Tomás en la memoria

Acaba de morir Tomás Borge. Recién sale en los cables la noticia. El silencio después de que se anunció que estaba muy mal en el Hospital Militar, lo presagiaba. La última vez que vi a Tomás fue en el Festival de Poesía de Granada en 2010. Caminaba en la calle y nos saludamos. Nunca me salió hacerle desaires, a pesar de que políticamente la división entre “Danielistas o no”, nos situaba en aceras separadas. Pero quizás nunca creí que, honestamente, hubiese cambiado mucho. Era el mismo de siempre; el mismo Tomás, sobreviviendo; el mismo Tomás pero otro, como todos los que pasamos por los mismos entuertos. A unos nos cambió de una manera, a otros de otra. Cada uno de nosotros aferrado a la verdad o justeza de “su” manera. A quienes absolverá la historia o no, está por verse. El ya no vivió para verlo. Posiblemente yo tampoco lo vea. Lo que me queda de Tomás es un recuerdo de cariño. Nunca pude sentir por él desprecio u odio, ni la autoridad para recriminarlo porque, en el fondo de mi alma, entendía su necesidad de no quedarse solo, de seguir siendo quien era en el FSLN, aún si eso representaba convertirse en una figura para quien la Historia debía suplir un presente insuficiente con los méritos del pasado. Estoy segura que Tomás amó la idea de la Revolución tanto como cualquiera de los que vivimos para hacerla y verla triunfar. ¿Quién puede, de quienes vivimos esa época, decir que llegó a vivir y ser el ideal de persona que soñó?
Por ser un líder y estar en la mira, las debilidades de Tomás fueron quizás más evidentes; pero también lo fueron sus gestos magníficos. El quiso rodearse de arte, de poesía; quiso a los poetas, a los escritores. Cortázar, Galeano, Gelman, fueron héroes suyos. Y en su casa atendió a Benedetti, y hasta a Vargas Llosa, a Graham Greene, a Nélida Piñón. Tomás Borge quiso ser poeta, quiso ser escritor. No importa si al reeditar La Paciente Impaciencia, cambió las historias de sus amigos para negarles lo que en su época heroica les reconoció. Así era él: contradictorio. Ni buen, ni mal ejemplo; era un hombre con sus pasiones y sus maldiciones. Y así vivió. Como habría dicho mi amigo Róger Pérez de la Rocha, inútil querer “pasarlo en limpio”. Tomás era un micro-cosmos del ser nicaragüense, del pasado y el presente y del poco futuro que hemos alcanzado. Nacido un 13 de Agosto, como Fidel Castro, Tomás era del signo Leo del horóscopo. “El Leo no camina, desfila” decía un perfil que alguna vez le leí, riendo por lo bien que lo describía porque él jamás pudo ser incospicuo; él se hacía notar fuera como fuera, y le gustaba que lo vieran y que lo reconocieran y le gustaba mostrar y demostrar que él era un hombre especial, diferente. Seguramente habrá soñado alguna vez con ser una suerte de versión del Che. Su frase aquella “implacables en el combate y generosos en la victoria”, una frase que dijo en una de las primeras comparecencias como Dirección Nacional a pocos días del triunfo, quedó resonando en la memoria colectiva como una frase de alguien de la estatura del Che. Muchas de sus frases felices nos acompañan y nos seguirán acompañando porque él tenía inspiración y tenía pasión. Cuando él hablaba en la Plaza de la Revolución, la gente se emocionaba. Tomás fue el gran orador silenciado de la Revolución y se le negó la tribuna porque desde ella él podía hacerse amar y eso era peligroso para quienes querían autoridad, pero no poseían el encanto para forjársela. Y así fue que, con el tiempo y el ministerio complejo que se le asignó, Tomás fue pereciendo como figura. La crueldad de la historia y de sus compañeros fue asignarle el papel de represor a quién hubiese brillado como benefactor, como líder apasionado de ideas hermosas. Pero él nunca dejó de insistir en ser quién habría querido ser. Se escabulló como pudo por entre el tejido cerrado que le pusieron como freno y con sus amigos fue dulce y generoso y loco también porque él tenía su lado de duende, su lado cómico, su lado de muchacho bandido, de barrio; su lado enamorado.
Hoy día en que se anuncia su muerte, quiero decir cuánto lo quise, a pesar de cuánto también lamenté lo que en su momento me pareció una claudicación de su espíritu caballeresco, de su rebeldía natural. Pero no soy quién, ni me interesa juzgarlo. Fui su amiga y hoy lloro su muerte como cualquiera de los tantos que lo quisieron.

