Una vejez excepcional

Evelyn Johnson

Es más común leer sobre el sufrimiento y las atrocidades que viven las mujeres en el mundo que leer sobre sus triunfos. Por eso hoy quiero compartir una historia especial, la historia de Evelyn B. Johnson, quien acaba de morir a los 102 años. En primer lugar, ¡qué maravilla vivir tanto tiempo! Es una lástima que la vejez tenga tan mala reputación. Como dice mi hija Melissa, que es médico, “la vejez no es una enfermedad.”Si bien es cierto que el número de años aumenta las posibilidades de que la maquinaria biológica no funcione, hay muchísimos seres humanos que envejecen muy bien, con su mente clara y su cuerpo útil. El caso de Evelyn ilustra esto. Esta mujer, nacida en Tennessee, EEUU, casi seis años después de que los hermanos Wright volaran por primera vez en 1903, contaba, a su muerte, con el mayor número de horas de vuelo de cualquier ser humano en el mundo. Había volado 57,635.4 horas en aviones de toda especie, según su obituario en el New York Times. Esta mujer tenía una pasión sin par por la aeronáutica. Enseñó a pilotear a miles de personas. Dejó de contarlas al llegar a las 5,000 y dio clases hasta la edad de 94 años, a pesar de perdió la pierna en un accidente automovilístico en la última década de su vida, y usaba una prótesis. Cuando Evelyn era joven y se le ocurrió aprender a volar, empezó a tomar clases. Las clases eran lejos de su casa. Para atenderlas, tenía que tomar un tres y un bus, caminar medio kilómetro y remar en una canoa hasta llegar al aeropuerto. Me imagino la tenacidad que habrá tenido para no darse por vencida y persistir en su empeño. Evelyn fue vendedora de aviones, participó en competencias y fue una de las primeras mujeres en obtener una licencia para pilotear helicópteros. La Sra. Johnson, dice el NYTimes, dijo que se retiraría cuando estuviera vieja, pero nunca envejeció. Cada vez que volaba decía que veía algo nuevo y bello.
El espíritu de esta mujer me hizo pensar en muchas cosas: en una bella novela de Julián Barnes, que se llama “Mirando al Sol” –historia de una madre y un hijo- donde la madre le pide al hijo, ya a punto de morir, que la lleve a volar porque quiere morir “mirando al sol” (y lo logra), y en un rótulo que vi en el consultorio de un médico una vez que decía: “No te quejes de la vejez, es un privilegio que le está negado a muchos.” El caso de Evelyn Johnson es representativo de alguien que ejerce su plena humanidad, sin dejarse achantar por todos los mensajes sociales que marginan a las personas mayores, más aún si se trata de una mujer. En Nicaragua, donde la población es tan joven, es común dar casi por sentado que quienes han llegado a los setentas u ochentas, ya están sobregirados en plazo de vida o “robando oxígeno”, como oí una vez decir a unos muchachos de alguien que a lo sumo tendría cincuenta años. Pero la edad es mucho más que cronología, como bien lo ejemplifica el caso de esta increíble mujer. Por lo mismo, no hay que darse por vencido –o por viejo- por los que otros piensan. Hay que dejar que lo decida la vitalidad del propio corazón y no dejar de volar, ni de mirar al sol.

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“Me duele un país en todo el cuerpo”

Atardecer en Managua, febrero 2009, la casita

Conferencia dictada en la Cátedra Alfonso Reyes en
Monterrey, México
Noviembre, 2012

