“Me duele un país en todo el cuerpo”

Atardecer en Managua, febrero 2009, la casita

Conferencia dictada en la Cátedra Alfonso Reyes en
Monterrey, México
Noviembre, 2012

Los países duelen. Ustedes y yo lo sabemos. Los Latinoamericanos no sólo cargamos con el dolor de la memoria de haber sido colonizados, intervenidos, explotados, sino que cargamos con los dolores del presente. Ese dolor de ver a nuestros países sufrir, llorar, atravesar por días en que no sabemos si las correntadas que se llevan tantos sueños y posibilidades y vidas, se van a llevar también todas esas esperanzas que, explícitas o no, son las que nos llevan cada mañana a levantarnos de la cama, ir a trabajar, a enamorarnos, a tener hijos.
El amor que uno siente por su país es fuerte y misterioso. Uno no ama a su país porque sea rico, o poderoso o porque suba o no su producto interno bruto. El amor al país es el amor por ese lugar del mundo donde uno sabe quién es, donde todas las referencias son familiares: la calle, el olor, el sonido de la gente, el idioma que se habla. Nosotros, no tenemos como los árboles, raíces visibles, pero nuestras piernas reconocen la tierra donde estamos enraizados. Hay una intimidad que tiene que ver con la historia, con la memoria de quienes nos engendraron, con nuestras primeras memorias: el parque donde jugamos de niño, la luz del atardecer cuando éramos adolescentes.
Y hay un sentido de pertenencia, de saber instintivamente que compartimos con nuestros compatriotas un destino común, una manera de estar en el mundo. No importa lo que nos divida, el color de la piel que cada quien tenga, hay en cada uno de nosotros un sentido de que el país donde nacimos nos pertenece. Hay una identidad, un lenguaje, una manera de movernos y hasta de sufrir que nos es particular.
Además de esta noción de patria, los seres humanos nacemos con una misteriosa conciencia íntima de cuales son las cosas que necesitamos para ser felices. Jung lo llamaba el “inconsciente colectivo”. Es esa certeza de que hay valores intangibles sin los cuales nuestra humanidad no está completa. La libertad es uno de esos valores esenciales.
Es un valor intangible, pero desde la más tierna infancia resentimos que se nos quiera restingir. Por eso nos enfrentamos a nuestros padres, porque es a través de nuestros padres que tenemos la primera experiencia de los límites de nuestra libertad.
Realmente el proceso de crecer y de hacernos adultos es el proceso de aprender a manejar nuestra libertad y de aprender a conocer los límites que el hecho de existir en sociedad nos impone. Como bien decía Benito Juarez, “el respeto al derecho ajeno, es la paz”
Los sistemas sociales, la justicia, los gobiernos son inventos humanos para delimitar esos márgenes y esos límites.
Mi experiencia como mujer nacida en Nicaragua, un país donde hubo una dictadura que duró 45 años, fue por una gran parte de mi vida, la experiencia de luchar por la libertad de poder ser una ciudadana sin miedo, una ciudadana con derecho a que se respetara, ya no la libertad, sino MI VIDA; la vida mía y de mis compatriotas era desechable en mi país en el tiempo de los Somoza, una familia que gobernó mi país de 1936 a 1979. Imagínense, ya los Somoza habían estado en el poder 13 años cuando yo nací. Y yo luché contra el último de ellos y tenía 29 años cuando por fin ése último tirano, se fue del país.
Haber sido parte de esa lucha y de esa Revolución, es la experiencia que ha inspirado y que le ha dado contenido a la literatura que he escrito.
La revolución fue un proceso hermoso, pero también fallido. Falló por muchas razones; las principales fueron la guerra que armó Estados Unidos contra nosotros, los Sandinistas, pero también la intolerancia, la falta de experiencia nuestra. Habiendo nacido y crecido en una dictadura, no sabíamos lo que era la democracia, queríamos que todo el mundo en el país, pensara como nosotros. Y no respetamos su libertad. Creo que de no haber habido guerra habríamos aprendido a ser democráticos, pero la guerra sacó lo más autoritario de nosotros y perdimos la Revolución.
Ahora tenemos de regreso a Daniel Ortega, como presidente del país, pero él es el tipo de revolucionario que nunca aprendió este asunto del respeto a la libertad ajena. El cree que si uno no piensa como él, uno es un traidor a sus ideas revolucionarias. Y desde que llegó al poder se ha dedicado a cerrar los espacios de todos los que no piensan como él y se ha dedicado a asegurar que todos los poderes del estado sólo hagan lo que él piensa le conviene al país.
