Antofagasta y las espirales del tiempo

Palabras al recibir el premio al Mérito Literario Andrés Sabella

Antofagasta2014La poesía mueve mi vida de muchas maneras. Venir a Antofagasta ha sido una de esas maneras. No sé en qué remoto lugar de mi conciencia existe un eco del nombre de esta ciudad. Lo habré leído en algún cuento cuando era niña. Creo que hay uno que se llama Inés de Antofagasta… En todo caso debo admitir que jamás pensé conocer Antofagasta en la realidad. Era uno de esos lugares que me sonaban mágicos, como me suena Odessa por Cortázar o Bassora por las Mil y Una Noches. Ustedes que viven aquí y que ven la ciudad desde la perspectiva de lo cotidiano no tendrán esa visión, pero mi percepción poética no me defraudó cuando recién recibida la invitación, cuando aún decidía si aceptarla o no, leí en Wikipedia o en un lugar de esos sobre la cercanía de Antofagasta al desierto de Atacama y el hecho de que éste tenía el cielo más límpido del mundo y por lo mismo una gran cantidad de importantes observatorios celestes. Una maravilla me pareció este lugar acuñado entre el mar, el desierto y los Andes, así que a pesar de las múltiples horas de vuelo y del mucho miedo y respeto que le profeso a los aviones, decidí venir. Me pareció por supuesto importante asistir a la Feria en su cuarta edición porque para los escritores estas ferias son una manera maravillosa de encontrar a los lectores y tener esa calidez que hace que este trabajo de la literatura que es, en su mayoría, un trabajo solitario, se convierta en un hacer colectivo. Y es que los libros sólo nacen cuando son leídos, cuando esas palabras pasan a vivir en otros ojos y a encontrar eco en otras mentes y otras vidas. Y uno se alegra cuando ve salir a las Ferias de las grandes metrópolis, cuando las ve hacer nido en las ciudades que no son necesariamente capitales, pero donde la gente ama la palabra, se regocija con ésta y, como es el caso en Antofagasta celebra con un premio a un hijo suyo, un hombre como Andrés Sabella que puso el Norte, sus vivencias y sus dolores en el largo mapa de Chile.

Me preguntaba mientras viajaba hacia acá sobre esa manera de ser misteriosa del tiempo, esas espirales que nos llevan y nos traen de un lugar a otro, de un principio a otro, de una novedad a la otra. Y pensé que es verdad que siempre estamos volviendo a empezar. Cuando T.S. Eliot dijo: “Nunca cesaremos de explorar y el final de todas nuestras exploraciones será llegar al lugar de donde partimos y conocerlo por primera vez” tenía razón. Uno vive la propia vida pensando que está llena de novedades, pensando que cada experiencia abre puertas que nunca abrió antes. Se vive hasta cierto momento con la sensación inequívoca de reinventar el tiempo de una manera absolutamente distinta de la generación precedente. Se vive con esa idea de novedad hasta que uno alcanza la madurez y un día de tantos, se detiene mientras lee un libro o come una fruta o ve un paisaje, y se da cuenta de que ha vuelto al principio, no de la propia vida, sino de LA VIDA con mayúsculas; se da cuenta que uno está navegando en un agua que ha fluido por el mismo cauce a través de cientos y miles de años. Mientras uno navegaba de joven por esas aguas, los remolinos, los raudales, le daban la sensación de estar avanzando hacia un destino desconocido, pero llega un momento en que uno reconoce las aguas como si se tratara de un “deja vu”y se da cuenta de que o ya ha estado en ese mismo lugar antes o ese lugar existe como una isla, un cabo, o una curvatura en el paisaje, porque de ese punto hay referencias, historias, hay una cartografía, una vaga memoria que describe ese incidente, ese accidente, ese giro. Entonces uno se percata de que ha venido haciendo un recorrido similar al que han hecho otras generaciones. Darío por ejemplo, el gran poeta nicaragüense, publicó su gran libro, AZUL, en Chile en 1888. Hay otro recorrido que nos contaron, que uno oyó de los abuelos. De manera que lo que se percibe como nuevo lo es solamente en tanto es nueva la experiencia personal. Heráclito decía que nadie se baña dos veces en el mismo río. Uno puede convencerse de que no importa cuán igual parezca el río, el recorrido que uno ha hecho es absolutamente original. Se puede decir: “nadie ha vivido mi vida como la he vivido yo” o de pronto tener la revelación de que lo que Heráclito debió haber dicho es que nadie se baña dos veces en el mismo río porque no somos hoy lo que fuimos ayer, que no es el río el que no es el mismo, sino aquel que se mete en sus aguas una segunda vez. El problema, sin embargo, al referirse a los ríos del vivir, es que si el vivir de todos es lo que les ha ido dando forma, el hecho de que uno reconozca los contornos y recodos como algo ya visto antes, significa que uno existe, desde que nace, dentro de un trayecto o un universo más o menos inmutable. De manera que podría deducirse que el tiempo, igual que la Tierra, también tiene una rotación constante, de allí que, generación tras generación, nos topemos con esa sensación molesta e inquietante de que hemos vuelto, a pesar de habernos esforzado y hasta muerto por evitarlo, al mismo punto del que salimos cuando nuestra juventud nos permitió imaginar que iniciábamos un ciclo histórico totalmente nuevo.