Los países duelen. Ustedes y yo lo sabemos. Los Latinoamericanos no sólo cargamos con el dolor de la memoria de haber sido colonizados, intervenidos, explotados, sino que cargamos con los dolores del presente. Ese dolor de ver a nuestros países sufrir, llorar, atravesar por días en que no sabemos si las correntadas que se llevan tantos sueños y posibilidades y vidas, se van a llevar también todas esas esperanzas que, explícitas o no, son las que nos llevan cada mañana a levantarnos de la cama, ir a trabajar, a enamorarnos, a tener hijos.
El amor que uno siente por su país es fuerte y misterioso. Uno no ama a su país porque sea rico, o poderoso o porque suba o no su producto interno bruto. El amor al país es el amor por ese lugar del mundo donde uno sabe quién es, donde todas las referencias son familiares: la calle, el olor, el sonido de la gente, el idioma que se habla. Nosotros, no tenemos como los árboles, raíces visibles, pero nuestras piernas reconocen la tierra donde estamos enraizados. Hay una intimidad que tiene que ver con la historia, con la memoria de quienes nos engendraron, con nuestras primeras memorias: el parque donde jugamos de niño, la luz del atardecer cuando éramos adolescentes.
Y hay un sentido de pertenencia, de saber instintivamente que compartimos con nuestros compatriotas un destino común, una manera de estar en el mundo. No importa lo que nos divida, el color de la piel que cada quien tenga, hay en cada uno de nosotros un sentido de que el país donde nacimos nos pertenece. Hay una identidad, un lenguaje, una manera de movernos y hasta de sufrir que nos es particular.
Además de esta noción de patria, los seres humanos nacemos con una misteriosa conciencia íntima de cuales son las cosas que necesitamos para ser felices. Jung lo llamaba el “inconsciente colectivo”. Es esa certeza de que hay valores intangibles sin los cuales nuestra humanidad no está completa. La libertad es uno de esos valores esenciales.
Es un valor intangible, pero desde la más tierna infancia resentimos que se nos quiera restingir. Por eso nos enfrentamos a nuestros padres, porque es a través de nuestros padres que tenemos la primera experiencia de los límites de nuestra libertad.
Realmente el proceso de crecer y de hacernos adultos es el proceso de aprender a manejar nuestra libertad y de aprender a conocer los límites que el hecho de existir en sociedad nos impone. Como bien decía Benito Juarez, “el respeto al derecho ajeno, es la paz”
Los sistemas sociales, la justicia, los gobiernos son inventos humanos para delimitar esos márgenes y esos límites. (more…)