Abril 30, 2012
Publicado en www.confidencial.com.ni y en www,elnuevodiario.com.ni

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La magia de los íconos

Leí en El País que una novelista llamada Mónica Alí originaria de Bangladesh y tan prestigiosa y respetable que quedó finalista del Premio Booker, uno de los más reconocidos de la literatura inglesa, acaba de publicar una novela cuya trama se basa en la idea de que la Princesa Diana no murió. Tras el accidente, esta Diana ficticia, reconstruye su vida lejos de la mirada del público en un pequeño pueblo de Estados Unidos, llamado casualmente Kengsinton.

Es curioso, pensé, y un riesgo nada menospreciable, que una novelista contemporánea seria aborde este tema. Me trajo a la memoria el desborde del público cuando murió Diana, la fascinación que ella llegó a ejercer sobre tanta gente. Viendo su funeral, me sorprendí a mí misma, llorándola como si la hubiese conocido. ¿Por qué? ¿Por qué existen personas que encarnan intangibles y poderosos mitos? ¿Al llorar a Diana, llorábamos tantos la muerte de los cuentos de hadas de la infancia, el mito de la princesa hecho trizas? ¿O llorábamos acaso por la mujer bella, rebelde, pero triste, que puso a la Corona inglesa en jaque?

En Junio del año pasado, por una de esas confluencias mágicas de la vida, fui invitada al matrimonio del hermano de la princesa Diana, el Conde Charles Spencer, con Karen Gordon. Conocí a Karen en Nicaragua pues su ONG, Wholechild, trabaja con los orfelinatos aquí en el país. De toparnos entre los pasillos del Rolando Carazo, nació una amistad que me llevó a Londres y luego por tres días a Althorp, la residencia de campo de la familia de Diana, el sitio donde ella está enterrada. El hermano de Diana, Charles, fue quien pronunció el discurso fúnebre en la Abadía de Westminster, un discurso memorable por su sutil, pero a la vez clara censura a la actitud de la corona inglesa con respecto a Diana. Charles tiene los mismos ojos azules de su hermana. Es un dedicado historiador y fue fascinante pasar tres días en aquella residencia, una suerte de castillo, (tipo Downton Abbey de la famosa serie) en medio de prados y bosques, escuchando la historia de la familia y de esa casa cuya construcción original data de 1508. La presencia de Diana es palpable en el lugar. La primera tarde que estuve allí, después de cena, salí a caminar sola por los jardines. Siguiendo un sendero asfaltado, desemboqué en el lago oval en medio del cual hay una isla. En el centro de la isla un sencillo monumento con un ánfora, indica el lugar donde la princesa está enterrada. En un extremo, en el mausoleo que otro ancestro de los Spencer hizo poner allí, hay una placa con la silueta de Diana, y una banca de madera que fue regalo del personal de la casa. Cada verano, por sesenta días, estas históricas y señoriales residencias inglesas están obligadas a abrir sus puertas al público. En Althorp, hay un pabellón dedicado a la Princesa Diana, que contiene sus cosas. No lo vi, ni falta que me hizo. Caminando por ese parque, vi un árbol que Nelson Mandela plantó allí en memoria de Diana, y la avenida de 36 robles que su hermano hizo en su honor, uno por cada cumpleaños de ella. Imaginé a Diana paseándose por allí. Me seguí preguntando por qué esas vidas encantadas –a pesar de lo triste que acaban tan a menudo- ejercen esa fascinación irreal sobre nosotros. No se trata, me parece, del boato únicamente -aunque claro que eso da color a la película-  porque hay otros íconos modernos, el Ché Guevara, por ejemplo, que igual trasciende clases y generaciones, como otra de esas imágenes que contienen por un extraño designio, la esencia de algo que nos conmueve profundamente. ¿Sería que cada uno de ellos, en mundos distintos, fue rebelde? ¿O será que, a pesar de su alcurnia en un caso, o de su heroísmo en el otro, ambos fueron también profundamente falibles y humanos?  ¿O tal vez fue la muerte la que los salvó del destino común del deterioro y la vejez y los dejó jóvenes y bellos en la memoria colectiva?

