
Conferencia dictada en la Cátedra Alfonso Reyes en
Monterrey, México
Noviembre, 2012
Los países duelen. Ustedes y yo lo sabemos. Los Latinoamericanos no sólo cargamos con el dolor de la memoria de haber sido colonizados, intervenidos, explotados, sino que cargamos con los dolores del presente. Ese dolor de ver a nuestros países sufrir, llorar, atravesar por días en que no sabemos si las correntadas que se llevan tantos sueños y posibilidades y vidas, se van a llevar también todas esas esperanzas que, explícitas o no, son las que nos llevan cada mañana a levantarnos de la cama, ir a trabajar, a enamorarnos, a tener hijos.
El amor que uno siente por su país es fuerte y misterioso. Uno no ama a su país porque sea rico, o poderoso o porque suba o no su producto interno bruto. El amor al país es el amor por ese lugar del mundo donde uno sabe quién es, donde todas las referencias son familiares: la calle, el olor, el sonido de la gente, el idioma que se habla. Nosotros, no tenemos como los árboles, raíces visibles, pero nuestras piernas reconocen la tierra donde estamos enraizados. Hay una intimidad que tiene que ver con la historia, con la memoria de quienes nos engendraron, con nuestras primeras memorias: el parque donde jugamos de niño, la luz del atardecer cuando éramos adolescentes.
Y hay un sentido de pertenencia, de saber instintivamente que compartimos con nuestros compatriotas un destino común, una manera de estar en el mundo. No importa lo que nos divida, el color de la piel que cada quien tenga, hay en cada uno de nosotros un sentido de que el país donde nacimos nos pertenece. Hay una identidad, un lenguaje, una manera de movernos y hasta de sufrir que nos es particular.
Además de esta noción de patria, los seres humanos nacemos con una misteriosa conciencia íntima de cuales son las cosas que necesitamos para ser felices. Jung lo llamaba el “inconsciente colectivo”. Es esa certeza de que hay valores intangibles sin los cuales nuestra humanidad no está completa. La libertad es uno de esos valores esenciales.
Es un valor intangible, pero desde la más tierna infancia resentimos que se nos quiera restingir. Por eso nos enfrentamos a nuestros padres, porque es a través de nuestros padres que tenemos la primera experiencia de los límites de nuestra libertad.
Realmente el proceso de crecer y de hacernos adultos es el proceso de aprender a manejar nuestra libertad y de aprender a conocer los límites que el hecho de existir en sociedad nos impone. Como bien decía Benito Juarez, “el respeto al derecho ajeno, es la paz”
Los sistemas sociales, la justicia, los gobiernos son inventos humanos para delimitar esos márgenes y esos límites. (more…)
Acaba de morir Tomás Borge. Recién sale en los cables la noticia. El silencio después de que se anunció que estaba muy mal en el Hospital Militar, lo presagiaba. La última vez que vi a Tomás fue en el Festival de Poesía de Granada en 2010. Caminaba en la calle y nos saludamos. Nunca me salió hacerle desaires, a pesar de que políticamente la división entre “Danielistas o no”, nos situaba en aceras separadas. Pero quizás nunca creí que, honestamente, hubiese cambiado mucho. Era el mismo de siempre; el mismo Tomás, sobreviviendo; el mismo Tomás pero otro, como todos los que pasamos por los mismos entuertos. A unos nos cambió de una manera, a otros de otra. Cada uno de nosotros aferrado a la verdad o justeza de “su” manera. A quienes absolverá la historia o no, está por verse. El ya no vivió para verlo. Posiblemente yo tampoco lo vea. Lo que me queda de Tomás es un recuerdo de cariño. Nunca pude sentir por él desprecio u odio, ni la autoridad para recriminarlo porque, en el fondo de mi alma, entendía su necesidad de no quedarse solo, de seguir siendo quien era en el FSLN, aún si eso representaba convertirse en una figura para quien la Historia debía suplir un presente insuficiente con los méritos del pasado. Estoy segura que Tomás amó la idea de la Revolución tanto como cualquiera de los que vivimos para hacerla y verla triunfar. ¿Quién puede, de quienes vivimos esa época, decir que llegó a vivir y ser el ideal de persona que soñó?
Por ser un líder y estar en la mira, las debilidades de Tomás fueron quizás más evidentes; pero también lo fueron sus gestos magníficos. El quiso rodearse de arte, de poesía; quiso a los poetas, a los escritores. Cortázar, Galeano, Gelman, fueron héroes suyos. Y en su casa atendió a Benedetti, y hasta a Vargas Llosa, a Graham Greene, a Nélida Piñón. Tomás Borge quiso ser poeta, quiso ser escritor. No importa si al reeditar La Paciente Impaciencia, cambió las historias de sus amigos para negarles lo que en su época heroica les reconoció. Así era él: contradictorio. Ni buen, ni mal ejemplo; era un hombre con sus pasiones y sus maldiciones. Y así vivió. Como habría dicho mi amigo Róger Pérez de la Rocha, inútil querer “pasarlo en limpio”. Tomás era un micro-cosmos del ser nicaragüense, del pasado y el presente y del poco futuro que hemos alcanzado. Nacido un 13 de Agosto, como Fidel Castro, Tomás era del signo Leo del horóscopo. “El Leo no camina, desfila” decía un perfil que alguna vez le leí, riendo por lo bien que lo describía porque él jamás pudo ser incospicuo; él se hacía notar fuera como fuera, y le gustaba que lo vieran y que lo reconocieran y le gustaba mostrar y demostrar que él era un hombre especial, diferente. Seguramente habrá soñado alguna vez con ser una suerte de versión del Che. Su frase aquella “implacables en el combate y generosos en la victoria”, una frase que dijo en una de las primeras comparecencias como Dirección Nacional a pocos días del triunfo, quedó resonando en la memoria colectiva como una frase de alguien de la estatura del Che. Muchas de sus frases felices nos acompañan y nos seguirán acompañando porque él tenía inspiración y tenía pasión. Cuando él hablaba en la Plaza de la Revolución, la gente se emocionaba. Tomás fue el gran orador silenciado de la Revolución y se le negó la tribuna porque desde ella él podía hacerse amar y eso era peligroso para quienes querían autoridad, pero no poseían el encanto para forjársela. Y así fue que, con el tiempo y el ministerio complejo que se le asignó, Tomás fue pereciendo como figura. La crueldad de la historia y de sus compañeros fue asignarle el papel de represor a quién hubiese brillado como benefactor, como líder apasionado de ideas hermosas. Pero él nunca dejó de insistir en ser quién habría querido ser. Se escabulló como pudo por entre el tejido cerrado que le pusieron como freno y con sus amigos fue dulce y generoso y loco también porque él tenía su lado de duende, su lado cómico, su lado de muchacho bandido, de barrio; su lado enamorado.