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Tomás en la memoria

Acaba de morir Tomás Borge. Recién sale en los cables la noticia. El silencio después de que se anunció que estaba muy mal en el Hospital Militar, lo presagiaba. La última vez que vi a Tomás fue en el Festival de Poesía de Granada en 2010. Caminaba en la calle y nos saludamos. Nunca me salió hacerle desaires, a pesar de que políticamente la división entre “Danielistas o no”, nos situaba en aceras separadas. Pero quizás nunca creí que, honestamente, hubiese cambiado mucho. Era el mismo de siempre; el mismo Tomás, sobreviviendo; el mismo Tomás pero otro, como todos los que pasamos por los mismos entuertos. A unos nos cambió de una manera, a otros de otra. Cada uno de nosotros aferrado a la verdad o justeza de “su” manera. A quienes absolverá la historia o no, está por verse. El ya no vivió para verlo. Posiblemente yo tampoco lo vea. Lo que me queda de Tomás es un recuerdo de cariño. Nunca pude sentir por él desprecio u odio, ni la autoridad para recriminarlo porque, en el fondo de mi alma, entendía su necesidad de no quedarse solo, de seguir siendo quien era en el FSLN, aún si eso representaba convertirse en una figura para quien la Historia debía suplir un presente insuficiente con los méritos del pasado. Estoy segura que Tomás amó la idea de la Revolución tanto como cualquiera de los que vivimos para hacerla y verla triunfar. ¿Quién puede, de quienes vivimos esa época, decir que llegó a vivir y ser el ideal de persona que soñó?
Por ser un líder y estar en la mira, las debilidades de Tomás fueron quizás más evidentes; pero también lo fueron sus gestos magníficos. El quiso rodearse de arte, de poesía; quiso a los poetas, a los escritores. Cortázar, Galeano, Gelman, fueron héroes suyos. Y en su casa atendió a Benedetti, y hasta a Vargas Llosa, a Graham Greene, a Nélida Piñón. Tomás Borge quiso ser poeta, quiso ser escritor. No importa si al reeditar La Paciente Impaciencia, cambió las historias de sus amigos para negarles lo que en su época heroica les reconoció. Así era él: contradictorio. Ni buen, ni mal ejemplo; era un hombre con sus pasiones y sus maldiciones. Y así vivió. Como habría dicho mi amigo Róger Pérez de la Rocha, inútil querer “pasarlo en limpio”. Tomás era un micro-cosmos del ser nicaragüense, del pasado y el presente y del poco futuro que hemos alcanzado. Nacido un 13 de Agosto, como Fidel Castro, Tomás era del signo Leo del horóscopo. “El Leo no camina, desfila” decía un perfil que alguna vez le leí, riendo por lo bien que lo describía porque él jamás pudo ser incospicuo; él se hacía notar fuera como fuera, y le gustaba que lo vieran y que lo reconocieran y le gustaba mostrar y demostrar que él era un hombre especial, diferente. Seguramente habrá soñado alguna vez con ser una suerte de versión del Che. Su frase aquella “implacables en el combate y generosos en la victoria”, una frase que dijo en una de las primeras comparecencias como Dirección Nacional a pocos días del triunfo, quedó resonando en la memoria colectiva como una frase de alguien de la estatura del Che. Muchas de sus frases felices nos acompañan y nos seguirán acompañando porque él tenía inspiración y tenía pasión. Cuando él hablaba en la Plaza de la Revolución, la gente se emocionaba. Tomás fue el gran orador silenciado de la Revolución y se le negó la tribuna porque desde ella él podía hacerse amar y eso era peligroso para quienes querían autoridad, pero no poseían el encanto para forjársela. Y así fue que, con el tiempo y el ministerio complejo que se le asignó, Tomás fue pereciendo como figura. La crueldad de la historia y de sus compañeros fue asignarle el papel de represor a quién hubiese brillado como benefactor, como líder apasionado de ideas hermosas. Pero él nunca dejó de insistir en ser quién habría querido ser. Se escabulló como pudo por entre el tejido cerrado que le pusieron como freno y con sus amigos fue dulce y generoso y loco también porque él tenía su lado de duende, su lado cómico, su lado de muchacho bandido, de barrio; su lado enamorado.
Hoy día en que se anuncia su muerte, quiero decir cuánto lo quise, a pesar de cuánto también lamenté lo que en su momento me pareció una claudicación de su espíritu caballeresco, de su rebeldía natural. Pero no soy quién, ni me interesa juzgarlo. Fui su amiga y hoy lloro su muerte como cualquiera de los tantos que lo quisieron.

Abril 30, 2012
Publicado en www.confidencial.com.ni y en www,elnuevodiario.com.ni

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La magia de los íconos

Leí en El País que una novelista llamada Mónica Alí originaria de Bangladesh y tan prestigiosa y respetable que quedó finalista del Premio Booker, uno de los más reconocidos de la literatura inglesa, acaba de publicar una novela cuya trama se basa en la idea de que la Princesa Diana no murió. Tras el accidente, esta Diana ficticia, reconstruye su vida lejos de la mirada del público en un pequeño pueblo de Estados Unidos, llamado casualmente Kengsinton.

Es curioso, pensé, y un riesgo nada menospreciable, que una novelista contemporánea seria aborde este tema. Me trajo a la memoria el desborde del público cuando murió Diana, la fascinación que ella llegó a ejercer sobre tanta gente. Viendo su funeral, me sorprendí a mí misma, llorándola como si la hubiese conocido. ¿Por qué? ¿Por qué existen personas que encarnan intangibles y poderosos mitos? ¿Al llorar a Diana, llorábamos tantos la muerte de los cuentos de hadas de la infancia, el mito de la princesa hecho trizas? ¿O llorábamos acaso por la mujer bella, rebelde, pero triste, que puso a la Corona inglesa en jaque?