En cualquier caso, hay sin duda una proyección de nosotros mismos en esas figuras que de tanto en tanto capturan nuestra fantasía, como luces que atrapan las mariposas nocturnas. Lógicamente, mientras más nos las demos de intelectuales racionales y fríos, más negaremos sentir estos sentimientos propios del “vulgo”, pero como dijo Carlos Martínez Rivas, hay figuras (en su caso fue la mujer de Lot)  cuya huella en los tiempos bien vale una disquisición, una reflexión introspectiva o, como mencioné al principio, una novela.

Marzo 21, 2012

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La Paridad

 

 

Cuando en Francia se propuso la paridad en el parlamento, o sea la cuota de 50-50, hombres-mujeres, no hubo suficientes mujeres para llenar la cuota. Mejor dicho, no hubo suficientes mujeres que quisieran llenar esa cuota.

El principio de la paridad es interesante: parte, no de aceptar la igualdad entre hombres y mujeres, sino precisamente de reconocer la diferencia. Somos diferentes y por tanto tienen que existir voces que hablen por ese 50% diferente que son las mujeres en cualquier país.

No es posible, si uno es progresista, oponerse a la paridad. A mí me parece una medida sana, justa y necesaria, venga de donde venga. El problema no está en el principio sino en la ejecución del mismo.

La experiencia francesa es interesante porque lo que demostró es que siglos de marginación, de menores oportunidades en la educación o en el ejercicio pleno de la ciudadanía y la autonomía, no se remedian con el enunciado de una cuota de poder. Más aún, lo que se reflejó en el ejemplo francés, fue que incluso las mujeres educadas rechazaban la participación en estructuras de poder hechas a la imagen y semejanza de los hombres y donde las reglas del juego seguían siendo las de la tradicional política masculina, con sus trampas, su competencia desleal, su combinación de mentiras y medias verdades.

En el terreno minado de nuestra política nacional, ¿cuánta mujeres habrá que quieran lanzarse a ese campo de guerra? El Orteguismo, con su sistema interno de disciplina partidaria y de obediencia a las órdenes superiores, no tendrá demasiados problemas para llenar su cuota. La llenará, no porque tenga más mujeres, sino porque esas mujeres no tendrán la alternativa de negarse a aceptar semejante “deber militante”.  Para los partidos que no obligan a sus partidarias a tomar sino las responsabilidades que ellas mismas quieran en pleno uso de su libertad, completar las cuotas será mucho más difícil.  Y es en esto donde reside precisamente el carácter demagógico y retórico de esta supuesta demostración de feminismo de nuestro actual gobierno.

Esta medida que, en apariencia fue hecha para incorporar a las mujeres, tiene entonces un doble propósito: lucir bien utilizando un discurso pro-mujer, y debilitar a los partidos que no imponen puestos a sus militantes como “sagrados deberes partidarios.”

Vivimos en un país machista, además. ¿Cuántos hombres no armaran Troya para que sus mujeres no participen? ¿Cuántos no las amenazarán de muerte, golpearán o dejarán a las valientes que quieran proponerse como candidatas?

Dadas las realidades que vive la gran mayoría de mujeres en nuestro país, tanto en el campo como en la ciudad, cargando solas con la responsabilidad de los hijos, la  comida, la lavada, la planchada y la limpieza de sus casas, ¿cómo se las arreglaran las electas para cumplir sus tareas municipales?  ¿Acaso el gobierno les solucionará sus problemas domésticos? ¿Les pondrán guarderías a la orden?

¿Y cómo se compensará a las mujeres por la educación que no recibieron? ¿Quién las dotará de los instrumentos para ejercer dignamente su papel en los municipios?

Si este gobierno es serio en su propuesta tendrá que legislar tan pronto sea posible y aprobar leyes paralelas y presupuestos que mandaten a las oficinas municipales a establecer guarderías con personal preparado en el cuido de los niños, en cada uno de sus locales, además de mandar a construir dentro de los mismos, espacios reservados para que las madres con niños lactantes puedan alimentar a sus bebés.