Hoy día en que se anuncia su muerte, quiero decir cuánto lo quise, a pesar de cuánto también lamenté lo que en su momento me pareció una claudicación de su espíritu caballeresco, de su rebeldía natural. Pero no soy quién, ni me interesa juzgarlo. Fui su amiga y hoy lloro su muerte como cualquiera de los tantos que lo quisieron.
Abril 30, 2012
Publicado en www.confidencial.com.ni y en www,elnuevodiario.com.ni
Leí en El País que una novelista llamada Mónica Alí originaria de Bangladesh y tan prestigiosa y respetable que quedó finalista del Premio Booker, uno de los más reconocidos de la literatura inglesa, acaba de publicar una novela cuya trama se basa en la idea de que la Princesa Diana no murió. Tras el accidente, esta Diana ficticia, reconstruye su vida lejos de la mirada del público en un pequeño pueblo de Estados Unidos, llamado casualmente Kengsinton.
Es curioso, pensé, y un riesgo nada menospreciable, que una novelista contemporánea seria aborde este tema. Me trajo a la memoria el desborde del público cuando murió Diana, la fascinación que ella llegó a ejercer sobre tanta gente. Viendo su funeral, me sorprendí a mí misma, llorándola como si la hubiese conocido. ¿Por qué? ¿Por qué existen personas que encarnan intangibles y poderosos mitos? ¿Al llorar a Diana, llorábamos tantos la muerte de los cuentos de hadas de la infancia, el mito de la princesa hecho trizas? ¿O llorábamos acaso por la mujer bella, rebelde, pero triste, que puso a la Corona inglesa en jaque?
En Junio del año pasado, por una de esas confluencias mágicas de la vida, fui invitada al matrimonio del hermano de la princesa Diana, el Conde Charles Spencer, con Karen Gordon. Conocí a Karen en Nicaragua pues su ONG, Wholechild, trabaja con los orfelinatos aquí en el país. De toparnos entre los pasillos del Rolando Carazo, nació una amistad que me llevó a Londres y luego por tres días a Althorp, la residencia de campo de la familia de Diana, el sitio donde ella está enterrada. El hermano de Diana, Charles, fue quien pronunció el discurso fúnebre en la Abadía de Westminster, un discurso memorable por su sutil, pero a la vez clara censura a la actitud de la corona inglesa con respecto a Diana. Charles tiene los mismos ojos azules de su hermana. Es un dedicado historiador y fue fascinante pasar tres días en aquella residencia, una suerte de castillo, (tipo Downton Abbey de la famosa serie) en medio de prados y bosques, escuchando la historia de la familia y de esa casa cuya construcción original data de 1508. La presencia de Diana es palpable en el lugar. La primera tarde que estuve allí, después de cena, salí a caminar sola por los jardines. Siguiendo un sendero asfaltado, desemboqué en el lago oval en medio del cual hay una isla. En el centro de la isla un sencillo monumento con un ánfora, indica el lugar donde la princesa está enterrada. En un extremo, en el mausoleo que otro ancestro de los Spencer hizo poner allí, hay una placa con la silueta de Diana, y una banca de madera que fue regalo del personal de la casa. Cada verano, por sesenta días, estas históricas y señoriales residencias inglesas están obligadas a abrir sus puertas al público. En Althorp, hay un pabellón dedicado a la Princesa Diana, que contiene sus cosas. No lo vi, ni falta que me hizo. Caminando por ese parque, vi un árbol que Nelson Mandela plantó allí en memoria de Diana, y la avenida de 36 robles que su hermano hizo en su honor, uno por cada cumpleaños de ella. Imaginé a Diana paseándose por allí. Me seguí preguntando por qué esas vidas encantadas –a pesar de lo triste que acaban tan a menudo- ejercen esa fascinación irreal sobre nosotros. No se trata, me parece, del boato únicamente -aunque claro que eso da color a la película- porque hay otros íconos modernos, el Ché Guevara, por ejemplo, que igual trasciende clases y generaciones, como otra de esas imágenes que contienen por un extraño designio, la esencia de algo que nos conmueve profundamente. ¿Sería que cada uno de ellos, en mundos distintos, fue rebelde? ¿O será que, a pesar de su alcurnia en un caso, o de su heroísmo en el otro, ambos fueron también profundamente falibles y humanos? ¿O tal vez fue la muerte la que los salvó del destino común del deterioro y la vejez y los dejó jóvenes y bellos en la memoria colectiva?
En cualquier caso, hay sin duda una proyección de nosotros mismos en esas figuras que de tanto en tanto capturan nuestra fantasía, como luces que atrapan las mariposas nocturnas. Lógicamente, mientras más nos las demos de intelectuales racionales y fríos, más negaremos sentir estos sentimientos propios del “vulgo”, pero como dijo Carlos Martínez Rivas, hay figuras (en su caso fue la mujer de Lot) cuya huella en los tiempos bien vale una disquisición, una reflexión introspectiva o, como mencioné al principio, una novela.
Marzo 21, 2012
Publicado en la BITÁCORA DE GIOCONDA BELLI | El NueBlog Diario, Nicaragua
En nuestro país de “hombres muy hombres”, donde destacan las estadísticas de violencia contra las mujeres, y los políticos, en su mayoría machos, gustan de usar a menudo un lenguaje desafiante como de “aquí mando yo y por eso hago lo que me da la gana”, nos vendría bien, pensé yo, leer la noticia que apareció la semana pasada en casi todos los diarios del mundo. Así que decidí reproducir en este blog un extracto del despacho noticioso de la BBC y comentarlo con ustedes. Esta es la noticia:
“No sólo las mujeres están biológicamente preparadas para cuidar a sus bebés cuando son madres. Un nuevo estudio revela que la paternidad produce cambios hormonales en los hombres, como la reducción de testosterona, para hacerlos mejores padres.