Pero bueno, voy a parar aquí de hablarles de la política de Nicaragua. Los que quieran saber más, me lo pueden preguntar cuando lleguemos a las preguntas y respuestas.
Quiero más bien ahora hablarles de lo que esta historia mía me significó como mujer porque ese amor a la libertad, esa lucha que viví, es lo que está detrás de lo que escribo y es lo que está detrás de esta mi última novela, El País de las Mujeres. Y bueno, detrás de todas mis novelas. En todas he tratado de reflejar el mundo a través de mis ojos de mujer, a través de los ojos de mujeres que no han tenido mi suerte, como por ejemplo, la Reina Juana de Castilla, que es la protagonista de mi novela El Pergamino de la Seducción.
Porque, ¿cómo va uno a luchar por la libertad de un país, y olvidarse del derecho a la libertad que tenemos dentro de su propia casa, en la propia familia, en la pareja y con el hombre o mujer que uno ame?
En toda la historia de la humanidad siempre han existido los que quieren dominar a otros: los blancos han querido dominar a los negros y a los morenitos; los ricos a los pobres….. pero quienes tienen la historia más larga, el Guinnes récord de haber sido dominadas, somos las mujeres. Nadie nos gana.
Y ¿por qué ha sido así? Miren qué paradoja: ha sido así porque las mujeres somos las que parimos los hijos, las que reproducimos la especie…las mamacitas.
Y bueno, la sociedad nos celebra como madres. Hasta nos dedican un día y nos regalan flores ese día, pero el resto del tiempo? El resto del tiempo nos cobran esa maternidad¸nos dicen: bueno, usted es madre y confórmese con eso, dedíquese a sus hijos y olvídese de que, además de madre, usted es una PERSONA, una PERSONA inteligente, capaz, que no está hecha sólo para criar y dar de comer papilla y cambiar pañales o ayudar en la tareas; sino una persona con el potencial de crear, de inventar, de ser científica, intelectual, de trabajar y aportar en el mundo.
O nos dicen, bueno, si tanto insiste en salir de la casa y trabajar, pues venga, pero le vamos a pagar menos y no sólo eso, sino que además de trabajar fuera de su casa, usted sigue siendo la responsable de todo lo de la casa, porque ay el marido, cuando llega cansado, no puede ni lavar un plato…pobrecito, ¿cómo lo va a poner a lavar y planchar y cuidar chigüines? Ay no, porque parece que no todos nos cansamos igual; que hay unos que se cansan más que otros. Hasta el más macho, ya no puede mover un dedo cuando llega a su casa, por muy musculoso y fuerte que sea!!! Por favor!!!
Miren, yo estoy convencida de que la dominación de la mujer es la semilla del demonio.
No lo digo en broma, lo digo en serio. Todos esos que andan matando, que no tienen moral, que no tienen compasión, ¿saben dónde aprendieron desde chiquitos a que se puede dominar y esclavizar a otro ser humano? En su casa. Con sus mamacitas.
Una sociedad donde la libertad de los hombres, su independencia, se construye sobre las espaldas, el silencio, y la negación de las mujeres, es una sociedad que educa e institucionaliza un modelo de DOMINACION, donde es lícito, aceptable, dominar a otro ser humano, limitarle su libertad. Si uno aprende a DOMINAR a su propia madre, a sus hermanas, a sus esposas, ¿cómo esperar que no proyecte este mismo esquema de dominación donde quiera que se encuentre? Este esquema es como una enfermedad que corroe los cimientos de nuestras culturas.
Por eso yo sostengo que la lucha porque se respete la vida, en primer lugar, pero también la integridad, el derecho a decidir, y a vivir plenamente de las mujeres, no es sólo la lucha por un género, sino la lucha contra toda una manera de existir que nos denigra como seres humanos, nos niega un desarrollo sano, compasivo, empático.
Por eso las mujeres debemos tomar conciencia de este estado de cosas, no sólo por nosotras mismas, sino por el mundo en que vivimos, porque éste es un cambio que está a nuestro alcance; es una revolución casera que nos toca hacer. Porque mientras exista ese modelo, vamos a seguir teniendo tiranos y manda más y abusos.

Nota: Esta conferencia se complementó conla lectura de fragmentos de novelas y poemas.
Nota: El título de la conferencia es una paráfrasis del último verso del poema de Jorge Luis Borges, El Amenazado, que dice: “me duele una mujer en todo el cuerpo”

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One thought on ““Me duele un país en todo el cuerpo”

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