En Junio del año pasado, por una de esas confluencias mágicas de la vida, fui invitada al matrimonio del hermano de la princesa Diana, el Conde Charles Spencer, con Karen Gordon. Conocí a Karen en Nicaragua pues su ONG, Wholechild, trabaja con los orfelinatos aquí en el país. De toparnos entre los pasillos del Rolando Carazo, nació una amistad que me llevó a Londres y luego por tres días a Althorp, la residencia de campo de la familia de Diana, el sitio donde ella está enterrada. El hermano de Diana, Charles, fue quien pronunció el discurso fúnebre en la Abadía de Westminster, un discurso memorable por su sutil, pero a la vez clara censura a la actitud de la corona inglesa con respecto a Diana. Charles tiene los mismos ojos azules de su hermana. Es un dedicado historiador y fue fascinante pasar tres días en aquella residencia, una suerte de castillo, (tipo Downton Abbey de la famosa serie) en medio de prados y bosques, escuchando la historia de la familia y de esa casa cuya construcción original data de 1508. La presencia de Diana es palpable en el lugar. La primera tarde que estuve allí, después de cena, salí a caminar sola por los jardines. Siguiendo un sendero asfaltado, desemboqué en el lago oval en medio del cual hay una isla. En el centro de la isla un sencillo monumento con un ánfora, indica el lugar donde la princesa está enterrada. En un extremo, en el mausoleo que otro ancestro de los Spencer hizo poner allí, hay una placa con la silueta de Diana, y una banca de madera que fue regalo del personal de la casa. Cada verano, por sesenta días, estas históricas y señoriales residencias inglesas están obligadas a abrir sus puertas al público. En Althorp, hay un pabellón dedicado a la Princesa Diana, que contiene sus cosas. No lo vi, ni falta que me hizo. Caminando por ese parque, vi un árbol que Nelson Mandela plantó allí en memoria de Diana, y la avenida de 36 robles que su hermano hizo en su honor, uno por cada cumpleaños de ella. Imaginé a Diana paseándose por allí. Me seguí preguntando por qué esas vidas encantadas –a pesar de lo triste que acaban tan a menudo- ejercen esa fascinación irreal sobre nosotros. No se trata, me parece, del boato únicamente -aunque claro que eso da color a la película-  porque hay otros íconos modernos, el Ché Guevara, por ejemplo, que igual trasciende clases y generaciones, como otra de esas imágenes que contienen por un extraño designio, la esencia de algo que nos conmueve profundamente. ¿Sería que cada uno de ellos, en mundos distintos, fue rebelde? ¿O será que, a pesar de su alcurnia en un caso, o de su heroísmo en el otro, ambos fueron también profundamente falibles y humanos?  ¿O tal vez fue la muerte la que los salvó del destino común del deterioro y la vejez y los dejó jóvenes y bellos en la memoria colectiva?

En cualquier caso, hay sin duda una proyección de nosotros mismos en esas figuras que de tanto en tanto capturan nuestra fantasía, como luces que atrapan las mariposas nocturnas. Lógicamente, mientras más nos las demos de intelectuales racionales y fríos, más negaremos sentir estos sentimientos propios del “vulgo”, pero como dijo Carlos Martínez Rivas, hay figuras (en su caso fue la mujer de Lot)  cuya huella en los tiempos bien vale una disquisición, una reflexión introspectiva o, como mencioné al principio, una novela.

Marzo 21, 2012

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La Paridad

 

 

Cuando en Francia se propuso la paridad en el parlamento, o sea la cuota de 50-50, hombres-mujeres, no hubo suficientes mujeres para llenar la cuota. Mejor dicho, no hubo suficientes mujeres que quisieran llenar esa cuota.

El principio de la paridad es interesante: parte, no de aceptar la igualdad entre hombres y mujeres, sino precisamente de reconocer la diferencia. Somos diferentes y por tanto tienen que existir voces que hablen por ese 50% diferente que son las mujeres en cualquier país.

No es posible, si uno es progresista, oponerse a la paridad. A mí me parece una medida sana, justa y necesaria, venga de donde venga. El problema no está en el principio sino en la ejecución del mismo.

La experiencia francesa es interesante porque lo que demostró es que siglos de marginación, de menores oportunidades en la educación o en el ejercicio pleno de la ciudadanía y la autonomía, no se remedian con el enunciado de una cuota de poder. Más aún, lo que se reflejó en el ejemplo francés, fue que incluso las mujeres educadas rechazaban la participación en estructuras de poder hechas a la imagen y semejanza de los hombres y donde las reglas del juego seguían siendo las de la tradicional política masculina, con sus trampas, su competencia desleal, su combinación de mentiras y medias verdades.