Según los científicos de la Universidad de Northwestern, en Estados Unidos, esta “reducción abrupta” en la hormona masculina hace a los hombres más leales y más propensos a quedarse en casa cerca de la familia.
La testosterona es la hormona encargada de los impulsos sexuales del hombre y ayuda a los mamíferos machos a “competir” para encontrar pareja y aparearse.
El estudio, publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), siguió a 624 hombres de entre 21,5 y 26 años durante 4,5 años, antes y después de que se convirtieran en padres.
Preparación biológica
Los científicos encontraron que en cuanto un hombre tenía un bebé sus niveles de testosterona bajaban sustancialmente.
Los participantes con bebés de menos de un mes de nacidos tenían niveles particularmente reducidos de la hormona.
También se notaron disminuciones importantes en los hombres que estaban más involucrados en el cuidado del bebé.
“Los humanos son inusuales entre los mamíferos porque sus descendientes dependen de otros individuos mayores para alimentarlos y protegerlos durante más de una década” explica el profesor Christopher Kuzawa, quien dirigió el estudio.
“Criar a un bebé humano es un esfuerzo muy grande y por necesidad es una tarea conjunta. Y nuestro estudio demuestra que los padres humanos están biológicamente preparados para ayudar con la tarea”, agrega.
Según los investigadores, lo más interesante es que los hombres con los niveles más altos de testosterona son los que tienen más probabilidades de convertirse en padres.
Sin embargo, una vez que nace el bebé el nivel de la hormona se reduce sustancialmente.
Ajuste emocional
“La paternidad y las exigencias de cuidar a un recién nacido requieren muchos ajustes emocionales, psicológicos y físicos” explica el doctor Lee Getller, coautor del estudio.
La reducción de testosterona los prepara para cuidar a su bebé.
“Nuestro estudio indica que la biología de un hombre puede cambiar sustancialmente para ayudarlo a satisfacer esas exigencias”, agrega.
Los investigadores también creen que los niveles menores de testosterona podrían proteger contra ciertas enfermedades crónicas, y esto podría explicar, al menos parcialmente, porqué los hombres casados y los padres a menudo tienen mejor salud que los hombres solteros de la misma edad.
Tal como expresa el profesor Ashley Grossman, portavoz de la Sociedad para Endocrinología del Reino Unido, el estudio revela que la vida y la biología “parecen ser mucho más sutiles y adaptables de lo que habíamos imaginado”.
“Esto muestra que hay un intercambio hormonal y conductual entre el apareamiento y la paternidad, uno que requiere un alto nivel de testosterona y el otro un bajo nivel”.
El doctor Allan Pacey, profesor de andrología de la Universidad de Sheffield, Inglaterra, afirma que el hallazgo es “fascinante”.
“Los niveles de testosterona en hombres por lo general no cambian mucho. Pueden disminuir lentamente cuando el hombre envejece y cambiar en respuesta a algunas enfermedades o tratamientos”, dice el experto.
“Pero ver estos cambios dramáticos en respuesta a la vida familiar es fascinante”, agrega.”
Este estudio, como vemos, demuestra que la sabia naturaleza dota a los hombres de mecanismos que disminuyen la agresividad, y promueven una actitud más positiva hacia la familia. Menos testosterona los hace más proclives a ser fieles y a no dejar a la mujer tirada cuando recién acaba de parir, les ayuda a encariñarse con sus hijos y los prepara mejor para las obligaciones que la llegada de un nuevo miembro de la familia implica. Obviamente que esto está ligado a que el hombre asuma la paternidad con responsabilidad y se involucre de lleno en la importantísima labor de criar un hijo y ayudar a la madre.
Me imagino que la mentalidad machista verá este estudio con alarma y que abundarán los hombres que saquen del mismo la conclusión equivocada de que para conservar su testosterona mejor ni tocan a sus bebés. A ésos debo decirles que hay ventajas nada despreciables en que tengan esta “bajadita” de la testosterona: en primer lugar, se quedarán calvos más tarde; en segundo lugar, menos testosterona reduce el peligro de cáncer de próstata. Por otro lado, la reducción de los niveles de la hormona es temporal y no afecta en nada la sexualidad matrimonial. Así que hombres del mundo: pongan su parte en la crianza de sus bebés. ¡Así vivirán más tiempo y se conservarán más guapos!
18 Septiembre, 2011
El 7 de Septiembre, 2011, fui invitada por la IPS y la Agencia de Cooperación Española a dar una charla en el contexto de la Semana de la Cooperación Española en Madrid. Aquí les dejo el texto de la charla.
En la larga historia de las palabras que empieza con Homero, hay una figura femenina que brilla con luz propia: Sherezada, la narradora de Las Mil y Una Noches. El origen de este libro no ha podido ser dilucidado totalmente. Las primeras traducciones se hicieron en Francia en el siglo XVII, de un manuscrito sirio del siglo XIV, pero los estudiosos han encontrado en la Sinagoga del Cairo, referencias a los cuentos que datan del siglo X y se ha especulado si la versión árabe puede haber sido una traducción del persa o incluso del Sánscrito.
Según la descripción que se hace de Sherezada en el libro: “Ella conocía los libros, anales y leyendas de los Reyes anteriores y las historias, ejemplos y casos de personas y eventos del pasado; de hecho se decía que ella había coleccionado mil libros llenos de historias relativas a las razas antiguas y a los gobernantes desaparecidos. Ella conocía las obras de los poetas de memoria, había estudiado filosofía, artes y los logros científicos y era agradable, cortés, sabia y ocurrente, bien leída y bien criada”
Lo curioso e irónico y por desgracia bastante común, es que aunque dentro del libro, los cuentos se atribuyen a Sherezada, esa mujer que suena tan fascinante e ilustrada, ella no ha pasado a los anales de la literatura universal como la autora oficial del libro. El crédito de las portadas lo atribuye a un autor anónimo. Sherezada ha pasado a ser parte de los cuentos que recopiló; ella misma convertida en un personaje de ficción.
(En la antigüedad parece ser que tampoco valía aquello de que hay que darle al César lo que es del César, si el César resultaba ser mujer.)