También debe poner a disposición de las mujeres, en horarios especiales, en las escuelas públicas, clases básicas de historia, de geografía, de ciencias ecológicas, de economía y enseñarles a leer a las muchas que, por cumplir con sus maridos y sus hijos, no han logrado alfabetizarse.

Y si consideran aptas a tantas mujeres para ejercer el poder local, ya es hora de que revisen sus propios criterios sobre el aborto terapéutico y le den a la mujer el derecho sagrado a decidir sobre su propia vida.

Si no hacen estas cosas, están tapando el sol con el dedo y ofendiendo, una vez más, nuestra inteligencia.

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Más allá del fraude

 

 

El reciente fraude electoral en Nicaragua creó una suerte de “tierra de nadie” en nuestra vida política. Quienes consideramos ilegítimo el gobierno que actualmente rige el país nos vemos forzados, por la realidad impuesta, a existir bajo las reglas del partido en el poder. Hacer oposición en esas condiciones nos sitúa en una trampa de principios: aceptar las políticas del presente estado equivale a reconocerlo; limitar nuestra crítica a la fuente del problema, o sea el fraude, nos sitúa fuera del ámbito cotidiano de la problemática que vive la población. Esta ambigüedad se expresó de manera clara en la controversia alrededor de la participación o no en la Asamblea Nacional de los diputados del PLI que resultaron electos. Se condenó el fraude, se denunció la ilegitimidad del gobierno que resultó de éste, pero la realidad creada de facto impuso la disyuntiva de actuar dentro de esa irregularidad, o quedarse totalmente fuera de cualquier posibilidad de incidencia ciudadana en el único gobierno posible en las actuales circunstancias.

Forzar a la oposición actual en Nicaragua a regirse por las demandas de la “real politik” en vez de los principios, es quizás el arma más letal del Orteguismo; un arma que éste conoce bien y ha usado innúmeras veces. El efecto se vive desde hace mucho tiempo en nuestro país y es nefasto. Una vez que quien se ha regido por el idealismo dobla su rey y acepta violentar sus principios, lo que sobreviene es un derrumbe de la moralidad. Se acepta el pragmatismo y se produce  la metamorfosis del individuo en un ser amoral que se justifica ante sí y los demás con la máxima de Maquiavelo de que “el fin justifica los medios.” Negarse a este juego, por otro lado, trae aparejado el aislamiento. El apego a los principios, hoy por hoy, en la política criolla conlleva un alto costo. El balance del ejercicio suele ser la desilusión política, la desesperanza y la pérdida de motivación.

Lo que ha sucedido en estos meses post-fraude, indica que existe una suerte de estado de choque en la psiquis ciudadana, un descorazonamiento y sentido de futilidad que se expresa en cierta dispersión de la sociedad civil y de la alianza que se constituyó bajo la bandera del PLI.  Esta alianza que, sin ser monolítica, logró con pocos recursos y a pesar de sus debilidades innatas, un triunfo sustantivo en las elecciones del 2011, corre el riesgo de que sus logros no alcancen a consolidarse. La concesión de principios a la que me referí antes es, sin duda, un factor que afectó la beligerancia de sus miembros.  ¿Cómo recuperar la credibilidad y moralizar la oposición cuando sus representantes han sido colocados en ese peligroso interregno donde el pragmatismo se les ha impuesto como única avenida de supervivencia?  ¿Cómo superar esta trampa y retomar la iniciativa? He ahí la cuestión.

Vivimos una época de crisis global en la que el rol de los partidos y su capacidad de responder a las aspiraciones de los ciudadanos están siendo fuertemente cuestionados. Podríamos, sin embargo, aplicando la creatividad nicaragüense, plantear que estas debilidades tienen el potencial de tornarse en fuerza si nos propusiéramos un modelo diferente de organización política, una re-ingeniería que nos permitiera conservar la mirada puesta en objetivos.

