Anecdotario 3

Rubén_Darío

Al 19 de Enero
El atardecer del Lunes parace haberse hecho pedazos y en vez de nubes el cielo se ha tornado en seda pálida para envolver el horizonte. Desde el medio día, luego que salí a una reunión, he regresado a sentarme frente a la pantalla, a teclear incesante respondiendo preguntas, haciendo contactos, escribiendo un homenaje para mi editor de poesía, Chus Visor, que cumple setenta años en España y los amigos le preparan un libro de cariño. Ayer, por equivocarme de fecha (creí que era 17 de Enero) se me pasó el cumpleaños de Rubén Darío (el 18 de Enero). Hubiese cumplido 148 años. Imagino cómo sería si viviéramos hasta los trescientos, si duráramos como los árboles. Si eso fuera así, si la vida no fuese tan corta, quizás estaría preparándome para ir al cumpleaños del bardo. Una fiesta íntima, o quizás una gran fiesta donde él atendería a los invitados desde un sillón rojo, vestido de traje porque era un hombre a quien le gustaba lucir elegante. ¿Qué diría Rubén? ¿Quiénes serían sus amigos? Estaría lúcido o ya inapetente, mirándolo todo desde una burbuja suya hecha de recuerdos donde las nuevas caras serían como extrañas máscaras de un presente que habría dejado de interesarle? ¿Cómo sería la vida si viviésemos sin el temor a la muerte, sin los días contados? Algo de fascinación hay en la eternidad pues nos hemos convencido a punta de fe y sólo de fe que la eternidad nos espera al otro lado de la muerte. Yo soy una que le temo a la idea. No me imagino vivir sin límite, ni siquiera como espíritu puro dedicado a la contemplación, como espíritu solitario. No me imagino la vida eterna sin comunidad, sin otros viviéndola conmigo, sin una continuidad de lo cotidiano que nos marca ahora. No me imagino vivir sin cuerpo, sin decisiones, sin las espinas y floraciones de la existencia en la Tierra. Me es más fácil pensar en la disolución: convertirme en humus, en abono, entrar como la Itzá de mi “Mujer Habitada” en la savia de otros árboles y mirar desde allí a quienes me sucedan. ¿Es egoísta querer vivir para siempre, querer permanecer físicamente aunque sea en un mundo de nubes acolchonadas y flautas dulces? Porque hay muchas maneras de permanecer. Como la de Rubén, por ejemplo. Uno dice sus poemas, repite sus palabras, y él vuelve a estar, igual que el pintor que deja su marca, o que el artesano cuyas sillas se mecen en las aceras. ¿No es esa permanencia la más apetecible?

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