Anecdotario 2

ECardenal
A enero 17, 2015

El domingo es día de las transgresiones adultas: andar sin ropa por la casa, comer a cualquier hora, echarse a ver televisión sin remordimientos y otras cosas que bien pueden imaginarse. Porque estoy pálida, me echo al sol con el más reciente libro de Ernesto Cardenal, una antología publicada en México por Editorial Trilce: Noventa en los Noventa. Ya he leído una parte y continúo. Poemas de Ernesto de los años 50. Se me vienen a la mente sus ojos. En un poema habla de pecados y bares y noches en el malecón de Managua. No fue fácil para este hombre apartarse del mundo, del amor de las novias. ¿Cómo logró sublimar su atracción por las cosas de la tierra? Uno lo lee y siente un hombre enamorado de las cosas de la tierra. Causa reverencia imaginar un cerebro como el suyo: un ser de la tierra, amador de las cosas humanas, queriendo siempre construirse unas alas, alimentando la fe en lo que no se ve a partir de la misma ciencia. La ciencia es el principio del descreímiento en lo divino. La fe y la ciencia son antagónicas en principio pues la ciencia no afirma nada que no pueda probarse. Sin embargo Ernesto ha recurrido a la ciencia para encontrar la razón de ser de su fe y para maravillarse y percibir en lo indescriptible e inexplicable abundantes razones para creer. El martes 20 Ernesto cumple 90 años. Aleluya por él. El 27 dará un recital en el TNRD. Hay que estar allí.
Ayer se me ocurrió escribir este anecdotario. Necesito ejercitar las manos y hablar de cosas. Cuán a menudo no compartimos con nadie lo que pensamos. Rumiamos ciertas ideas, pero algo como la modestia, o la quizás absurda, quizás sabia noción de que no interesarán a nadie nos las acomoda en silencio entre el pecho y la espalda. Cada día sin embargo puede que sea beneficioso o al menos entretenido, rescatar un hacer, un pensar. Quizás sólo para decir “aquí estoy”, “existo” y lo sé porque lo escribo.

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