A mi manera de ver, la bancada del PLI tendría que convertirse en el eje de un frente ciudadano que incorpore en su programa de lucha, no sólo los grandes temas de la pobreza, la institucionalidad y la democracia, sino las leyes y propuestas ciudadanas más propias de la juventud y las clases medias. Con los jóvenes, por ejemplo, la relación podría desarrollarse a través de instrumentos como las redes sociales que, actualmente, sólo se utilizan para convocatorias a marchas o movilizaciones. La democracia utilizada con gran éxito por el Partido Pirata en Alemania, la llamada “open source democracy” –democracia abierta- es una posibilidad moderna facilitada por la internet y sus medios para determinar las áreas donde se requiere la intervención organizada de un partido y brindar a la juventud más oportunidades de protagonismo y participación en la construcción de alternativas e intercambios políticos diferentes.

Generar una dinámica de “frente amplio”, donde diversas fuerzas y organizaciones utilicen el vínculo partidario como una vía para resolver o comunicar sus intereses, cambiaría la desgastada relación tradicional en la que el partido se activa solamente en períodos electorales o es una fuente de requerimientos, sin ofrecer ningún servicio práctico a la ciudadanía.  Campañas ciudadanas para eliminar la basura de las ciudades, para demandar una tributación más justa, para requerir zonas públicas donde el acceso a la internet sea gratis, son maneras de reelaborar la dinámica política y salir del estancamiento de una oposición entrampada en luchas que, si bien son necesarias y deben continuar, no brindan a la ciudadanía otra posibilidad de participación que las marchas de protesta en las calles.

Los objetivos claros y modestos ayudarían a sostener un activismo político sano y puntual que vaya sustituyendo la romántica –y a menudo peligrosa- idea de que la revolución, las luchas callejeras o los grandes tsunamis sociales son la única manera de ganar adeptos o de construir alternativas. Es preciso construir unidad en la acción y vencer el peso inmovilizador de una historia que ha dejado a la mayoría de los actores políticos atrincherados sicológicamente, ya sea en rencores, ya sea en nociones románticas de cómo debía ser lo que nunca fue.

Febrero 29, 2012

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Agua Regia

 

Este fue mi blog de despedida de El Nuevo Diario en Enero de 2o12

AGUA REGIA

por Gioconda Belli

 

Durante la campaña electoral del 2006, le expresé a un amigo y viejo compañero de lides mi convicción de que si ganaba Daniel Ortega, nunca más nos lo sacaríamos de encima. Él, un gran optimista, me respondió enfático: “No Gioconda, ya este país no es el mismo. No va a poder hacer eso.” Desafortunadamente, fui yo la que acerté. Parece mentira, pero aun en un país que sufrió tanto y guerreó tan valientemente para sacudirse una larga y repetitiva dictadura, fue posible rebobinar la historia y volver a colocarla en la vulnerable posición de someterla al designio de quien maneja autónomo todos los instrumentos del poder.

Es así que Daniel Ortega, que desde 1979 ha ocupado, de una u otra manera, una posición clave en la política nicaragüense, se consagra al retomar las riendas del gobierno, como el dirigente de más larga trayectoria que hemos tenido jamás.

La política sagaz y sin escrúpulos que ha sido el distintivo más sobresaliente de Ortega se consolidó en estos cinco años más allá de toda expectativa, gracias al apoyo de su esposa Rosario Murillo. A ella le debe Daniel una política de comunicación no por manipuladora menos eficaz, que le ha permitido reciclarse como una figura mítica depositaria del mérito colectivo, no sólo de Sandino y del Sandinismo revolucionario, sino también del conjunto de valores acumulados por nicaragüenses de la talla de Rubén Darío. Bajo la conducción de Rosario Murillo, el lenguaje de su gobierno se ha convertido en una amalgama de adjetivos amorosos y edulcorados que toman en iguales partes los clichés más entronizados del cristianismo y los eslóganes revolucionarios, para crear una suerte de vapor de algodón de azúcar color rosa chicha, una pantalla de humo espesa detrás de la cual se va tejiendo día a día una red apretada y pegajosa destinada a inmovilizar cualquier dinámica social que contradiga la absoluta acumulación de poder que detenta este binomio.

La natural aspiración de la gente por la paz, la armonía, y todo lo que se exalta y se repite como un mantra en la propaganda oficial, el uso del idealismo de la juventud norteamericana en los años setentas con el movimiento hippie, la música y el arte pop, ha sido convertido por Murillo en un sirope meloso que los chavalos no vacilan en tomarse, necesitados como están de un sentido colectivo que encauce su legítimo deseo de ser partícipes del destino de su país.