En las Mil y Una Noches, Sherezada es la hija del visir del Rey Shariyar, quién después de matar a su esposa por infiel, decide que sus matrimonios durarán una sola noche. Su visir, el padre de Sherezada, debe escoger todos los días una hermosa joven para que se despose con el Rey, sólo para que éste pase la noche con ella y al amanecer la envíe al verdugo para que le corte la cabeza. Angustiada por la muerte de tanta mujer inocente, Sherezada urde una estratagema para salvar a las mujeres de su tierra y le pide a su padre, el visir, que le permita a ella casarse con el Rey. El padre trata de disuadirla, pero ella persiste en su empeño hasta que logra ser elegida para desposarse con el rey Shahriyar. Sherezada le pide al Rey que permita que su hermana Dinarzad se quede con ellos esa noche, no para un “menage a trois”, sino para despedirse de ella. Siguiendo las instrucciones de Sherezada, después de que los esposos hacen el amor, Dinarzad, que está debajo de la cama, le pide a la hermana que, para ayudarle a pasar la noche, le cuente uno de sus cuentos. Sherezada le pide permiso al Rey, él asiente. Sherezada se lanza a narrar, pero llega la mañana y el cuento no ha concluido. Si el Rey quiere saber el final del cuento tiene que perdonarle la vida para que ella le cuente el final a la noche siguiente. Creo que sabemos el resto: los maravillosos cuentos de Sherezada, su arte de narrar, la palabra, en fin, no sólo le salva la vida, sino que, tras mil y una noches, hace que el Rey se enamore de ella y la conserve como su amada esposa.
Es admirable y femenina la intuición de Sherezada y su convicción de que la belleza de sus palabras seduciría al Rey. Otra en su lugar, en una versión moderna o Hollywoodiana del asunto, habría escondido una daga entre sus ropas y lo habría matado aludiendo defensa propia, pero ella no. Ella no confía su suerte, ni a las armas, ni a sus poderes de seducción; ella usa el recurso más antiguo de nuestra especie: los cuentos; la palabra en su más gozosa expresión de portadora de fantasías, paisajes y personajes imaginarios.
Imaginemos nosotros por un momento a esa mujer hermosa y valiente, sentada en el diván frente al cruel Califa, mientras afuera empieza el cielo a clarear. Imaginemos su voz cantarina narrando sin prisa pero con pasión las historias que espera la salvarán la vida.
¿Qué haríamos? ¿Qué le diríamos?
-Corre Sherezada, ¿cómo se te ocurre que contándole cuentos te vas a salvar del cadalso? ¿Es que te volviste loca?
No creeríamos que pudiese lograrlo sólo con palabras. Somos hijos de una era diferente; una era donde las palabras han dejado de concentrar en sí mismas todo el poder de la imaginación. Antes, no importaba quién hubiese creado tal o cual personaje: mi Sherezada, mi Remedios La Bella, mi Doña Ximena del Cid Campeador, no se parecería a la de ustedes. Cada uno de nosotros construía las imágenes según su repertorio interior. Hasta las noticias, apenas ilustradas por una fotografía o escuchadas por radio requerían de nuestra complicidad para completar la imagen mental del suceso que anunciaban. Confiábamos en el acto de presdigitación y magia imaginativa que nos suscitaban las palabras. Ellas nos obligaban a comprometernos con el limitado conocimiento del mundo que nos brindaban.
Ahora en cambio tenemos tantas fuentes de información al alcance de una tecla, tantas diferentes interpretaciones del mismo suceso presentadas de manera simultánea y con imágenes inmediatas que la energía que dedicábamos a la imaginación la debemos dedicar a la selección de lo que queremos leer y a evaluar la credibilidad o no de lo que nos suplen esa miríada de fuentes y opiniones. Estamos saturados de información, Vivimos en un interregno entre la realidad cotidiana y esas otras realidades que todo el día se filtran por los Ipad, Iphones, los ordenadores, la televisión. Somos la generación del deslumbre: de la pantalla de plasma con su luz brillante y fantasmal. Nuestra fascinación es comprensible. ¿Cómo no encontrar fascinante el rostro del amigo en Skype? ¿Las conferencias TED en You Tube? ¿Google? ¿Facebook? ¿Twitter? Los pod-casts, los libros electrónicos? Estamos seducidos por las posibilidades de la interconexión y nos dejamos llevar por esa marea de bytes hacia una modernidad que muchos de nosotros pensó que jamás vería en otra cosa que no fueran las películas de ciencia ficción.
Como poeta, no me he resistido a ese embrujo. Permítanme que use la poesía para decírselos:
¿Cómo evitar la seducción de la electricidad, la superconductividad,
las infinitas circunvalaciones de un microprocesador?
Me tienta el zumbido erótico del espacio cibernético.
La promesa de expansión, el plausible don de la ubicuidad, la naciente orgía del conocimiento, el laberinto de infinitas ramificaciones donde otras mentes se interconecten con la mía.
Combinarme, compartirme, ser pura energía, calentar con mi pasión de animal de pelos largos el frío metal de circuitos intrincados. Ponerle música de cumbia o merengue, movimientos de caderas a los bytes -mordiscos minúsculos en los que viaja la palabra. Abrir dentro del espacio virtual puertas insospechadas por donde se cuele la esperanza. Por donde penetren los ruidos del hombre y la mujer martillando el yunque del mundo. Impulsos eléctricos por donde viaje la alegre promesa de un cielo en la tierra.
¿Cambiará mi oficio ese cuadrilátero celeste que brilla sobre mi mesa de trabajo?
¿O será a mí a quien corresponda inspirar rebeliones
cuando mis palabras agiten alas en habitaciones distantes
y el ordenador huela a canela y transmita lirios,
mientras baten a rebato los cursores como pequeños ecos del corazón?
¿Seré cibernauta en una era de exploraciones
donde se develen los territorios amplios de la conciencia,
las infinitas combinaciones de lóbulos y parietales interactuando?
¿Asistiré a la danza impredecible de millones de mentes reflejándose entre sí, expandiéndose y volviéndose a reflejar;
Una infinita cantidad de neuronas estimulando, acariciándose, haciéndose el amor?