En el terreno minado de nuestra política nacional, ¿cuánta mujeres habrá que quieran lanzarse a ese campo de guerra? El Orteguismo, con su sistema interno de disciplina partidaria y de obediencia a las órdenes superiores, no tendrá demasiados problemas para llenar su cuota. La llenará, no porque tenga más mujeres, sino porque esas mujeres no tendrán la alternativa de negarse a aceptar semejante “deber militante”.  Para los partidos que no obligan a sus partidarias a tomar sino las responsabilidades que ellas mismas quieran en pleno uso de su libertad, completar las cuotas será mucho más difícil.  Y es en esto donde reside precisamente el carácter demagógico y retórico de esta supuesta demostración de feminismo de nuestro actual gobierno.

Esta medida que, en apariencia fue hecha para incorporar a las mujeres, tiene entonces un doble propósito: lucir bien utilizando un discurso pro-mujer, y debilitar a los partidos que no imponen puestos a sus militantes como “sagrados deberes partidarios.”

Vivimos en un país machista, además. ¿Cuántos hombres no armaran Troya para que sus mujeres no participen? ¿Cuántos no las amenazarán de muerte, golpearán o dejarán a las valientes que quieran proponerse como candidatas?

Dadas las realidades que vive la gran mayoría de mujeres en nuestro país, tanto en el campo como en la ciudad, cargando solas con la responsabilidad de los hijos, la  comida, la lavada, la planchada y la limpieza de sus casas, ¿cómo se las arreglaran las electas para cumplir sus tareas municipales?  ¿Acaso el gobierno les solucionará sus problemas domésticos? ¿Les pondrán guarderías a la orden?

¿Y cómo se compensará a las mujeres por la educación que no recibieron? ¿Quién las dotará de los instrumentos para ejercer dignamente su papel en los municipios?

Si este gobierno es serio en su propuesta tendrá que legislar tan pronto sea posible y aprobar leyes paralelas y presupuestos que mandaten a las oficinas municipales a establecer guarderías con personal preparado en el cuido de los niños, en cada uno de sus locales, además de mandar a construir dentro de los mismos, espacios reservados para que las madres con niños lactantes puedan alimentar a sus bebés.

También debe poner a disposición de las mujeres, en horarios especiales, en las escuelas públicas, clases básicas de historia, de geografía, de ciencias ecológicas, de economía y enseñarles a leer a las muchas que, por cumplir con sus maridos y sus hijos, no han logrado alfabetizarse.

Y si consideran aptas a tantas mujeres para ejercer el poder local, ya es hora de que revisen sus propios criterios sobre el aborto terapéutico y le den a la mujer el derecho sagrado a decidir sobre su propia vida.

Si no hacen estas cosas, están tapando el sol con el dedo y ofendiendo, una vez más, nuestra inteligencia.

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Más allá del fraude

 

 

El reciente fraude electoral en Nicaragua creó una suerte de “tierra de nadie” en nuestra vida política. Quienes consideramos ilegítimo el gobierno que actualmente rige el país nos vemos forzados, por la realidad impuesta, a existir bajo las reglas del partido en el poder. Hacer oposición en esas condiciones nos sitúa en una trampa de principios: aceptar las políticas del presente estado equivale a reconocerlo; limitar nuestra crítica a la fuente del problema, o sea el fraude, nos sitúa fuera del ámbito cotidiano de la problemática que vive la población. Esta ambigüedad se expresó de manera clara en la controversia alrededor de la participación o no en la Asamblea Nacional de los diputados del PLI que resultaron electos. Se condenó el fraude, se denunció la ilegitimidad del gobierno que resultó de éste, pero la realidad creada de facto impuso la disyuntiva de actuar dentro de esa irregularidad, o quedarse totalmente fuera de cualquier posibilidad de incidencia ciudadana en el único gobierno posible en las actuales circunstancias.