La racionalidad ha sido así vencida en Nicaragua en un acto gigantesco de presdigitación, digno de quien cree en el sustrato mágico de la imaginación popular y no tiene escrúpulos para sacarle partido. Para colmo, hasta un Príncipe de verdad lograron conjurar. Dudo que el Príncipe Felipe esté consciente de la cereza con que está coronando este postre que la Primera Dama ha cuidadosamente urdido, a partir del uso refinado del simbolismo más primitivo y elemental.

Hace cinco años inicié en El Nuevo Diario esta bitácora con la intención de seguir los pasos del gobierno de Daniel Ortega, pensando en que quizás mi amigo tenía razón y que ya no sería posible que volviera jamás el pasado. Me interesaba llevar el récord histórico de la obcecación por el poder que en América Latina ha inspirado a la literatura, pero como suele suceder, la realidad superó mi imaginación: Daniel Ortega y su séquito llegaron para quedarse. Se quedarán por las buenas, por las malas y al precio que sea, convencidos de que son la panacea para todos los males que nos aquejan.

Esta cronista confiesa que ya no tiene estómago. ni ánimo para una crónica que el 19 de Julio de 1979, creyó no volvería a escribirse en su país, al menos en su tiempo de vida.

Con la nueva ascensión al poder del Caudillo y su Morgana, la realidad nicaragüense quedará convertida en un espejismo. Por mucho tiempo, no sé cuánto, ni siquiera las palabras tendrán significados precisos: viviremos dentro de la niebla engañados por artificiosos encantamientos de navidades eternas e ilusiones teatrales.

Me voy entonces con mis palabras a otra parte. No me callo. Los espero en mis novelas, en mi poesía, en esas otras ficciones que, hoy por hoy, me parecen más claras que ésta.

Agradezco a los fieles comentaristas que acompañaron mi blog estos años; a los que me atacaron y a los que me elogiaron. Todo ellos fueron partícipes de este ejercicio.

Agradezco a Francisco Chamorro, que también se fue con sus palabras a otra parte, por la acogida que siempre me dio en su viejo diario que ahora, ciertamente, es nuevo.

 

9 de Enero, 2012

 

 

 

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The revolution won’t be twitted

 

 

I don’t even know who wrote the song “The Revolution won’t be televised” but it has stuck in my mind lately. Maybe it is due to what I’ve been thinking after the the announcement that Twitter would censor twits that are deemed illegal by the governments of the countries where they originate. The outrage after this announcement reverberated through the Internet. I think all of us who participate in this exchange fest of ideas and immediate updates via social media, do not recognize cyberspace as a parceled territory. It is a world into itself, a world without rules, a world of freedom and free flowing words: an almost idyllic democracy. Any restriction, any one who dares claim ownership or control over the waves on which our thoughts travel, offends our New World philosophy. And that is the way it should be. We should all be warriors of our freedom, of the freedom of these spaces to represent a global community that demands a set of rules other than those obsolete and worn out ones that have little to do with the needs and desires that so many of us have began to know and exercise.

It is however important to recognize that we cannot or should not take our cyber existence as a substitute for the real life we are in. The excitement over our ability to incite large mass demonstrations by activating the chatter and seduction of tweets and facebook pages or groups, does not lead to revolution. A revolution starts maybe with a show of willing hands, but it doesn’t stop there: it needs more. It needs a plan, a strategy, a course of action. It needs to know itself, not only in terms of how much anger or discontent it is able to show out in the streets, but of how much change it can really bring about. If we take out a tyrant -as was the case in Egypt- and have no alternative but to allow the military to take the reins- we have shown we can provoke changes, but we have also shown that we had no plan of action and that the changes, in the long run, have only been cosmetic. It is risky to incite large changes when one lacks long term objectives. This is the lesson of the last year, in my opinion. The enormous success that social media has had in political struggles demonstrates the triumph of a method: but the desired changes have to be laid and spelled out, and the energies that are unleashed should have a clear direction.

The learning curve has begun, the possibilities are open, but let’s not forget the need to pair illusion with reality.

Gioconda Belli
January 29th, 2012

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