Comunidades convocadas con el leve pulsar de una tecla
cohabitando en el espacio común de una misma inteligencia.
Los barcos en la niebla del ciberespacio sonando sirenas de navegantes.
La sigilosa desaparición de cercos y alambradas.
La palabra como principio vital. ¿Los números su alimento primigenio?
¿No será acaso nuestro sino el de implantar la armonía
en esas regiones trasparentes abandonadas a la casualidad
o a la sagacidad de adelantados mercaderes?
¿Ganarle terreno al cinismo y la ironía que niega al Verbo su carnalidad,
su olor a magnolias. Que intenta separar el heliotropo
de su sobrecogedora fragancia nocturna?
¿No estaremos llamados a afirmar la redondez del cuerpo o la manzana
en un mundo de fisonomías esquivas, de rostros intercambiables
de culturas que amenazan con perder sus bordes, derretirse, terminar al fondo del perol oxidadas o convertidas en hollín?
La curva de mi imaginación vislumbra prados
donde corrientes eléctricas evoquen en mi piel
el placer de una inteligencia multitudinaria
acoplada a las terminales y puertos de mi cuerpo.
Eva irredenta no vacilo en arrancarle al oscuro árbol del conocimiento
esta nueva manzana lustrosa e impredecible.
Para morderla. Para dejar que me corra su jugo entre los dientes.
Y entregarme a la “kibernitis”
ese suave bamboleo del remero corrigiendo el rumbo,
de donde nos viene “cibernética”
la máquina moviéndose entre el uno o el cero.
Aspiro el zumo híbrido de la fruta prohibida
que se ofrece a la ávida ciudad de mi intelecto.
Me deleito en el placer digital,
en el tacto que palpa y descifra
el ritmo de un orgasmo matemático.
Navegando por los vastos espacios interconectados
Afirmaré sobre el teclado la nostalgia por las quimeras
y la irrenunciable permanencia de los gozos esenciales:
El rosa oscuro de los cuerpos. Su fusión nuclear gestando el Universo.
La eternidad de los columpios en los parques.
La urgencia de llorar ante el dolor ajeno.
Así daré testimonio de la raíz.
Me alzaré hacia nuevos Universos
llevando en los labios el sabor áspero de la Tierra
madre nuestra en medio de los electrones,
única placenta insustituible.
Lo que leí es un fragmento de un poema que escribí en 1999, al borde del año 2000. Se llama “La Escritora de cara al Milenio”. Recuerdo que, entonces, hubo quienes en la audiencia no entendían aún ciertos términos: cursor, bytes, terminales… Hoy día nadie ignora qué significan esas palabras. Yo, como muchos, intuía ya entonces las enormes posibilidades comunicativas que nos traía el siglo XXI. Como digo premonitoriamente en el poema -pues fue antes de que se lanzara Facebook en 2004 y de que existieran las redes sociales- habría “Comunidades convocadas con el leve pulsar de una tecla/cohabitando en el espacio común de una misma inteligencia.” Y existiría la posibilidad de convocar multitudes, de. “abrir dentro del espacio virtual puertas insospechadas por donde se cuele la esperanza. Por donde penetren los ruidos del hombre y la mujer martillando el yunque del mundo. Impulsos eléctricos por donde viaje la alegre promesa de un cielo en la tierra.”
Ciertamente que hemos visto colarse la esperanza por el ciberespacio. Millones de personas en todo el mundo se manifestaron el 15 de Febrero de 2003 contra la guerra de Irak, convocadas por correos electrónicos; el derrocamiento de Ben-Ali en Túnez, de Mubarak en Egipto, de Quaddafi en Libia, la revuelta que ha puesto en jaque al Partido Baath y a su Presidente Bashar Assad, y otras que han sacudido Yemen y Bahréin, han aprovechado las posibilidades organizativas que brinda la Internet. Lo mismo ha sucedido en Italia con el movimiento de mujeres “Si no ahora, cuando”, en Chile con los estudiantes e incluso aquí en España con el movimiento de los indignados.
Las comunidades y posibilidades cibernéticas aumentan exponencialmente la posibilidad de conocer y cambiar nuestro mundo. El asunto es si tendremos la imaginación para hacerlo.
Mi percepción es que estas grandes fuerzas desatadas por las posibilidades comunicativas se han topado con estructuras que no han logrado adaptarse al ritmo vertiginoso de los avances tecnológicos. El modelo democrático y el régimen de partidos políticos que, hasta ahora, ha sido el cauce para las demandas ciudadanas y para efectuar los cambios que demanda la sociedad no logra satisfacer el ímpetu del espíritu innovador que es el “zeitgeist” moderno. Es palpable que hay un vacío que media entre el poder ciudadano que se está expresando en las calles y plazas del mundo y las posibilidades reales de que ese empuje pueda engendrar una institucionalidad renovada que dé paso y organice ese nuevo modelo político, económico y social que pugna por surgir. Hace falta la imaginación para encauzar las nuevas y viejas aspiraciones y trazar la línea luminosa del horizonte compartido. Falta la imaginación para poner juntos los mil pedazos dispersos de la realidad que nos inunda a través de la televisión y las pantallas de todo tipo de aparatos. Hace falta la imaginación para evitar que la falta de claros derroteros nos conduzca, por defecto, a caer en los brazos de quienes amparados en tradiciones fundamentalistas o valores ultra-conservadores propondrán sus viejas fórmulas como las únicas capaces de restaurar la comodidad predecible.
La imaginación requiere de la palabra; no de la palabra utilitaria, esa que usamos para los mensajes de texto o la que llenamos de símbolos para que quepa en los 140 caracteres de un Tweet.
“Venerad el libro, santuario de la palabra, la palabra que es la excelsitud del homo sapiens” escribió mi abuelo Pancho, un viejo inefable que congregó a sus hijos y nietos cuando cumplió 80 años, entregó a cada uno una esquela con esas palabras y nos anunció que ésta era su herencia. Desde la Ilíada y la Odisea de Homero, la Biblia, el Corán, la Tora, la Enciclopedia de la Ilustración, el Capital de Marx, The Wealth of Nations. de Adam Smith, los seres humanos hemos buscado las palabras sagradas o profanas que iluminen nuestro paso por la Tierra y le den sentido a nuestras vidas. Pero cada vez leemos menos. Es cada vez menor el tiempo que le dedicamos a la reflexión. No quiero sonar como una Casandra augurando mala fortuna, ni como la abogada de los libros que, obviamente, soy por desviación profesional, pero así como admiro la navegación internautita también creo que no podemos perder de vista el efecto adormecedor y hasta el aislamiento que, paradójicamente, acompaña el vivir en la realidad virtual.