¿Cuál es el antídoto contra esta alegórica rueda del tiempo? ¿           Qué buscamos en las historias, en las novelas, la poesía, el cine, sino la particularidad que nos permita romper esta noción de un tiempo infinitamente repetido? Celebrar la literatura, la imaginación como lo hacemos hoy aquí en FILZIC en Antofagasta, bajo el árbol fecundo que es la memoria de Andrés Sabella y su palabra mar, desierto y añoranza, es repetir un ritual humano que nos permite, sin dejar de ser parte de ese fluir de la vida, reinventarnos. Cada historia, cada poema que se escribe es una manera de afirmar el derecho de darle al tiempo que uno habita, un nombre propio. La fascinación que nos congrega alrededor de una feria de libros es precisamente la idea de que el arte de contar es un desafío al tiempo; que cada libro es un artefacto que nos permite viajar hacia el pasado, el presente o el futuro, para reinventarlo o reencontrarlo, para descifrar sus claves o descubrir sus secretos otra vez.

Yo soy una viajera del tiempo. Y mi misión como escritora ha sido hasta ahora muy clara: me he propuesto romper los velos que ocultaban a las mujeres y contar desde mi propia voz de mujer esas historias negadas o narradas –por proxy- por los hombres.

Mis novelas han recorrido desde la época de las luchas contra la colonia española, hasta el futuro apocalíptico de nuestra región del mundo o la utopía de un mundo regido por una ética femenina. En mi poesía, por el contrario, el presente es el tiempo rey porque la concibo como un termómetro fiel de experiencias y vivencias cuyo contenido emotivo no podría describir más que en verso.

En ambos casos, sin embargo, soy ciudadana del tiempo, de este tiempo y como tal, hermana de todos ustedes, celebrante y cantora de esta experiencia humana que significa vivir en estos siglos XX y XXI en que hemos pasado de un mundo de alguna manera predecible, a un mundo ignoto y extraño, en el que se nos demanda rehacer las ideas que hemos celebrado casi como dogmas para desafiar lo imaginado y construir otras realidades. El mundo de hoy demanda que leamos, que conozcamos mejor que nunca el pasado y que nos conozcamos a nosotros mismos para inventar un futuro que no traicione a nuestros hijos y que no nos aísle de todo lo bueno y noble que hasta ahora hemos salvado con el arte, la palabra y la música.

Esta Feria en el Norte de Chile junto al mar y el desierto, la permanencia de la memoria de Andrés Sabella, de Gabriela Mistral, de Neruda; la historia dura y dulce de las minas de cobre, de Allende, del NO, de la democracia chilena, de Michelle Bachelet, significan para mí un compromiso tanto con el recuerdo del pasado como con la posibilidad del futuro. Ustedes chilenos y este país que hoy me ha recibido y me ha otorgado un premio hermoso por escribir lo que escribo, son parte de mí y en esa espiral del tiempo que es mi tiempo, quedarán conmigo haciendo círculos como las piedras que se tiran al estanque y dejan anchos y redondos círculos concéntricos en el corazón y la imaginación.

Muchísimas gracias.

Be Sociable, Share!

2 thoughts on “Antofagasta y las espirales del tiempo

  1. Diana

    Creo que sere1 una importante opdatuniord para conocer el trabajo de investigacif3n que ha desarrollado la Escuela de Psicologeda de la Universidad Catf3lica del Norte, comprometida con desarrollar conocimiento cientedfico en dedferentes ledneas en Psicologeda. c9xito!!!

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *