márquez, Isabel Allende, Vargas Llosa. Yo pregunte cual era el stand de Carmen Balcells y simplemente me fui caminando donde ella y le dije “necesito una agente”, y de casualidad estaba ahí un editor al que Salman Rushdie le había hablado de mí y le dice a Carmen: “Esta mujer es maravillosa”. Tuve una suerte increíble. Carmen Balcells me citó a media noche en su hotel, porque así es en Frankfurt, se hacen tratos a media noche durante la Feria. Hablamos y ella aceptó ser mi agente. Y de ahí ya empezó esa otra parte de la vida del escritor que yo no tenía ni idea de que existía, que es la vida de los viajes, de las entrevistas, de la fase pública porque en estos tiempos el escritor no solo necesita escribir, sino también convertirse en una suerte de “performer”, tiene que saber explicar su proceso, hacer entrevistas, hablar en público. Esa es la parte que menos me gusta del oficio, porque como dice Ana Ilce “no soy mujer de multitudes”…
Entonces para mí ha sido todo un entrenamiento tener que aprender a contestar entrevistas donde todo el día te hacen las mismas preguntas. Llegás a la Argentina por ejemplo y te meten en un hotel en Buenos Aires y desde las 9 de la mañana hasta las 6 de la tarde es como un confesionario; entra un periodista y sale otro periodista y las preguntas son más o menos las mismas. A veces quisiera poder inventar otras cosas que no son las que escribí para no aburrirme, pero bueno es parte de lo que uno tiene que hacer.
Después de escribir “La mujer habitada”, decidí escribir una novela que no tuviera nada que ver conmigo, que no tuviera nada que ver con mi experiencia, hacer una novela que saliera totalmente de mi imaginación, y esa novela fue “Sofía de los Presagios” A mí siempre me encantaron los llamados Pueblos Blancos: Diriomo, Diriá, Catarina, de forma que allí situé la historia de esta niña que la dejan tirada los gitanos (Julio Valle me había contado que por aquí pasaban gitanos en un tiempo y que los llamaban “los húngaros”) Empecé a urdir esta trama que fue total y absolutamente ficción.
Después vino “Waslala”, una novela que me costó seis años de trabajo. Yo quería escribir sobre la utopía, la búsqueda de la utopía, pero no lograba resolver la trama. Recuerdo que en el primer Festival de Poesía de Granada, en un conversatorio sobre José Coronel Urtecho, Napoleón Chow dijo algo, no recuerdo qué, y de repente empecé a ver al poeta Coronel como un personaje de la novela y eso me dio la clave. Esa es una de las novelas que más he reescrito. Después de publicada, para la segunda edición, le quité incluso cien páginas. La segunda edición tiene cien páginas menos.
Después escribí “El pergamino de la seducción”. Inicialmente sólo pensé en escribir algo que se situara en el ambiente del colegio donde estuve en España, que tratara sobre lo que significaba para una jovencita un ambiente semejante. De repente se me cruzó la Reina Juana. Porque cuando yo estaba en el colegio mi mamá llegaba y me llevaba a conocer sitios históricos y fuimos al Escorial y allí un guía nos contó sobre la reina Juana, la reina que se volvió loca de amor, y toda esa historia me cautivó a mí, claro a los 14 años, y entonces cuando empecé a escribir “El pergamino”, recordé esa historia, y me puse a buscar información sobre la reina Juana y me fue fascinando todo lo que leí y fue así como empezó a juntarse la historia original que yo había concebido con la historia de Juana de Castilla.
Acabo de terminar “El país de las mujeres”, basado en una experiencia que tuvimos en Nicaragua, de un Partido de la Izquierda Erótica, que hicimos un grupo de mujeres como una suerte de conspiración con humor y amor para lograr que la voz de la mujer se escuchara dentro de la revolución.
No soy de los escritores o escritoras que cuando terminan una novela, ya tienen otra en mente, o que saben, como Isabel Allende dice que le pasa a ella, que el 8 de Enero de cada año, va a empezar una nueva obra, sea lo que sea que salga.
Después que termino una novela, quedo despojada, agotada mental y físicamente. Me siento feliz de haberla terminado, por supuesto, pero también triste, con la sensación de haberme quedado vacía, desempleada. Ese objeto que ocupaba mis días, que absorbía mis pensamientos mañana, tarde y noche, ya no me pertenece. Una vez que la mando al agente y que éste la manda a las editoriales, ya la novela dejó de ser mía y empieza su vida como una criatura autónoma. El gozo se convierte en discusiones que si este título o aquel, que si cual portada, que si hay que corregir esto o aquello, que si le gustó a este editor y a éste no. Mientras la novela no ha sido editada, todavía uno tiene un sentido de estarla pastoreando; pero en esa etapa uno entrega su criatura a otros.
En América Latina, en general, aunque eso ya está cambiando, los editores de libros no son realmente editores, son empresarios de libros. Uno entrega el manuscrito y el editor lo publica tal cual, si acaso con correcciones mínimas de estilo. En otros países en cambio, el editor EDITA, es decir que tu manuscrito después de que pasa por sus manos, te regresa lleno de anotaciones o llegan por email todas las notas: que si a este personaje le falta coherencia, que si este capítulo se cae porque se dispersa, que si no podrías apretar estas disquisiciones. El editor de Knopf, por ejemplo, que es un personaje en el mundo editorial de Estados Unidos, Sonny Mehta, leyó “El País bajo mi piel” y me pidió que, para la traducción en inglés, escribiera el libro cronológicamente, no como está en español que alterna entre el pasado y el presente. Yo le expliqué mi idea de ir relatando la construcción y deconstrucción de la revolución en paralelo, y él me dijo que entendía que eso funcionara en español, pero que para un público como el de EEUU que no conocía el proceso, eso no funcionaba. Y al final me convenció y tuve que reescribir varios capítulos, de manera que la versión en inglés no es igual a la de español. Recuerdo también uno de mis primeros libros publicados en España. La editora de estilo me devolvió el manuscrito tan tachado y señalado que mi primer impulso fue regresárselo sin leerlo siquiera y quejarme del atrevimiento. Antes de hacerlo, sin embargo, decidí mirar bien de qué se trataban sus correcciones. Fue una muy buena lección. Gramática en mano, comprobé que muchísimas de sus correcciones eran acertadas y que si uno quiere ser escritor profesional está en la obligación de ESTUDIAR el idioma, manejar el instrumento expresivo y todas sus reglas, no con la gramática de secundaria que aprendió, sino con todo el conocimiento necesario para usar las preposiciones, los adverbios, los gerundios exactamente como se debe. Me di cuenta que el español admite, en algunos casos, que se quebranten sus reglas, pero que, para hacerlo, uno debe saber que obra a propósito. Un buen trabajo editorial -y en los Estados Unidos son muy estrictos en esto- también incluye la participación de un lector que hace lo que llaman el “fact check” o sea que se asegura que cualquier referencia histórica, fecha, nombre de personajes reales, sea correcta. Esta minuciosa revisión se aplica a todos los autores, sean Toni Morrison o Salman Rushdie.
Esa capacidad de apertura ante la crítica creo que hace la diferencia entre el escritor profesional y el amateur, porque el escritor que quiere hacer de la escritura el centro de su vida tiene que manejar muy bien su ego, para que el ego no se interponga entre ella o él y su potencial de excelencia.

Cuando termina esa vida pública del libro recién escrito y publicado, uno regresa a ese desconcierto que se inició al terminar el libro, a esa pregunta de ahora qué?, ¿estoy segura que tengo algo más que decir que valga la pena?, ¿qué historia me salva y me da trabajo otra vez?.
Hoy en día, basta visitar cualquier librería para darse cuenta la cantidad de libros que se escriben. Es difícil no preguntarse si hace falta que uno escriba otro más. Ciertamente que cada experiencia humana es única y que uno se consuela pensando que siempre hay nuevas maneras de contar las historias y también que siempre hay nuevas historias.

Nunca como ahora, sin embargo, ha estado tan en cuestión el propósito y la vida de los libros, pues si partimos de que lo que buscamos en ellos es la multiplicidad de la experiencia, vivir vicariamente lo que no nos está dado vivir directamente, podemos decir que hoy en día, a través de los blogs, los tweets, y las redes sociales, estamos o podemos estar conectados con esas distintas experiencias de manera inmediata.

Es más, recientemente ha aparecido la tecnología de voz en un nivel de sofisticación y avance insólito hasta hace poco. Hoy podemos pedirle a las máquinas que transcriban lo que decimos, que nos busquen números, direcciones, que escriban un mensaje a quien querramos y que nos escriban un correo electrónico. SIRI, la nueva aplicación del IPhone 4S, que elimina en muchas funciones la necesidad del teclado, ha puesto a hablar a los comentaristas tecnológicos sobre la posible desaparición de los teclados. Y si el libro electrónico era sólo un formato diferente para leer, la tecnología de voz sí que amenaza la escritura como hasta ahora la hemos concebido.

Por lo pronto, por mucho que el mundo del libro esté atravesando una crisis de desconcierto, yo me atrevo a afirmar que lo que sucederá es lo de siempre: el mundo estará dividido entre quienes leen y quiénes no.

Y si algo tenemos que celebrarle al sub-desarrollo es que a nosotros nos falta buen rato para que esas preocupaciones nos afecten.
Pero no podemos permanecer ajenos a los grande cambios que se están produciendo, tenemos que luchar por nuestro espacio y eso significa trabajar más duro, eso significa exigirnos más, experimentar, hurgar en la experiencia común para encontrar la originalidad de nuestras voces. Se trata otra vez de vencer el miedo, siempre vencer los miedos, confiando en que mientras exista la palabra, habrá poesía, habrá novela.

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2 Responses to “¿Cómo empecé a escribir?”

  1. Pasionaria 1 says:

    Hello,
    Just obtained your memoir; definitely looking forward to reading it. My Spanish is somewhat iffy, but I am reading what I can of your blog. I visited Managua this past year (mission trip; hope that’s not offensive). Since then have been devouring the history ad sociology relating to Nicaragua, including the William Walker “presidency” (GAG). Your memoir is part of this exploration.

  2. Hi, I seriously doubt that you have any time to read comments left on your blog yourself, but hopefully you have someone who can deliver a simple message. First of all, let me tell you that I’ve read all your books and I am a huge fan, so do not take my words the wrong way…The reason why I am posting here is because I don’t think it’s a good idea for you to grab all these cute little towns and put them all in bag that reads “pueblos blancos”. Each one of them is very unique in its own way. And besides, the appellative is just a marketing strategy of Nicaragua’s Institute of Tourism and it was geared towards, you guessed it, tourists. It’s not even original, the name was stolen from La Ruta de Los Pueblos Blancos which begin in Ronda, Spain. When those words come from you, you add credibility to that nonsense, you help perpetuate a notion which is totally baseless.

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