Forzar a la oposición actual en Nicaragua a regirse por las demandas de la “real politik” en vez de los principios, es quizás el arma más letal del Orteguismo; un arma que éste conoce bien y ha usado innúmeras veces. El efecto se vive desde hace mucho tiempo en nuestro país y es nefasto. Una vez que quien se ha regido por el idealismo dobla su rey y acepta violentar sus principios, lo que sobreviene es un derrumbe de la moralidad. Se acepta el pragmatismo y se produce  la metamorfosis del individuo en un ser amoral que se justifica ante sí y los demás con la máxima de Maquiavelo de que “el fin justifica los medios.” Negarse a este juego, por otro lado, trae aparejado el aislamiento. El apego a los principios, hoy por hoy, en la política criolla conlleva un alto costo. El balance del ejercicio suele ser la desilusión política, la desesperanza y la pérdida de motivación.

Lo que ha sucedido en estos meses post-fraude, indica que existe una suerte de estado de choque en la psiquis ciudadana, un descorazonamiento y sentido de futilidad que se expresa en cierta dispersión de la sociedad civil y de la alianza que se constituyó bajo la bandera del PLI.  Esta alianza que, sin ser monolítica, logró con pocos recursos y a pesar de sus debilidades innatas, un triunfo sustantivo en las elecciones del 2011, corre el riesgo de que sus logros no alcancen a consolidarse. La concesión de principios a la que me referí antes es, sin duda, un factor que afectó la beligerancia de sus miembros.  ¿Cómo recuperar la credibilidad y moralizar la oposición cuando sus representantes han sido colocados en ese peligroso interregno donde el pragmatismo se les ha impuesto como única avenida de supervivencia?  ¿Cómo superar esta trampa y retomar la iniciativa? He ahí la cuestión.

Vivimos una época de crisis global en la que el rol de los partidos y su capacidad de responder a las aspiraciones de los ciudadanos están siendo fuertemente cuestionados. Podríamos, sin embargo, aplicando la creatividad nicaragüense, plantear que estas debilidades tienen el potencial de tornarse en fuerza si nos propusiéramos un modelo diferente de organización política, una re-ingeniería que nos permitiera conservar la mirada puesta en objetivos.

A mi manera de ver, la bancada del PLI tendría que convertirse en el eje de un frente ciudadano que incorpore en su programa de lucha, no sólo los grandes temas de la pobreza, la institucionalidad y la democracia, sino las leyes y propuestas ciudadanas más propias de la juventud y las clases medias. Con los jóvenes, por ejemplo, la relación podría desarrollarse a través de instrumentos como las redes sociales que, actualmente, sólo se utilizan para convocatorias a marchas o movilizaciones. La democracia utilizada con gran éxito por el Partido Pirata en Alemania, la llamada “open source democracy” –democracia abierta- es una posibilidad moderna facilitada por la internet y sus medios para determinar las áreas donde se requiere la intervención organizada de un partido y brindar a la juventud más oportunidades de protagonismo y participación en la construcción de alternativas e intercambios políticos diferentes.

Generar una dinámica de “frente amplio”, donde diversas fuerzas y organizaciones utilicen el vínculo partidario como una vía para resolver o comunicar sus intereses, cambiaría la desgastada relación tradicional en la que el partido se activa solamente en períodos electorales o es una fuente de requerimientos, sin ofrecer ningún servicio práctico a la ciudadanía.  Campañas ciudadanas para eliminar la basura de las ciudades, para demandar una tributación más justa, para requerir zonas públicas donde el acceso a la internet sea gratis, son maneras de reelaborar la dinámica política y salir del estancamiento de una oposición entrampada en luchas que, si bien son necesarias y deben continuar, no brindan a la ciudadanía otra posibilidad de participación que las marchas de protesta en las calles.

Los objetivos claros y modestos ayudarían a sostener un activismo político sano y puntual que vaya sustituyendo la romántica –y a menudo peligrosa- idea de que la revolución, las luchas callejeras o los grandes tsunamis sociales son la única manera de ganar adeptos o de construir alternativas. Es preciso construir unidad en la acción y vencer el peso inmovilizador de una historia que ha dejado a la mayoría de los actores políticos atrincherados sicológicamente, ya sea en rencores, ya sea en nociones románticas de cómo debía ser lo que nunca fue.

Febrero 29, 2012

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