Porque la dura realidad es que habitamos un mundo que es a la vez globalizado y tribal. Y mientras celebramos ese extenso cordón umbilical que nos mantiene conectados, no podemos si no lamentarnos de la indiferencia de tantos que viven de espaldas, en este siglo, al sufrimiento de los condenados de la tierra, esos cuyas tragedias irrumpen en sus casas a través de todas esas encendidas ventanitas al mundo que han hecho nido en nuestros hogares. ¿Sera que no tenemos más alternativa que la de ser testigos, minuto a minuto, de los atropellos, las masacres, las injusticias y catástrofes que sufren nuestros semejantes?
Permítanme que recurra de nuevo a la poesía:
Iraq. La bomba estalla en el camino.
Los cuerpos vuelan.
El muchacho suicida
Grita en el momento de la explosión: Alá es grande.
El soldado norteamericano. El muchacho rubio y rosado, cambia el juego
Electrónico por la metralla en el barrio en Falúa. Entra al combate oyendo
Heavy metal. Robot, vestido de camuflaje. Torso protegido y miembros
Yaciendo destrozados en las carreteras de Bagdad.
¿Cuántos muertos van ya?
¿Cuánto hambre hay en Nigeria o Tanzania?
¿Cuántos niños murieron de SIDA hoy?
En Nueva York, las pasarelas muestran las modas de otoño.
Mujeres ordenan por computadora abrigos y jeans
Que cuestan el presupuesto de cinco escuelas
En cualquier país del Tercer Mundo
La opulencia de las metrópolis
Persiste. Las enormes tiendas abren sus puertas
A la ancha marea de consumidores
No hay parqueo en los centros comerciales.
Sesenta años después de Hiroshima
las bombas hoy se esconden en las mochilas de los estudiantes
Que no tienen mejor razón para vivir
Que morir públicamente
Sus identidades develadas en las noticias de la tarde.
Rostros morenos y rubicundos sin ninguna atadura
Que los detenga.
El cielo es mucho más prometedor.
En la tierra, en cambio, el bochorno de ser arrimado
de emigrar y confiarle la lengua materna al recuerdo.
Las madres negras lloran en la portada de voluminosos diarios
con sus anuncios a todo color
La globalización entra por las fronteras
como un ejército invasor conquistando sin balas
a punta de avaricia y de ofertar el look de los bien comidos.
Tiembla el pulso del escritor cuando quiere denunciar
¿quién oirá sus palabras? ¿quién ignora lo que tiene que decir?
Estamos todos en el secreto. Todo se sabe hoy en día
Con los blogs y los despachos y el diario pregonar
De los asqueados.
Pero ya nada da asco. El asco es un valor obsoleto.
En cualquier farmacia, en cualquier lugar de alquiler de videos
Se venden las medicinas para olvidar las muertes violentas
de otros semejantes menos vistosos. Los anónimos entregan sus vidas
sin marchas fúnebres, ni elegías de nadie, o himnos
Se prohíben las fotos de los ataúdes, de los cuerpos mutilados.
Las guerras de hoy son asépticas en su horror
Sus señales tenues como humo que se lleva el viento
Los cadáveres han perdido su olor a carroña
Ahogados por el perfume de lociones escandalosamente caras
Que prometen la belleza eterna, el fin de la vejez
Los pomos de cosméticos. La industria que no cesa de ofrecer
La juventud.
Pero sólo los viejos quieren ser jóvenes ya.
Los jóvenes no saben qué querer.
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¿Qué mundo es éste que hemos creado
Descalabrado y despalabrado
Un mundo lleno de boquetes
Por donde caen los indefensos?
¿Cómo podrá una sucesión de palabras
De meditaciones
De versos enhebrados con fina aguja
Crear la red para salvar a los incautos?
¿Qué tiempo es éste donde todos oyen
Mientras nadie escucha?
Tiempo de correos electrónicos de celulares de computadores
De voces que van y vienen sin respeto a la geografía
El mundo como un pañuelo
-sólo que un pañuelo ensangrentado?
Desde que cayera la Cortina de Hierro y terminara la Guerra Fría, muchos como yo albergábamos la ilusión de que el mundo se volcaría hacia las zonas olvidadas del planeta. Pensábamos que la galopante globalización marcaría también el fin de la idea de que era posible que coexistiera el hambre a la par de la abundancia. Nada en el mundo estaría ya lejos ya o aislado. La teoría del caos, eso de que el batir de las alas de una mariposa en China puede desatar tormentas en el Caribe, demostraría su irrebatible acierto. El futuro de todos dependería ahora de la salvación de todos.
Bastó sin embargo una fecha: el 11 de Septiembre de 2001, para que aquellas esperanzas se hicieran trizas y el mundo iniciara un período oscuro de sospechas, persecución e intervenciones. Hoy por hoy, todos somos ciudadanos vigilados, más temidos mientras más exótica sea nuestra procedencia. No importa que hayamos conducido bien y honestamente nuestras vidas, la geografía nos marca e intenta apartarnos de lo que se considera el mundo civilizado. Como nicaragüense, he estado muchas veces en consulados y embajadas solicitando visas para entrar a países ricos. El escrutinio es feroz y la indignidad que uno debe soportar, abundante. En las filas que se arman en esos recintos, uno sólo se encuentra a los pobres del mundo, los mal vistos, los segregados por su atraso, su pobreza, cuando no por el color de su piel o el corte de sus vestiduras. Lo que George Bush llamara “la guerra contra el terror”, al igual que la Yihad, ciertamente que han causado incontables muertes y daños, pero hay también otra guerra, una guerra silenciosa y vieja infiltrada dentro de la otra. Sus armas son la incomprensión, la discriminación, el mal trato, las creencias que asignan a unos seres humanos más valor que otros, la arrogancia y el desconocimiento. Es la que ha llevado a los poderosos a imponer su cultura y su manera de actuar a otros en nombre de su propia definición de lo que está bien o mal. Como ciudadana del Tercer Mundo, yo he sabido en carne propia, igual que Sherezada, lo que es sentir en el aire la vibración de la espada que viene a cortarnos la cabeza. Tras las elecciones de 1984 en Nicaragua, con el pretexto de que la Revolución Sandinista estaba recibiendo MIGS soviéticos, la Administración de Ronald Reagan nos recetó una semana de vuelos de su avión súper-sónico de guerra, el Pájaro Negro o Blackbird, a través de nuestro espacio aéreo. A la hora del desayuno, con mis hijas pequeñas vestidas de uniforme escolar sentadas a la mesa, el paso de aquel avión al romper la barrera del sonido generaba una explosión que hacía temblar ventanas, vasos, la tierra misma, y me ponía a mis niñas sobre la falda, colgadas como animalitos asustados. La amenaza de aquel poderío militar nos mantuvo por años con el alma en vilo y fue en gran parte responsable de la derrota electoral sandinista en 1990.
Ahora somos muchos, tanto en el Primero como en el Tercer Mundo, los que vivimos con el alma en vilo y padecemos de la sensación de que hay espadas que penden sobre nuestras cabezas y a las que les tiene sin cuidado que seamos o no inocentes. El famoso dividendo de la paz del que tanto se habló y que tanto esperamos al final de la Guerra Fría, nunca se hizo realidad.
Seré tal vez romántica, pero yo estoy convencida que los seres humanos no somos por naturaleza indiferentes. La paradoja de este tiempo que vivimos es que aún no avizoramos la manera en que ese potencial que hemos venido acumulando: las palabras, la tecnología, los recursos humanos y materiales podrán conjugarse para salvarnos. De manera que vivimos en la contradicción de sentirnos enormemente capaces y poderosos, pero también impotentes.
Pensarán que es fácil para mí hablar ante ustedes de la necesidad de la imaginación y de que no nos perdamos en los vericuetos de nuestras mismas invenciones, que las usemos sabia y juiciosamente. Pero muchos de ustedes tienen el poder de los medios de comunicación y de los recursos y, si están aquí, es también porque tienen la sensibilidad y la preocupación de usarlos para construir ese futuro democrático, no excluyente al que muchos aspiramos.
Pero, como nicaragüense, no me queda más que advertir sobre los espejismos, porque yo fui parte de una revolución triunfante, un sueño posible que en 1979, en Nicaragua, convirtió al ejército de jóvenes guerrilleros que libraron al país de una larga dictadura, en los gobernantes de esa pequeña nación centroamericana. Nuestros grandes sueños nos hicieron acometer enormes tareas. Nos pusimos a alfabetizar un país que, en el campo, tenía cifras de analfabetismo superiores al 90%, eliminamos plagas como la malaria en jornadas masivas de vacunación, repartimos la tierra que era propiedad –un 60% del país- de la familia gobernante, Somoza, pero tras cuarenticinco años de dictadura, poco sabíamos de democracia, poco sabíamos de la importancia de dejar que usaran su libertad las minorías descontentas. Poco a poco nuestros sueños se convirtieron en la pesadilla de quienes no pensaban como nosotros. Los perseguimos, les negamos la palabra en nombre de la voluntad de la mayoría. Ellos se armaron, recurrieron a los Estados Unidos y en otra guerra, la llamada guerra de la Contrarrevolución, nos convirtieron de ejército guerrillero, idealista y bien intencionado, en un ejército regular dispuesto a cualquier cosa para conservar el poder que nos habíamos ganado. Forzados por la presión militar, nos atrevimos, en 1990, a las elecciones democráticas pensando que el pueblo nos recompensaría el esfuerzo; las perdimos. Ahora en Nicaragua, está de vuelta en el poder quien fuera el Presidente Sandinista durante la revolución, Daniel Ortega. Tras dieciséis años fuera del poder, obsesionado con su retorno, Daniel Ortega se despojó de todo escrúpulo y ha sido capaz de aliarse con Dios y con el Diablo para que le sigan llamando Presidente y le saluden con el himno nacional cuando descienda de los aviones en los que viaja con toda su familia en periplos absurdos que cuestan al segundo país más pobre de América Latina, millones de dólares. Los que hicimos con él la Revolución, lo repudiamos y es contra nosotros contra quien él despliega sus armas más afiladas. Ortega ha demostrado una gran habilidad para utilizar las formalidades más superficiales de la democracia, mientras la socava y gesta una dictadura. Los símbolos e instrumentos de aquella rebelión, vaciados de contenido, se usan ahora para venderle a jóvenes, devotos y obedientes al Caudillo, la idea de que son una juventud rebelde. La esposa de Ortega que es el poder al lado del trono y que alguna vez fue hippie, ha revivido los símbolos y música de los 60 y 70, los emblemas y colores sicodélicos de esos tiempos para invocar un idealismo que manipula de manera oportunista. Martí decía que era más fácil para el hombre morir con honra que vivir con orden. Desafortunadamente, ha sido una constante de los Caudillos en Latinoamérica el mantener a sus ciudadanos en pie de guerra, para que la testosterona no les permita desarrollar el raciocinio, el auto-examen y la tolerancia que se requiere para vivir con orden.
Las democracias emergentes, lo mismo que las viejas instituciones del Primer Mundo requieren de una imaginación que nos permita usar el potencial ciudadano que ha empezado a germinar y que rechace las falsificaciones que hace que las revoluciones engendren los mismos monstruos que se proponían eliminar.
Como imaginadora profesional que soy, quiero terminar contándoles, como Sherezada, una historia. En mi novela más reciente pude, por fin, hacer realidad un deseo nacido de una de las mejores experiencias que viví durante el Sandinismo. Como suele suceder, aunque las mujeres tuvimos una participación militar y política destacada en la lucha, una vez que se tomó el poder vimos como nuestras reivindicaciones quedaban relegadas en la agenda nacional. Como respuesta, un grupo de nosotras, cada una de las cuales, ocupaba puestos importantes en el partido o el estado, decidimos formar un grupo clandestino al que llamamos, en broma, PIE por Partido de la Izquierda Erótica. Las del PIE nos reuníamos, ideábamos estrategias comunes y luego las aplicábamos en nuestras distintas áreas de influencia. Mi novela, El País de las Mujeres, revive esa experiencia, sólo que en ella, las mujeres del PIE logran tomar el poder en su pequeño país tropical. Ellas deciden que no basta que las mujeres lleguen al poder porque como éste es una creación masculina, las que lo logran no tienen más remedio que adaptarse y jugar con las mismas reglas del juego que los hombres. De manera que ellas lo que se plantean es ejercerlo de otro modo. Lo primero que hacen es declarar que su ideología no es ni el capitalismo, el socialismo o el comunismo, sino el “felicismo” y que como la felicidad empieza por casa, su prioridad es cambiar, por un lado la manera como funciona la familia y por otro lado, como ésta se relaciona con la sociedad. Como en el país, el humo tóxico de un volcán en erupción ha afectado los niveles de testosterona de los hombres, mandan a todos los funcionarios y trabajadores del estado a descansar a sus casas por seis meses con gozo de salario. A sus mujeres, por otro lado, las emplean en el estado pues muchas de ellas tienen títulos universitarios. Para estimular a los nuevos amos de casa, crean un programa de TV tipo Sobreviviente en que los hombres compiten para ser Campeones Domésticos. Las mujeres del PIE crean, además, la asignatura de “maternidad” en las escuelas secundarias, para hombres y mujeres, aludiendo que es la tarea de mayor responsabilidad que uno tiene en la vida y la única para la cual no hay preparación, ni estudio previo. En todas las instituciones del estado y en las empresas, se habilitan guarderías bien atendidas, salones de lactancia y cubículos familiares. En todos esos espacios, madres y padres pueden tener cerca y bien cuidados a sus hijos mientras ellos trabajan. Las empresas reciben incentivos fiscales para la construcción y manutención de estos espacios. También se habilitan guarderías de barrio para que las mujeres u hombres que tienen vocación maternal, cuiden a los hijos de quienes no tienen acceso a las guarderías por trabajar en pequeños comercios. Para mejorar la democracia, eliminan las Vice-Presidencias y en el parlamento –donde sólo fueron electas mujeres pues los partidos de oposición, ante el empuje de la campaña del PIE también llenaron sus listas con mujeres- hacen una reforma para crear lo que llaman “votantes calificados”, un 10% de la población, elegida al azar, que recibe a lo largo del año reportes pormenorizados de cómo marcha el país, cursos sobre ciudadanía y constitución y todo aquello que les permita votar de una manera bien informada. Los votos de estos ciudadanos cuentan doble y, además, por medio de comunicación electrónica, ellos tienen participación de voz en las discusiones del Parlamento. A los violadores y abusadores los exhiben los fines de semana en jaulas en las plazas públicas para que pasen la vergüenza que pasan las mujeres violadas…y bueno, se proponen eliminar el ejército, pero para empezar mandan a pintar todo el equipo bélico de rosado… ¡ah! Y también cambian el concepto de ciudadanía por el de CUIDADANIA. Introducen en la sociedad la ética del cuido, esa ética que suele reservarse para el ámbito privado, pero que tanto necesitamos en la vida pública.
No necesito decirles que la novela es una sátira política muy divertida, pero –modestia aparte- lo que propone, aunque es producto de mi imaginación, es también muy realista. La verdad es que en todas estas discusiones sobre cómo mejorar la democracia o cambiar el mundo, casi siempre se omite hablar del efecto profundo que tendría y que tiene para cualquier sociedad el que las mujeres se involucren plenamente, tanto en el trabajo como en la administración del estado. Está comprobado que una de las cosas que tiene efecto inmediato en la mejoría del nivel de vida de una comunidad, es la educación de las mujeres y su participación en la producción. Las mujeres somos las portadoras, no sólo de la ética vital, sino de la ética erótica de la que habló Marcuse. El erotismo al que me refiero es el de la idea Platónica que lo concibe como el deseo de belleza, la unificación de la experiencia corporal con la experiencia intelectual, en oposición a la mentalidad cartesiana que separa la razón de la emoción y que siempre ha sublimado lo masculino como racional y ha denigrado lo femenino por sentimental.
Imaginar otro mundo pasa por re-imaginar el rol de la mujer en el mundo. Este es un principio ignorado por las democracias formales del siglo XX que no podemos darnos el lujo de seguir olvidando si queremos imaginar nuevas formas democráticas en el siglo XXI. No es concebible una democracia que no logre incorporar plenamente a la sociedad ese 50% de seres humanos hasta ahora relegados a un segundo cuando no un menor plano. Mi novela parte de la idea de que lo que se requiere es un pensamiento audaz que vaya más allá del pensamiento economicista y más allá de la configuración social.
Yo los insto a ustedes también a usar el poder de la palabra y de la cooperación en pro de políticas audaces que desafíen el mundo como es para construir el mundo que debería ser. Las culturas, por muy milenarias o entronizadas que sean, que insisten en el poder sólo para una minoría, sea ésta partido, religión o grupo étnico; o que se niegan a permitir que la mujer, la mitad de su población, haga uso pleno de sus capacidades y la obligan a ocultarse y a desaparecer, ya sea en el hogar, ya sea detrás de velos que les niegan el disfrute del aire sobre la piel, del viento despeinándoles el cabello, tienen que saber -nos corresponde a todos decirlo- que nuestro compromiso con la felicidad, la libertad, el futuro y la imaginación, nos impide ser sus cómplices.
En mi país, la Cooperación Española ha financiado en los últimos años, además de muchos proyectos de construcción de ciudadanía y democracia, el más bello y pujante Festival de Poesía en Latinoamérica: el Festival Internacional de Poesía de Granada. Ese Festival, hoy por hoy, es una expresión independentísima de la cultura nicaragüense que mantiene viva una tradición poética que, desde Rubén Darío, ha gestado poesía de la más alta calidad en el continente. Por una semana, todos los Febreros, los poetas invadimos el país con nuestros cantos y les recordamos a todos su lado femenino, su lado tierno y visionario, su lado inconforme y transformador. No quiero terminar esta charla sin agradecerles ese apoyo y pedirles que nos sigan apoyando porque si en algún lugar empieza el futuro, ese lugar es la palabra, ese lugar es la poesía.
Muchas gracias.
Gioconda Belli
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